Homilía para el 3er domingo de Adviento 2015

Vivir la misericordia

Adviento3 C 16

En nuestro proceso de preparación para la celebración de la Navidad, vuelve a escucharse la voz de Juan el Bautista, quien le preparó el camino al Señor. Ante su llamada a la conversión, al cambio de vida, muchas personas le preguntaron sobre lo que debían hacer para entrar en esa dinámica. Le preguntó la gente, le preguntaron los publicanos, le preguntaron incluso unos soldados. A todos les señaló cosas en relación a su estilo de vida y a la práctica de la misericordia.

Vivir la misericordia

Textos: Sof 3, 14-18; Flp 4, 4-7; Lc 3, 10-18.

Adviento3 C 16

En nuestro proceso de preparación para la celebración de la Navidad, vuelve a escucharse la voz de Juan el Bautista, quien le preparó el camino al Señor. Ante su llamada a la conversión, al cambio de vida, muchas personas le preguntaron sobre lo que debían hacer para entrar en esa dinámica. Le preguntó la gente, le preguntaron los publicanos, le preguntaron incluso unos soldados. A todos les señaló cosas en relación a su estilo de vida y a la práctica de la misericordia.

Para prepararnos a recibir al Señor en el momento de la Comunión sacramental, podemos volver sobre nuestra vida haciéndonos la misma pregunta: ¿Qué debemos hacer? ¿Qué debo hacer? Como respuesta podemos escuchar que hay cosas que tenemos que quitar de nuestro proyecto de vida, de nuestras actitudes y estilo de vida. La respuesta que el Bautista dio a esa pregunta fue en relación a la manera de vivir de quienes reaccionaron a su invitación.

En una palabra, Juan les dijo que fueran misericordiosos. A la gente en general le pidió la vivencia de la solidaridad para con los pobres. Dar una túnica de las dos que se tenían a quien no poseía ni siquiera una; compartir la comida con quien no tuviera qué comer. Ciertamente no era dar de lo que sobraba sino de lo que se tenía para vivir. Poseer sólo dos túnicas y desprenderse de una no ha de haber sido cosa fácil; tener algo que comer y compartirlo, creo que tampoco.

Había una señora que vendía menudo y que conocía muy bien la situación de las familias de su comunidad. Una viejita que vivía sola iba a comprarle cinco o diez pesos de menudo, le servía su traste y se lo llenaba, a pesar de las protestas y regaños de sus hijos y de los comentarios que hacían las demás gentes que veían y escuchaban lo que pasaba. Creo que algo semejante era lo que Juan Bautista pedía a la gente de su tiempo. Ser misericordiosos para con los pobres.

La misericordia va unida a la justicia. Por eso, a los publicanos le pedía que no echaran dinero a su bolsa. Los publicanos cobraban impuestos para los romanos; recogían impuestos de la gente, tanto de la que vivía en Israel como de la que iba de paso por esas tierras, y generalmente cobraban más que lo que Roma les pedía. Muchos se hicieron ricos con ese trabajo, abusando de los demás. Por eso los judíos los consideraban entre los más grandes pecadores.

Los soldados también tenían sus podridas. Extorsionaban a la gente, les sacaban dinero, hacían denuncias falsas, buscaban cómo tener más ingresos. Juan los puso en su lugar. Y su lugar estaba en la vivencia de la justicia y la hermandad. Por eso, cuando le preguntaron sobre lo que debían hacer les dijo que no extorsionaran a la gente ni abusaran de los pobres e indefensos ni se vendieran a cambio de dinero. Les pedía ser hermanos, practicar la justicia, vivir el respeto.

En nuestros días hay un mundo de situaciones parecidas a esas que denunció el Bautista. Cuánta gente comete injusticias, extorsiona, abusa del pobre, saca ventaja en los negocios, hace tranzas, altera las cuentas, desvía o lava dinero, se aprovecha de las mujeres o los niños. Muchas situaciones de estas se cultivan en la misma familia: las hacen los papás y las aprenden sus hijos. Y están lejos de la vivencia de la misericordia, a la que se nos llama en este domingo.

Al preguntarnos qué debemos hacer para seguir nuestra preparación para la Navidad y revisar nuestra manera de pensar y vivir, podremos encontrar varias situaciones como esas, que expresan que somos poco o nada misericordiosos. Y la respuesta de Juan Bautista nos queda muy bien. Hay que hacerle caso. Alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Jesús, retomemos el compromiso de vivir la misericordia, practicando la justicia, la solidaridad y la hermandad.

13 de diciembre de 2015

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