Homilía para el 3er domingo de Cuaresma 2016

Nueva oportunidad para convertirnos

Cuar3 C 16

Dios se hace presente en medio del sufrimiento de su pueblo para hacerlo experimentar su misericordia. Es lo que aparece en estos textos bíblicos que se acaban de proclamar y que recitamos en el salmo, al repetir que es clemente y misericordioso. Hoy se hace presente entre nosotros en medio de los sufrimientos que nos están provocando la injusticia, la pobreza, la violencia, la destrucción del medio ambiente, las catástrofes. Espera nuestros frutos de conversión.

Nueva oportunidad para convertirnos

Textos: Éx 3, 1-8. 13-15; 1 Cor 10, 1-6. 10-12; Lc 13, 1-9.

Cuar3 C 16

Dios se hace presente en medio del sufrimiento de su pueblo para hacerlo experimentar su misericordia. Es lo que aparece en estos textos bíblicos que se acaban de proclamar y que recitamos en el salmo, al repetir que es clemente y misericordioso. Hoy se hace presente entre nosotros en medio de los sufrimientos que nos están provocando la injusticia, la pobreza, la violencia, la destrucción del medio ambiente, las catástrofes. Espera nuestros frutos de conversión.

El texto del Éxodo nos presenta la situación que pasaban los israelitas en Egipto. Dios, atento a la situación de su pueblo, bajó al escuchar sus gritos y lamentos provocados por la opresión sobre ellos de manos de los egipcios, para liberarlos, sacarlos de aquella tierra y llevarlos a la tierra de la vida en abundancia. Esto fue lo que le expresó a Moisés, cuando lo llamó para enviarlo a encabezar la salida de la esclavitud y el camino por el desierto hacia la tierra prometida.

En el Evangelio, Jesús habla de una higuera. Ese árbol era el pueblo de Israel, pero ya en otra época, muchos años después de haber entrado en la tierra prometida. Dios es el dueño de aquella higuera y el viñador es Jesús. Su pueblo no daba frutos de hermandad, justicia, solidaridad, amor. Se habían olvidado de la Alianza pactada con Dios; pasaba un año y otro y nada de frutos, hasta que el Señor decidió cortarla, porque ocupaba su tierra inútilmente.

Es interesante la respuesta del viñador al dueño de la higuera. Él no pierde la esperanza de recoger higos y le pide que la deje otro año más, que la va a seguir cultivando, aflojándole la tierra, regándola, abonándola y, claro, pidiéndole a Dios que ya dé sus frutos. Es lo que ha hecho Jesús con su Padre en relación a la vida de su antiguo pueblo, Israel, y en relación a la vida de la Iglesia hoy. No pierde la esperanza de que vivamos en la justicia, la hermandad, el amor.

Jesús platicó esta parábola, a propósito de dos tragedias sucedidas en aquella región. Esto nos ayuda a entrar más en nuestra vida personal y comunitaria, para revisarnos y descubrir en qué tenemos que fortalecer nuestra conversión, que al final de cuentas es el mensaje de Jesús. Le platicaron de la masacre que hizo Pilato con unos galileos, cuando ofrecían sus sacrificios: los mandó matar. Inmediatamente se acordó de los que murieron aplastados por la torre de Siloé.

Ante esos casos, muchas veces se pensaba que eso les pasaba por sus pecados o por lo revoltosos que eran los galileos, cansados por la dominación de los romanos. Se justificaba. Así se piensa hoy también cuando sucede una masacre o hay desaparecidos. Inmediatamente se dice que eso les pasó porque andaban mal, y con eso se justifica la acción. Lo mismo pasa cuando mueren personas “que nada tenían que ver” y “son inocentes”. Se pregunta: ¿por qué a ellos?

Con eso se sostiene que está bien que mueran los “culpables” y se aprueba la acción de quienes la realizan; pero todos son seres humanos y muchos de ellos bautizados. Lo que Jesús aclaró fue que si los judíos de su tiempo no se convertían, perecerían de manera semejante. Eso se sostiene para nosotros hoy: si no nos convertimos, pereceremos de la misma manera. En esto no hay inocentes, pues todos somos pecadores y Dios está esperando nuestros frutos.

Pablo, recordando la experiencia de Israel por el desierto, cuando Dios los llevaba a la tierra prometida, pide que aprendamos en cabeza ajena, para no morir como la mayoría de los israelitas que desagradaron a Dios. Hagámosle caso a Jesús, que quiere cultivar nuestro corazón, hacernos experimentar la misericordia de Dios y recoger nuestros frutos. Personalmente y como comunidad revisemos nuestra vida y aprovechemos esta nueva oportunidad para convertirnos.

28 de febrero de 2016

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