Homilía para el 2º domingo de Cuaresma 2021

En los textos bíblicos de este segundo domingo de Cuaresma se habla del hijo único, del hijo amado, en el que está de por medio el proyecto de salvación que Dios tiene para la humanidad. Son Isaac, el hijo de Abraham, y Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios. En relación a ambos se nos ayuda a tomar conciencia de la necesidad de escuchar a Dios.

Escuchar a Jesús

Textos: Gn 22,1-2.9-13.15-18; Rm 8,31-34; Mc 9,2-10

En los textos bíblicos de este segundo domingo de Cuaresma se habla del hijo único, del hijo amado, en el que está de por medio el proyecto de salvación que Dios tiene para la humanidad. Son Isaac, el hijo de Abraham, y Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios. En relación a ambos se nos ayuda a tomar conciencia de la necesidad de escuchar a Dios.

Dios le pidió a Abraham que le ofreciera en sacrificio a Isaac, su hijo único, del cual vendría la descendencia numerosa que Dios mismo le había prometido al patriarca. A pesar de lo que significaba deshacerse de su hijo, sobre todo teniendo presente la promesa de Dios, el anciano Abraham escuchó al Señor y se dispuso a sacrificarle a Isaac. No dudó. No perdió la confianza en el Señor. Hizo lo que le pidió, por encima de su relación de paternidad y por encima del sueño de ser padre de un gran pueblo, después de no haber podido tener hijos. Abraham nos enseña que es más importante Dios con su proyecto de salvación que los propios proyectos personales y hay que hacerle caso. Nos podemos preguntar si escuchamos a Dios, su Palabra, y le hacemos caso por encima de todas nuestras cosas y proyectos.

En relación a Jesús, san Pablo nos dice que Dios no escatimó a su propio Hijo, el único, sino que lo entregó por todos nosotros, y que con Él nos lo dio todo. Él sí fue sacrificado en la cruz. Pero, para confirmar su obediencia y hacernos realidad la vida nueva y definitiva, lo resucitó. Es lo que celebramos cada ocho días, los domingos, con la Eucaristía.

De esto, de su muerte en la cruz y su resurrección, Jesús les había hablado a sus discípulos antes de subir al monte, donde se transfiguró. Se lo remarcó al bajar y les pidió que no dijeran a nadie lo que habían visto y, un poco después, les volvió a anunciar su pasión, muerte y resurrección. Todo esto está incluido en el mensaje del Padre que, desde la nube, pidió a los discípulos que lo escucharan. Para ser verdaderos discípulos de Jesús, hay que escucharlo. Y escucharlo significa no únicamente oírlo, sino hacerle caso, obedecerlo, por encima de todos los proyectos personales, así como Abraham había obedecido a Dios.

Ser discípulos y discípulas de Jesús, el Hijo amado de Dios, exige seguirlo sin condiciones y sin pretextos en su camino, que pasa por la cruz; significa vivir como Él vivió, servir como Él sirvió, entregar la vida por los demás como Él la entregó. Ser discípulos no se queda en los momentos de escucha del evangelio, de oración, de reflexión; ahí se viven algunos encuentros con Jesús, pero el discipulado se traduce al estilo de vida, a cargar la cruz, a entregar la vida. Esto es lo que la mayoría de los bautizados desligamos de nuestra condición cristiana. Queremos una religión cómoda, fácil, sin compromisos; algo semejante a lo que Pedro diseñó cuando Jesús estaba transfigurado: quedarse ahí y hacer tres tiendas.

Dios quiere que escuchemos a su Hijo único, a Jesús su Hijo amado. Jesús nos pide seguirlo en su camino hacia la cruz. No tenemos otro camino que recorrer ni otro estilo de vida que vivir. Como Jesús y como Abraham, escuchemos y obedezcamos la voz del Padre. Dispongámonos a recibir sacramentalmente a Jesús para seguir caminando tras Él. No queramos quedarnos a gusto, con la celebración de la Misa, y seguir una vida cómoda.

28 de febrero de 2021

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