Homilía para el 32º domingo ordinario 2015

Aprender de los pobres

Ord32 B 15

A los pobres, generalmente se les ignora, se les desprecia, se abusa de ellos. Muchas veces se dice que están así por borrachos o por mal administrados. Los textos que acabamos de escuchar, y que nos preparan al sacramento de la Comunión, nos ofrecen el testimonio de tres pobres: dos viudas y Jesús. De ellos tenemos mucho que aprender si queremos vivir como discípulos de Jesús. Y este domingo tenemos la oportunidad de renovar nuestra comunión con Jesús

Aprender de los pobres

Textos: 1 Re 17, 1o-16; Hb 9, 24-28; Mc 12, 38-44.

Ord32 B 15

A los pobres, generalmente se les ignora, se les desprecia, se abusa de ellos. Muchas veces se dice que están así por borrachos o por mal administrados. Los textos que acabamos de escuchar, y que nos preparan al sacramento de la Comunión, nos ofrecen el testimonio de tres pobres: dos viudas y Jesús. De ellos tenemos mucho que aprender si queremos vivir como discípulos de Jesús. Y este domingo tenemos la oportunidad de renovar nuestra comunión con Jesús

Las viudas eran el prototipo de gentes pobres, tanto en tiempos de Jesús como antes de Él en la vida de Israel. Ellas eran uno de los grupos por los que Dios más se preocupaba, junto con los huérfanos y los extranjeros; eran las personas más vulnerables de Israel y los profetas continuamente llamaban la atención a los israelitas cuando ellas quedaban en el abandono. Nosotros sabemos cómo las pasan las señoras cuando al enviudar quedan con sus hijos pequeños.

Jesús vio que una de ellas echaba dos monedas de muy poco valor en una alcancía del templo. ¿Qué era eso? Prácticamente nada. Con esa cantidad ni el templo se enriquecía más al recibirla ni se empobrecería si no la recibía. En cambio, lo que daban los ricos sí se notaba; sí lucía, como se dice. Pero, ellos echaban a las alcancías de lo que les sobraba: no lo ocupaban, lo tenían de más; era como quitarle un pelo a un gato. En cambio, la viuda dio todo lo que tenía.

A pesar de su pobreza, la señora se desprendió de sus dos monedas. Lo hizo con la confianza totalmente puesta en Dios. Así había actuado la viuda de Sarepta con el profeta Elías. Se desprendió de la poca harina y aceite que tenía para que comiera el profeta. A él le dio de comer antes de asegurarse su comida y la de su hijo, plenamente confiada a las palabras de Elías, que le mencionó palabras dichas por Dios. Ellas eran de las gentes que Jesús llamó bienaventuradas.

El domingo pasado, en el texto del Evangelio escuchamos las Bienaventuranzas. Con la primera de ellas, Jesús llamó dichosos a los pobres de espíritu. Así eran las viudas de las lecturas. Quien está en esta condición vive en la pobreza, la va pasando al día o ni siquiera tiene para el día. Y generalmente no es por vivir en el alcohol o por no saber administrar. ¿Qué administran si no tienen? Y ciertamente hacen rendir lo que tienen. Además, comparten eso poco que poseen.

Quienes tienen espíritu de pobre no se apegan al dinero, no acaparan, no les quitan a los demás. Si hay alguien en necesidad, no dudan en desprenderse de lo poco que tienen para ayudarle. Esto lo hacen confiados en que Dios no los dejará sin comer. ¿Cuántas veces hemos visto esto entre nuestros vecinos? Y así sucede: ayudan, quedan con la angustia de su familia, se abandonan a la providencia de Dios. Tenemos mucho que aprender de los pobres.

El mejor testimonio nos lo da Jesús. Él aprendió de aquella viuda, la valoró, la puso como ejemplo para sus discípulos. Esto en relación a la viuda. Pero en relación a sí mismo, Él vivía en la pobreza de espíritu. No tenía dinero ni dónde reclinar la cabeza; se estaba dando día a día en el servicio a los demás. Tenía toda su confianza puesta en Dios. Y esto hasta el final. En la cruz se ofreció totalmente a Dios y a los demás. Con el sacrificio de sí mismo destruyó el pecado.

Aprendamos de estos pobres: las dos viudas y, sobre todo, Jesús. Seamos pobres de espíritu como ellos. No nos apeguemos al dinero. Compartamos de lo que tenemos con los pobres. Vivamos la solidaridad entre pobres. Confiemos totalmente en Dios, que no desampara a quien ve por el pobre. Con la Comunión sacramental renovemos nuestra comunión con Jesús, para vivir como Él, aprendiendo de los pobres y haciéndonos ofrenda para Dios y para los demás.

8 de noviembre de 2015

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *