El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 30° domingo ordinario 2017

Servir a Dios y al pobre

Textos: Ex 22, 20-26; 1 Tes 1, 5-1o; Mt 22, 34-40.

Ordinario30 A 17

A Jesús le hicieron una pregunta para tenderle una trampa. Ya lo traían de encargo, especialmente los doctores de la ley, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo; tenían decidida su condena a muerte porque los denunciaba con su predicación y estilo de vida y andaban buscando razones para justificar su muerte. De ahí esta pregunta sobre el mandamiento más grande de la ley. A la luz de la respuesta de Jesús, quien no cayó en la trampa, podemos reflexionar este domingo y prepararnos para recibirlo en la Comunión sacramental.

Ellos no tenían por qué hacerle esa pregunta, pues eran especialistas en la ley. Se sabían al revés y al derecho los 613 mandamientos y los recitaban de memoria a lo largo del día. Incluso se ponían a discutir entre ellos sobre los mandamientos. Pero no se trataba –ni se trata hoy– de saberlos y repetirlos de memoria, sino de ponerlos en práctica. Saber los mandamientos o los rezos y decirlos de memoria no es criterio para recibir la Primera Comunión, la Confirmación o el Matrimonio; para eso se ocupa mucho más: manifestar que se es capaz de vivir como Jesús.

La respuesta de Jesús fue concreta: hay que amar. No hay otro mandamiento para los miembros del pueblo de Dios. Amar es darse, entregarse, donarse, totalmente, sin esperar nada a cambio, buscando el bien y la felicidad de la otra parte. Jesús aclaró que ese mandamiento, que sintetiza a todos los demás, tiene dos caras inseparables: amar a Dios y al prójimo. Con eso que hagamos basta. Eso fue exactamente lo que durante su vida hizo Jesús y enseñó a sus discípulos.

Y no sólo dijo que el mandamiento principal es amar sino que también la intensidad con que se ocupa vivirlo: con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente; es decir, con toda la persona. Así hay que amar a Dios y al hermano, especialmente al pobre.

Sobre el amor a los pobres, que expresa que se ama a Dios, el texto del Éxodo indica a quienes hay que tener en primer lugar: a los extranjeros, las viudas, los huérfanos, los que no tienen dinero; y además da la razón para amarlos con especial predilección. De los extranjeros sabemos cómo la pasan: sin conocer a nadie, sin tener dónde vivir, sin conocer muchas veces el idioma del lugar donde llegan, en la inseguridad; así les pasó a los israelitas y a María y José en Egipto. Entre nosotros hay mucha gente de fuera, sobre todo por cuestiones de trabajo, y los ignoramos, les mostramos desprecio, hablamos mal de ellos; así no podemos decir que amamos a Dios. Las viudas, las madres solteras o abandonadas y los huérfanos, están desprotegidos, sin dinero, en la inseguridad, pasando hambres y experimentando angustias. Con el pobre en necesidad no hay que ser como los prestamistas, los agiotistas, que prestan al 10, 15 o 20% y cobran intereses sobre intereses sin compasión, incluso hasta llegar al embargo. Y si a cambio del préstamo, el pobre deja empeñado su manto, que es lo único que tiene para cubrirse, hay que regresárselo antes de que llegue el frío de la noche. Dice Dios que si se explota o se abusa de la viuda, el huérfano, el que no tiene dinero, y ellos claman a Él, oirá su clamor y los defenderá, porque es misericordioso.

No se puede amar a Dios y despreciar al pobre. La frase que continuamente escuchamos: “Yo estando bien con Dios, los demás me valen…”, no tiene valor ni sentido. Si alguien ignora al pobre, al migrante, a la viuda, a la madre soltera, al enfermo, al discapacitado… aunque participe en la Misa, comulgue, dé limosnas… simple y sencillamente no ama a Dios. ¿Cómo andamos en la vivencia del mandamiento del amor? Preparémonos para recibir a Jesús en la Comunión.

29 de octubre de 2017

Esta entrada fue publicada el 29 de octubre de 2017 a las 11:20 am en la categoría El Puente, Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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