Homilía para el 32° domingo ordinario 2012

Aprender de los pobres

Textos: 1 Re 17, 10-16; Hb 9, 24-28; Mc 12, 38-44.

La Palabra de Dios nos ofrece hoy el testimonio de dos viudas. Ellas se convierten en modelo de vida para nosotros. Sufriendo la pobreza extrema, fueron capaces de desprenderse de todo lo que tenían para vivir con tal de que los demás tuvieran vida. A la viuda de Sarepta le quedaba solo un puñado de harina y un poco de aceite; la viuda que aparece en el Evangelio contaba únicamente con dos monedas, de muy poco valor, como dos monedas de diez centavos de hoy.

Aprender de los pobres

Textos: 1 Re 17, 10-16; Hb 9, 24-28; Mc 12, 38-44.

La Palabra de Dios nos ofrece hoy el testimonio de dos viudas. Ellas se convierten en modelo de vida para nosotros. Sufriendo la pobreza extrema, fueron capaces de desprenderse de todo lo que tenían para vivir con tal de que los demás tuvieran vida. A la viuda de Sarepta le quedaba solo un puñado de harina y un poco de aceite; la viuda que aparece en el Evangelio contaba únicamente con dos monedas, de muy poco valor, como dos monedas de diez centavos de hoy.

¿Qué podían hacer con eso que poseían? Prácticamente nada. ¿Quién puede vivir con poca harina y tantito aceite, o con dos monedas de diez centavos? Nadie. En esas condiciones estaban las dos viudas que, con lo que hicieron, nos muestran cómo tiene que ser nuestra vida. Y no sólo la nuestra personal, sino que cuestionan el modelo de vida imperante en nuestros días: una vida basada en el mercado, el consumismo, el acaparamiento, la ganancia, la competencia.

A pesar de lo poco que tenía, la viuda de Sarepta compartió el pan con el profeta Elías. No le pesó darle un pan; ella esperaba ya no comer más y morir de hambre junto con su hijo. Su acción tiene un grado sublime de confianza en Dios. Ya nunca le faltó qué comer. La viuda del Evangelio echó en la alcancía del templo sus dos monedas y, con ellas, todo lo que tenía para vivir. Según las palabras de Jesús, ella quedó justificada ante Dios con su acción.

Ni una ni otra dudaron en desprenderse de lo que tenían para vivir. Esto se convierte en modelo de vida para nosotros. Tenemos que aprender de los pobres. Ellos, sin tener asegurado el sustento para el día, sin poseer casa ni grandes bienes materiales, sin tener servicios médicos asegurados o contar con seguros de vida, sin tener un trabajo fijo y bien remunerado, son capaces de compartir lo que tienen; y generalmente lo hacen con la confianza puesta en Dios.

Por otra parte, Jesús reprobó el comportamiento de los escribas y la acción de los ricos que depositaban grandes cantidades de dinero en las alcancías del tempo. Pidió a sus discípulos tener cuidado con los escribas. Por su modo de ser y su posición económica, por sus conocimientos, les gustaba presumir, recibir alabanzas, estar en los lugares de honor. Y, para acabarla, apareciendo muy religiosos, rece y rece, no dudaban en despojar a las viudas de sus bienes.

De los ricos, Jesús señaló que daban al templo de lo que les sobraba. Era mucho en cantidad lo que depositaban en las alcancías. Seguramente eso servía para embellecerlo rápidamente. Pero eran sobras. Ellos no tenían problema por el qué comer, dónde vivir, cómo pagar la medicina, con qué pagar los estudios, de dónde sacar para sus viajes; no se notaba que disminuyera su capital por lo que daban al templo. Por lo que dijo Jesús, no quedaron justificados ante Dios.

La manera de actuar de las dos viudas cuestiona el modo de vivir actual. El estilo de vida que agrada a Dios no es el del enriquecimiento, y menos a costa del empobrecimiento de la mayoría, el acaparamiento, la búsqueda de ganancia, la dinámica consumista. Lo que le gusta a Dios es el compartir, sensibilizarse ante las necesidades de los pobres, tender la mano. Es más, no se trata solamente de dar, y menos de lo que nos sobra o ya no ocupamos, sino de darnos.

Jesús se dio totalmente, derramó su sangre una sola vez y para siempre, como reconoce el autor de la Carta a los Hebreos. Al ofrecerse así, se convirtió en el Sumo Sacerdote que murió no sólo para quitar los pecados sino para la salvación de los pobres, es decir, de los que tienen puesta su esperanza en Dios. Jesús se da. Se sigue ofreciendo hoy en la Eucaristía como alimento: no nos da un poco de pan, se da todo convertido en pan. Dispongámonos a recibirlo.

11 de noviembre de 2012

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