Homilía para el 2º domingo de Pascua 2019

Encontrarnos con el Resucitado para ir a la misión
Después de irse encontrando con sus discípulas y algunos de sus discípulos a lo largo del día de su Resurrección, Jesús fue a visitar a la comunidad. Ellos estaban tristes por su muerte y encerrados por miedo a los judíos. Era lógico. Pero la muerte no triunfa, Dios no permanece callado. Dios habla y la Vida triunfa. La Resurrección es la mejor respuesta del Padre a los gritos de su Hijo en la cruz y a la desesperanza de los discípulos y discípulas del Nazareno crucificado. Ese encuentro vespertino, que culminó todos los demás del domingo, transformó totalmente a la comunidad y nos señala lo que tienen que ser nuestras Eucaristías dominicales: un impulso para ir a la misión.

Encontrarnos con el Resucitado para ir a la misión

Textos: Hch 5, 12-16; Ap 1, 9-11. 12-13. 17-19; Jn 20, 19-31

Después de irse encontrando con sus discípulas y algunos de sus discípulos a lo largo del día de su Resurrección, Jesús fue a visitar a la comunidad. Ellos estaban tristes por su muerte y encerrados por miedo a los judíos. Era lógico. Pero la muerte no triunfa, Dios no permanece callado. Dios habla y la Vida triunfa. La Resurrección es la mejor respuesta del Padre a los gritos de su Hijo en la cruz y a la desesperanza de los discípulos y discípulas del Nazareno crucificado. Ese encuentro vespertino, que culminó todos los demás del domingo, transformó totalmente a la comunidad y nos señala lo que tienen que ser nuestras Eucaristías dominicales: un impulso para ir a la misión.

Al llegar, Jesús les comunicó lo que necesitaban para ir luego a la misión: la alegría, la paz, el Espíritu Santo y la encomienda de perdonar. Su presencia los llenó de alegría. Ya varios lo habían visto durante el día, se habían alegrado, y habían regresado con los demás a darles la noticia de que estaba vivo, aunque a nadie le creían. Se alegraron cuando lo vieron entre ellos y escucharon su saludo de paz. El encuentro dominical con el Resucitado tiene que ser para nosotros un motivo de alegría y de paz, no un pesar porque venimos a cumplir un mandamiento.

Enseguida los envió a la misión. Por eso son apóstoles. La palabra apóstol significa enviado. Les dijo que los enviaba de la misma manera que el Padre lo había enviado a Él. Jesús vino para dar la vida en abundancia. Sus discípulos y discípulos fueron –y somos– enviados para llevar esa vida a los demás, a los entristecidos, empobrecidos, violentados, alejados, descartados. Pero se necesita tener conciencia clara de que somos misioneros por el Bautismo, tenemos que estar llenos de la vida que Jesús nos ofrece y alimentarnos de su Cuerpo y Sangre en la Eucaristía.

Una dimensión central en la misión es el perdón. Jesús comunicó el Espíritu Santo a sus discípulas y discípulos para perdonar los pecados. Esta es la misión de la comunidad, es tarea que tenemos desde la tarde de la Pascua. Ellos y ellas recibieron el Espíritu Santo en aquel encuentro con el Resucitado. Nosotros lo recibimos en el Bautismo, y en la Confirmación se renovó su presencia en nosotros y nos comprometimos a ser sus testigos por todo el mundo. Así que también fuimos ungidos por el Espíritu del Señor para vivir el perdón, para que desaparezcan las desavenencias, resentimientos, rencores, venganzas. Esto del perdón es, pues, parte de nuestro compromiso.

En cuanto llegó Tomás, porque no estaba en la comunidad en el rato en que Jesús los visitó, los discípulos y discípulas, con alegría, llenos de paz, fortalecidos por el Espíritu y con la conciencia de haber sido enviados a la misión, comenzaron la misión. Le platicaron que habían visto vivo al Señor y que había estado allí con ellos. Como había sucedido a lo largo del domingo con quienes llevaban la noticia de Jesús estaba vivo y lo habían visto, no les creyó. Hasta les pidió hacerle la prueba, viendo y tocando sus llagas. No le bastó el testimonio de la comunidad, como sucede hoy con la gran mayoría de los bautizados.

Jesús volvió a la comunidad a los ocho días. Llegó deseándoles la paz y se dirigió con Tomás. Le enseñó sus heridas, le llamó la atención porque estaba dudando y lo invitó a creer sin ver, tanto en Él como en la comunidad. Ahí cambió la vida de Tomás, como había cambiado la vida de la comunidad el domingo anterior. Inició su profesión de fe al llamarlo su Señor y su Dios.

Hoy que nos encontramos con el Resucitado para alimentarnos de su vida, especialmente con la Comunión, tenemos que salir a la misión, llenos de alegría, de paz y del Espíritu Santo.

28 de abril de 2019

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