Homilía para el 3er domingo de Cuaresma 2015

Señales para creer

Cuaresma3 B 15

Nosotros estamos acostumbrados a movernos con señales, aunque no siempre les hacemos caso, como sucede con las de tránsito. En los textos bíblicos proclamados se nos habla de señales y van en relación a creer en la persona de Jesús. Reflexionar sobre esta dimensión de nuestra vida nos ayudará a disponernos para el encuentro sacramental con Jesús en este domingo de Cuaresma. No olvidemos que la Cuaresma es tiempo de preparación para la Pascua.

Señales para creer

Textos: Ex 20, 1-17; 1 Cor 1, 22-25; Jn 2, 13-25.

Cuaresma3 B 15

Nosotros estamos acostumbrados a movernos con señales, aunque no siempre les hacemos caso, como sucede con las de tránsito. En los textos bíblicos proclamados se nos habla de señales y van en relación a creer en la persona de Jesús. Reflexionar sobre esta dimensión de nuestra vida nos ayudará a disponernos para el encuentro sacramental con Jesús en este domingo de Cuaresma. No olvidemos que la Cuaresma es tiempo de preparación para la Pascua.

En el Evangelio escuchamos lo que pasó con Jesús cuando llegó al templo de Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Esta fiesta era y sigue siendo la más importante para los judíos. Con ella el pueblo de Israel le ha agradecido a Dios que los liberó de la esclavitud en Egipto. Cada año se renovaba la alianza pactada en el Sinaí y sintetizada en las palabras dichas por Dios: “Tú serás mi pueblo y Yo seré tu Dios”. Precisamente para esta fiesta fue Jesús a Jerusalén.

Al llegar al templo, que era el centro religioso de los judíos, Jesús se encontró con que estaba convertido en un mercado. En el mercado se compra y se vende, se ofrece y se regatea, se pregunta por los precios y se compra lo más barato. Algo así estaba sucediendo, nada más que era en el templo, el espacio propio para encontrarse con Dios. Jesús se enojó y reaccionó violentamente. Hizo un chicote, echó fuera a los vendedores y cambistas, y tiró todo por el suelo.

Dice el evangelista que se acordaron de aquello que dice el Salmo 69: “El celo de tu casa me devora”. La casa de Dios es para encontrarse con Él, el templo de Jerusalén era para encontrarse con Dios, y como no estaba sucediendo eso, Jesús se enojó. Entonces los judíos le pidieron una señal con la que mostrara que tenía la autoridad necesaria para actuar de esa manera, es decir, protestando y sacando de la casa de Dios, el templo, a los mercaderes y sus mercancías.

Sólo les dio una, que marcaba el resto de su vida y de la vida de sus discípulos. Les dijo que destruyeran ese templo y Él en tres días lo reconstruiría. Ellos pensaron que se refería al templo de Jerusalén construido por Salomón. Y no. Se refería a su propio cuerpo, como explica luego el evangelista. Jesús anunció su muerte en la cruz, donde su cuerpo sería despedazado, y su salida del sepulcro al tercer día con su cuerpo resucitado, ya reconstruido. Esa fue la señal.

Es la misma que utiliza san Pablo para decirnos en quién tenemos que creer. Pablo hablaba de Cristo crucificado. Esa era la señal que daba a los judíos para que creyeran en Jesús. Fue la que Jesús indicó a las autoridades del templo para que creyeran en Él, aunque eso no sucedió. Al contrario, colaboraron a que fuera una realidad al llevarlo a la cruz, donde su cuerpo quedó destruido. Quienes sí creyeron fueron muchos otros judíos al ver los prodigios que realizaba.

Nosotros tenemos esa señal desde el Bautismo para creer en Jesús. Fuimos recibidos en la Iglesia con el signo de la cruz en la frente, tenemos el crucifijo en nuestras casas, nos signamos continuamente, contemplamos al crucificado aquí en este templo. Pero, ¿creemos en Él? ¿Vivimos como creyentes? ¿No será que también tenemos la casa de Dios como mercado? Cada persona es templo de Dios. ¿Cómo las tratamos? ¿A todas les garantizamos una vida digna?

No pidamos ni esperemos más señales para creer en Jesús. En este domingo de Cuaresma tenemos la oportunidad de encontrarnos con Él en la Comunión. Esta es la señal que hoy se nos da. Que no se convierta para nosotros en escándalo o en locura, como les sucedió a los judíos y a los paganos en tiempo de Pablo; reconozcámoslo más bien como la fuerza y la sabiduría que vienen de Dios para fortalecernos e iluminarnos en la misión. Dispongámonos a recibirlo.

8 de marzo de2015

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