Homilía para el 28º domingo ordinario 2020

Invitados al banquete del Reino
Los textos de la Palabra de Dios nos hablan de algo que está limitado hoy por la pandemia y que es parte de nuestra vida: los banquetes. En Isaías aparece como promesa de vida nueva para todos los pueblos de la tierra y en Mateo como una realidad con Jesús. Esto nos prepara para el banquete dominical de la Eucaristía. Tanto uno como otro y otro exigen nuestra aceptación y participación.

Invitados al banquete del Reino

Textos: Is 25, 6-10; Flp 4, 12-14. 19-20; Mt 22, 1-14

Los textos de la Palabra de Dios nos hablan de algo que está limitado hoy por la pandemia y que es parte de nuestra vida: los banquetes. En Isaías aparece como promesa de vida nueva para todos los pueblos de la tierra y en Mateo como una realidad con Jesús. Esto nos prepara para el banquete dominical de la Eucaristía. Tanto uno como otro y otro exigen nuestra aceptación y participación.

A diferencia de los dirigentes religiosos judíos, que veían sólo por sus propios intereses, Dios siempre está al pendiente de toda la humanidad, porque quiere lo mejor para ella. El profeta Isaías expresa esa preocupación con la imagen de un banquete con comida y bebida abundantes y sabrosas. El Señor promete a todos los pueblos quitarles el velo que cubre su rostro, el paño que los oscurece, destruir la muerte para siempre, enjugar sus lágrimas, borrar su vergüenza. Cuando los pueblos sufren por la pobreza, la guerra, la migración, el hambre, las pandemias, la destrucción de la naturaleza, y escuchan estas palabras de aliento, alimentan la esperanza de una vida digna.

Por eso, junto con el salmista alabamos a Dios como el pastor que ve por sus ovejas para que nada les falte: ni alimento, ni bebida, ni paz, ni aliento, ni compañía. Él mismo prepara esa mesa.

Con la parábola del banquete de bodas, Jesús sostiene y actualiza esa preocupación de Dios por la humanidad. Compara la dinámica del Reino con lo que sucedió en un banquete de bodas. El rey de la parábola es Dios, el banquete es el Reino, los invitados principales son los israelitas, los criados son los profetas, los segundos invitados son todos los pueblos de la tierra.

A los primeros invitados a gozar de la vida de Dios en su Reino, no les interesó el banquete. Ellos tenían sus propios intereses y los pusieron por encima de los de Dios: no quisieron compromisos, tenían sus bienes materiales y sus negocios, persiguieron y asesinaron a los profetas. Así sucede con quienes diseñan la vida para sí mismos, para tener dinero, poder y éxito; los demás no les interesan y, si les estorban o les denuncian su estilo de vida, los amenazan, persiguen y eliminan.

Dios no se cansa de abrir las puertas a la vida del Reino. Por eso, el rey mandó a sus criados a convidar a todos los que encontraran por los caminos, fueran buenos o malos, tuvieran o no el traje para la fiesta. El Reino está abierto a todos los pueblos de la tierra, independientemente de su cultura, religión, color de piel. Quienes responden y aceptan la invitación son los pobres, los descartados, los excluidos de la dinámica del mundo, los que no tienen otros intereses que los de Dios. Así ha sucedido siempre: el pobre está abierto a la acción de Dios y recibe y agradece sus dones.

Nosotros podemos sentirnos tranquilos y confiados a que somos católicos y participamos de la Misa dominical, y olvidarnos del proyecto del Reino que Dios tiene y nos ofrece en Jesús, su Hijo. Para entrar en la vida del Reino, necesitamos ponernos el traje de la hermandad, la justicia, la solidaridad, la armonía, el perdón, la paz. De otro modo, nos quedaremos fuera del banquete.

La Eucaristía es un banquete, porque hay encuentro de muchas personas, comida y bebida en abundancia –la Palabra de Dios, y el Cuerpo y la Sangre de Jesús–, y nos anticipa una probadita del banquete del Reino en plenitud, que el Señor tiene preparado para todos los pueblos. Agradezcamos a Dios su proyecto de vida digna para la humanidad. Aceptemos su invitación y participemos de la mesa del Reino. Dispongámonos a recibir este banquete eucarístico semanal, para ir luego a trabajar en la construcción del Reino de Dios en nuestra comunidad y en la sociedad. No perdamos la conciencia de que son muchos los llamados y pocos los escogidos.

11 de octubre de 2020

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