Homilía para el 2º domingo de Adviento 2016

Demos frutos de conversión

adviento2-a-17

Estamos viviendo el segundo domingo de Adviento, en el que la figura principal es Juan el Bautista. También lo será el próximo domingo. En el Evangelio escuchamos cómo vivía y cómo le preparaba el camino a Jesús, que estaba por comenzar su misión. Juan nos ayuda a seguir nuestro camino de preparación para la celebración de la Navidad, cada vez más cercana. A la luz de su testimonio nos podemos disponer a recibir a Jesús, que hoy vendrá a nuestro encuentro en la Comunión sacramental, hecho Pan y Vino.

Demos frutos de conversión

Textos: Is 11, 1-10; Rm 13, 11-14; Mt 3, 1-12.

adviento2-a-17

Estamos viviendo el segundo domingo de Adviento, en el que la figura principal es Juan el Bautista. También lo será el próximo domingo. En el Evangelio escuchamos cómo vivía y cómo le preparaba el camino a Jesús, que estaba por comenzar su misión. Juan nos ayuda a seguir nuestro camino de preparación para la celebración de la Navidad, cada vez más cercana. A la luz de su testimonio nos podemos disponer a recibir a Jesús, que hoy vendrá a nuestro encuentro en la Comunión sacramental, hecho Pan y Vino.

Juan predicaba en el desierto la cercanía del Reino, que llegaría con Jesús. Era la vida en la justicia, el amor, el perdón, la paz. Lo que pedía para recibirlo era entrar en proceso de conversión y mostrar con frutos concretos de justicia que se estaba en ese proceso. Los judíos no tenían que atenerse a que eran hijos de Abraham, partícipes de la promesa del Mesías. Era necesario el cambio de corazón, de actitudes y de estilo de vida, mostrar con obras la conversión, como exigía el Bautista a los fariseos y saduceos que iban a recibir su bautismo.

Esas palabras son para nosotros hoy. Nos llegan en una situación de desierto. Nuestra Madre la Tierra se va desertificando, se están agotando los manantiales de agua, los ríos y arroyos se están secando, la temperatura está subiendo en el globo terráqueo. Las voces y los gritos emitidos en el desierto, fácilmente se pierden, no tienen eco. Así le sucedió a Juan con muchas personas que lo escuchaban y no dieron el paso a entrar en proceso de conversión. Así les ha pasado a la ONU, a varios Papas y a muchas otras personas y organizaciones que han convocado a la paz, al cuidado del medio ambiente, a la solidaridad, a la fraternidad. Así lo reconocía Mafalda, que subida en su banquito hacía un llamado a todos los pueblos de la tierra a la paz… y se quedaba en silencio y volteando de un lado a otro esperando una respuesta. Y nada. De ningún lado llegaba.

Puede ser que nos suceda lo mismo: que nos hagamos como el desierto que no hace eco a las palabras dichas en él. Se nos invita a convertirnos y a mostrar con obras la conversión, para prepararle el camino al Señor. Estamos viviendo en una situación de desigualdades, de cada vez mayor pobreza, de deterioro del medio ambiente, de violencia tanto intrafamiliar como social. ¿Qué tenemos que hacer? Ciertamente no basta con asistir a la Misa dominical o con participar en los rosarios a la Virgen de Guadalupe. A esto nos podemos atener y descuidar el estilo de vida que Dios espera de nosotros: la justicia, el amor, la misericordia.

Jesús, de quien esperamos celebrar nuevamente su nacimiento, es el retoño del tronco de Jesé anunciado por Isaías. Él llega lleno del Espíritu del Señor para defender al desamparado con justicia y dar sentencia con equidad al pobre, para terminar con la violencia, la injusticia y el sufrimiento del pueblo de Dios. Hay que recibirlo con el corazón preparado, con una vida sin desigualdades ni divisiones, como sueña Dios a través del profeta: el lobo y el cordero, la pantera y el cabrito, el novillo y el león, la vaca y la osa, el niño y la víbora, todos conviviendo y comiendo juntos y sin hacerse daño. No seamos felinos ni víboras para con los demás, sino hermanos.

Hagamos, pues, caso a la invitación de Juan. Reconozcamos nuestras obras, actitudes y estilo de vida en el mal; aceptemos que no estamos dando buenos frutos en la comunidad. No permanezcamos como desierto: sin hacer eco a la llamada a un cambio de vida. Dispongámonos a recibir sacramentalmente a Jesús, que viene a nuestro encuentro para traernos la vida del Reino.

4 de diciembre de 2106

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