Homilía para el 30º domingo ordinario 2020

Vivir amando
Los textos de la Palabra de Dios nos ayudan este domingo a volver al centro de la vida cristiana: el amor. Vivir amando es la responsabilidad de bautizados y bautizadas, para manifestar que somos miembros del pueblo de Dios, como discípulos y discípulas de Jesús. A Él, que entregó su vida por amor a la humanidad hasta morir en la cruz, lo recibiremos sacramentalmente en la Comunión.

Vivir amando

Textos: Ex 22, 20-26; 1 Tes 1, 5-10; Mt 22, 34-40

Los textos de la Palabra de Dios nos ayudan este domingo a volver al centro de la vida cristiana: el amor. Vivir amando es la responsabilidad de bautizados y bautizadas, para manifestar que somos miembros del pueblo de Dios, como discípulos y discípulas de Jesús. A Él, que entregó su vida por amor a la humanidad hasta morir en la cruz, lo recibiremos sacramentalmente en la Comunión.

A la pregunta sobre el mandamiento más importante de la ley, una pregunta pensada para hacerlo caer en una infidelidad a la ley, Jesús volvió al núcleo de la Alianza: amar al único Dios, al que sacó a los israelitas de la esclavitud en Egipto, y amar al prójimo. Dos mandamientos que todo israelita se sabía de memoria y recitaba todos los días, con más razón un doctor de la ley como el que le hizo la pregunta a Jesús. Pero una cosa es saberlos y repetirlos y otra vivirlos.

Lo que Jesús hizo fue señalar la semejanza entre los dos mandamientos y la necesidad de vivirlos al mismo tiempo, de tal modo que no se puede amar a Dios sin amar al prójimo, ni amar al prójimo sin amar a Dios. Es más, viviendo el amor a los demás, y especialmente a los pobres, como lo pidió el mismo Dios a su pueblo, es como se mostraba el amor a Él, la fidelidad a la Alianza, el cumplimiento de la ley, el testimonio de pertenencia a su pueblo.

En el proyecto del Reino, basado en las relaciones de hermandad, nadie puede decir que ama a Dios, por más que le rece, le haga ritos de culto y le ofrezca sacrificios, mientras que no está bien con su hermano. Es necesario amar al prójimo y, viviendo esto, se muestra que se ama a Dios. Esta es la mejor oración, el mejor culto, el mejor sacrificio, la mejor expresión de que se le ama. De ahí que nadie debería decir: “Mientras yo esté bien con Dios, los demás me valen…”.

Ahora, ¿quién es el prójimo? En el proyecto de Jesús no son solamente los de la propia familia, los que nos caen bien, sino los pobres, los excluidos, los enemigos. En la primera lectura encontramos varias situaciones de sufrimiento, de abandono, de necesidad, hacia las que se pedía a los miembros del pueblo de Dios vivir el amor: los extranjeros, las viudas, los huérfanos, los que no tienen para el pan del día. Las personas que están en estas condiciones no son oportunidades para abusar, para hacer negocio, para subir de puesto. Al contrario, son oportunidades para vivir el amor y para expresar la fidelidad al Dios de la Alianza. Por eso, el Señor pedía no hacer sufrir ni oprimir al extranjero, no explotar a las viudas ni a los huérfanos, no ser usureros con quienes se les preste dinero, no quedarse con el manto del pobre, que es lo único que tiene para cubrirse durante la noche; y lo hacía con la advertencia de que escucha sus clamores y los defiende.

Todo eso, que ya era parte de la legislación israelita, Jesús lo puso como criterio de amor a Dios, y a nosotros nos sirve, como preparación a la Comunión, para revisarnos y ver qué tanto amamos a Dios. ¿Cómo tratamos a los migrantes, a los indígenas, a los enfermos, a los borrachitos que piden para un taco, a las mujeres solas, a las personas a las que les prestamos dinero, a los que nos ofendieron? De acuerdo a la manera en que los tratemos, es nuestra manera de amar a Dios.

Pidamos a Dios la gracia de convertirnos de nuestros signos de desprecio y abuso en contra de las personas más frágiles y desamparadas de nuestra comunidad, para asumir el proyecto de Jesús, que nos pide amarlas como a nosotros mismos, como una manifestación de que realmente amamos a Dios con todo el corazón. Dispongámonos a recibir la Comunión sacramental, que nos compromete a vivir amando a nuestro Padre Dios y a nuestros prójimos, especialmente los pobres.

25 de octubre de 2020

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