Homilía para el 30º domingo ordinario 2013

Ser sencillos y no soberbios

Textos: Eclo 35, 15-17. 20-22; 2 Tim 4, 6-8. 16-18; Lc 18, 9-14.

Ordinario 30 C 13 001

Nos hemos reunido para celebrar la Eucaristía dominical. Hemos venido en nuestra condición de pecadores, la cual reconocimos al comienzo de la Misa para disponernos a escuchar la Palabra de Dios y a saborear luego el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Esto que hemos realizado, lo debemos vivir y fortalecer a lo largo de nuestra vida, como nos ayuda Jesús con la parábola que acabamos de escuchar. No debemos ser soberbios sino sencillos ante Dios y los demás

Ser sencillos y no soberbios

Textos: Eclo 35, 15-17. 20-22; 2 Tim 4, 6-8. 16-18; Lc 18, 9-14.

Ordinario 30 C 13 001

Nos hemos reunido para celebrar la Eucaristía dominical. Hemos venido en nuestra condición de pecadores, la cual reconocimos al comienzo de la Misa para disponernos a escuchar la Palabra de Dios y a saborear luego el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Esto que hemos realizado, lo debemos vivir y fortalecer a lo largo de nuestra vida, como nos ayuda Jesús con la parábola que acabamos de escuchar. No debemos ser soberbios sino sencillos ante Dios y los demás

Jesús vino para mostrarnos lo misericordioso que es Dios. Dios nunca condena a los pecadores sino que siempre les da la oportunidad de convertirse. Lo que sí hace es reprobar la actitud soberbia y sobrada de quienes se sienten buenos y con derecho a condenar a los demás porque se equivocan. Así se ubicaban los fariseos y los escribas en los tiempos de Jesús. Ellos presumían de ser buenos, justos, cumplidos, perfectos, fieles a Dios y sus mandamientos.

En la parábola, al describir al fariseo, Jesús retrata muy bien la manera de conducirse de los fariseos. Él le daba gracias a Dios porque no era como los otros, incluido el publicano que estaba a la puerta del templo. Le presumía a Dios que no era ni ladrón ni injusto ni adúltero; le recordaba que cumplía al pie de la letra los ayunos y los pagos del diezmo, según lo establecido en la ley. En el fondo estaba diciéndole que lo tenía que premiar, porque era el mejor de todos.

Jesús reprobó esta actitud soberbia, que tenemos muchos de nosotros. Puede ser que cumplamos con los mandamientos de la ley de Dios, que vengamos a la Misa todos los domingos, que comulguemos siempre, que hagamos todas las aportaciones económicas que se nos piden, que tengamos todos los sacramentos. Pero quizá vemos mal y juzgamos a los demás, porque se portan mal, porque no vienen a Misa, porque no se acercan a la Iglesia, porque no colaboran.

Quien actúa de esta manera, está como el fariseo soberbio: se enaltece, se muestra sobrado, no sabe ser hermano, desprecia a los demás, los ve menos que él, y espera que Dios lo recompense. El que se creía justo por cumplir todos los mandatos habidos y por haber, al final se retiró del templo sin ser justificado. Dios no vio bien su manera de proceder y terminó humillado por Dios, que rechaza a los que se enaltecen, como explica Jesús al final de la parábola.

Al describir al publicano, Jesús también nos muestra cómo espera Dios que seamos todos sus hijos e hijas. Los publicanos estaban considerados entre los judíos en el mismo nivel que las prostitutas: eran las personas más pecadoras. Sus pecados eran públicos y bien conocidos por todos y por eso eran menospreciados. Lo curioso es que el pecador se humilló ante Dios: no entró en el templo, se arrodilló, reconoció que era pecador y le pidió perdón a Dios.

Con él sucedió lo que expresa el Eclesiástico en la primera lectura: Dios no menosprecia a los pobres ni se hace sordo ante las súplicas de los oprimidos. El publicano se abandonó a Dios, le abrió su corazón y se puso a su servicio para recibir el perdón. Lo dijo el mismo Jesús: el que se reconoció injusto terminó siendo justificado por Dios, se humilló y fue enaltecido. Así deberíamos ser todos los bautizados. ¡Cómo nos falta cultivar esta dimensión y crecer en ella!

A la luz de estos textos y ansiosos de recibir la Comunión sacramental, reconozcamos nuevamente nuestra condición pecadora. No nos sintamos buenos, perfectos, justos, ni despreciemos a los demás por ningún motivo. Humillémonos y abrámonos a la misericordia de Dios para experimentar su perdón. Seamos compasivos con quienes se equivocan y pecan. Alimentados por el Cuerpo y la Sangre de Jesús, dejemos las actitudes de soberbia y asumamos la sencillez.

27 de octubre de 2013

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