Homilía para el 2º domingo de Cuaresma 2014

Escuchar a Jesús

Textos: Gn 12, 1-4; 2 Tim 1, 8-10; Mt 17, 1-9.

Cuar2 A 14

En este domingo, el segundo del tiempo cuaresmal, el Evangelio nos ofrece el acontecimiento de la Transfiguración de Jesús. Esta experiencia, vivida por Jesús y testimoniada por tres de sus discípulos, ilumina y cuestiona nuestros proyectos y prácticas de vida cristiana. Fue una experiencia de Dios muy fuerte que impulsó a Jesús a continuar en la misión. Dios lo reconoció como su Hijo muy amado y pidió escucharlo. Esto es lo que debemos hacer como discípulos suyos.

Escuchar a Jesús

Textos: Gn 12, 1-4; 2 Tim 1, 8-10; Mt 17, 1-9.

Cuar2 A 14

En este domingo, el segundo del tiempo cuaresmal, el Evangelio nos ofrece el acontecimiento de la Transfiguración de Jesús. Esta experiencia, vivida por Jesús y testimoniada por tres de sus discípulos, ilumina y cuestiona nuestros proyectos y prácticas de vida cristiana. Fue una experiencia de Dios muy fuerte que impulsó a Jesús a continuar en la misión. Dios lo reconoció como su Hijo muy amado y pidió escucharlo. Esto es lo que debemos hacer como discípulos suyos.

Cada domingo la Palabra de Dios nos prepara para la Comunión sacramental. Hoy nos ayuda a hacer esta preparación confrontando nuestra vida con el mandato de Dios de escuchar a Jesús. La Palabra de Dios, especialmente el Evangelio, es para que le hagamos caso. Escucharla implica dejar que Ella penetre en nuestro corazón, que nos sacuda, nos cuestione, nos oriente, nos lleve a la conversión, nos impulse a seguir en la misión, al igual que Jesús.

Pedro, Santiago y Juan estaban muy a gusto contemplando a Jesús transfigurado y platicando con Moisés y Elías. Así hubieran querido quedarse mucho tiempo, como dijo Pedro. Pero el camino de Jesús seguía. Aquí llegó lo complicado para ellos y para nosotros. Antes de subir al monte, Jesús les había anunciado su Pasión, Muerte y Resurrección y, además, había hecho la invitación a quien quisiera ser su discípulo a renunciar a sí mismo y a cargar con su cruz.

Eso no lo querían escuchar ni Pedro ni los demás discípulos. Es más, Pedro le había dicho que no le podía suceder lo de la persecución y la muerte. Pero Dios insiste en la necesidad de escuchar a su Hijo. Y escucharlo significa hacerle caso a todo lo que diga, a hacer propias sus enseñanzas, a acomodar la propia vida a sus propuestas. Y para rematar, al bajar del monte Jesús les pidió que hasta después de su Resurrección dijeran lo que habían vivido.

Entonces, ¿qué les quedaba? Hacerle caso. ¿Qué nos queda a nosotros? Hacerle caso. Aquí es precisamente donde aparece la luz de Jesús para nuestra vida cristiana. Si queremos ser discípulos suyos, tenemos que acompañarlo en su misión hasta la Cruz. No hay otro camino. Es necesario renunciar a nosotros mismos, a nuestros proyectos e intereses, y cargar nuestra cruz. Esta es la propuesta de Jesús, por lo que no puede haber discípulos sin pasión y sin Cruz.

Aquí es donde queda cuestionada nuestra vida cristiana. Poco a poco, a lo largo de la historia, como Iglesia hemos perdido la dimensión de la Cruz. Se han valorado más y, por tanto, se han privilegiado, las experiencias de oración, contemplación, adoración, devoción, celebración, a Dios Padre, a Jesús y a su Espíritu, pero –y aquí está el cuestionamiento– desligadas del servicio a los demás, de la entrega de la vida para construir el Reino, del compromiso para la misión.

Nos hemos hecho un estilo de vida cristiana de sacramentos sin evangelización, de celebraciones sin compromiso, de oración sin proyección a la comunidad, de devoción sin encuentro con la Palabra, de contemplación del Santísimo sin dedicación a los pobres. En muchas de nuestras familias se busca recibir los sacramentos sin hacer un proceso previo de evangelización y sin un compromiso misionero. Nos sucede como a Pedro: queremos quedarnos ahí, a gusto.

 La Palabra de Dios nos llama, pues, a repensar nuestra vida cristiana. Dios nos invita a escuchar a Jesús, su Hijo. Jesús nos pide seguirlo en su camino hasta la Cruz. La Palabra nos dispone para recibir a ese mismo Jesús, pero hecho Pan y Vino. Participar de la Comunión sacramental nos compromete a caminar junto con Jesús, a proyectar nuestro encuentro con Él en el compromiso como misioneros, a hacer la experiencia de la Cruz. Todo esto significa escucharlo.

16 de marzo de 2014

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