Homilía para el 2º domingo de Pascua 2015

Del miedo a la misión

Pascua2 B 15

Jesús está entre nosotros, Resucitado, como estuvo aquella tarde del día de su Resurrección con sus discípulos. Ellos, como dice san Juan, estaban encerrados por miedo a los judíos. Al llegar Jesús, su situación personal y comunitaria cambió: su miedo se transformó en seguridad, su intranquilidad en paz, su tristeza en alegría, su “abandono” de Dios en compañía de su Espíritu, su encerramiento en salida. Lo que estaba envuelto por el miedo terminó en vivir la misión.

Del miedo a la misión

Textos: Hch 4, 32-35; 1 Jn 5, 1-6; Jn 20, 19-31.

Pascua2 B 15

Jesús está entre nosotros, Resucitado, como estuvo aquella tarde del día de su Resurrección con sus discípulos. Ellos, como dice san Juan, estaban encerrados por miedo a los judíos. Al llegar Jesús, su situación personal y comunitaria cambió: su miedo se transformó en seguridad, su intranquilidad en paz, su tristeza en alegría, su “abandono” de Dios en compañía de su Espíritu, su encerramiento en salida. Lo que estaba envuelto por el miedo terminó en vivir la misión.

El encuentro que tenemos con Jesús en este domingo nos impulsa a hacernos como sus discípulos en aquellos primeros dos domingos, es decir, a convertirnos en la práctica en misioneros suyos. Cada ocho días, Jesús resucitado se hace presente en medio de sus discípulos, nos comunica su paz, nos llena de alegría, nos da su Espíritu, nos alimenta con su Cuerpo llagado y resucitado, nos renueva el poder de perdonar los pecados, nos fortalece en nuestra fe.

La presencia del Señor entre sus discípulos no es en balde. El encuentro con Él no es para permanecer aislados. El compartir la mesa con Jesús no es para seguir encerrados. Ver y tocar las llagas del Resucitado no es para quedarse contemplándolas como una novedad. El encuentro con Jesús capacita para ir a la misión, para continuar la misma misión que Él comenzó, para compartir la paz, para transmitir la alegría, para vivir el perdón, para dar vida en abundancia.

A los primeros discípulos les costó trabajo convencerse de su Resurrección. Jesús tuvo que saludarlos como siempre con el deseo de paz, mostrarles sus llagas, compartir la mesa como siempre, comunicarles el Espíritu Santo, decirles que los enviaba. Una vez que ellos aceptaron que el que había estado en la cruz ahora estaba resucitado, una vez que se encontraron con Él, comenzaron a dar testimonio. Al primero que le platicaron fue a Tomás. Allí comenzó su misión.

Tampoco fue fácil para Tomás convencerse y hablar de la Resurrección del Señor. Tuvo que escuchar el testimonio de los demás, encontrarse con Jesús, recibir la paz, tocar sus llagas, recibir el regaño por su incredulidad, alegrarse, llenarse del Espíritu Santo. Pero, en cuanto se convenció, inmediatamente comenzó a proclamarlo como Señor y Dios. Si nos fijamos, a nosotros nos pasa lo mismo. Tenemos dificultad para aceptar a Jesús y más para salir a la misión.

Cada domingo Jesús se hace presente entre nosotros en la Eucaristía, desde el Bautismo nos hemos ido encontrando con Él, por años hemos escuchado su Palabra, hemos recibido otros sacramentos… ¿y cómo andamos en la misión? ¿Cuántos bautizados en la práctica están siendo misioneros? ¿Qué hacemos durante la semana, en la comunidad y la sociedad, después de vivir este encuentro con Jesús? ¿Qué testimonio damos de Jesús? Pensemos un poco en esto.

¿No será que estamos como sus primeros discípulos, encerrados y con miedo? Las primeras comunidades de discípulos y discípulas de Jesús, que también se encontraban domingo a domingo con Él en la Fracción del Pan, estaban convertidas en misioneras. En la primera lectura escuchamos cómo, con su estilo de vida, daban testimonio de la Resurrección: estaban unidos, se sabían un solo cuerpo, ponían en común lo que tenían para que nadie pasara necesidad.

Hoy que nos encontramos nuevamente con el Resucitado, nos comunica su paz, nos llena de alegría, nos renueva con la fuerza de su Espíritu, nos alimenta con su Cuerpo y Sangre, nos envía a la misión. Dejemos de lado nuestros miedos para ir a dar testimonio de Él, personalmente y como comunidad; no nos limitemos a la participación en esta Eucaristía ni permanezcamos encerrados en nuestras casas. Vayamos a continuar la misión que Jesús nos encomendó.

12 de abril de 2015

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