Homilía para el 28º domingo ordinario 2019

Compadecernos como Jesús
Jesús caminaba hacia Jerusalén, a la experiencia de la cruz. En el camino, en el tramo entre Samaria y Galilea, le salieron al encuentro diez personas enfermas de lepra. No se le acercaron, sino que de lejos le gritaron pidiéndole que tuviera compasión de ellos. Lo que se vivió en aquella ocasión y que nos narra san Lucas, nos sirve para hacer nuestra preparación a la Comunión sacramental.

Compadecernos como Jesús

Textos: 2 Re 5, 14-17; 2 Tim 2, 8-13; Lc 17, 11-19

Jesús caminaba hacia Jerusalén, a la experiencia de la cruz. En el camino, en el tramo entre Samaria y Galilea, le salieron al encuentro diez personas enfermas de lepra. No se le acercaron, sino que de lejos le gritaron pidiéndole que tuviera compasión de ellos. Lo que se vivió en aquella ocasión y que nos narra san Lucas, nos sirve para hacer nuestra preparación a la Comunión sacramental.

Los leprosos vivían en una situación muy triste. Ya de por sí la enfermedad era pesada: se les iba pudriendo la carne, iban perdiendo la sensibilidad; se les caían a pedazos los dedos, las manos, las orejas, la nariz, el pelo, los huesos. Además, por ser una enfermedad contagiosa, por ley no debían vivir ni en su casa ni en el pueblo, sino en los cerros, retirados de los caminos, y eran considerados impuros. Debían andar con la ropa rasgada, el pelo despeinado, cubiertos hasta la nariz, gritando que eran impuros. Si por suerte alguno se curaba, tenía que ir con el sacerdote para que lo revisara y certificara que estaba limpio de la enfermedad y, después, hacer los ritos de purificación, para poder reintegrarse a su vida ordinaria. Así vivían aquellas diez personas.

Era algo muy parecido a lo que viven y sufren muchas personas entre nosotros: enfermos incurables y desahuciados; hombres y mujeres, sobre todo jóvenes, consumidos por la droga y el alcohol; familias que no tienen el pan para el día, indígenas expulsados de sus comunidades por la falta de trabajo. Pero también la sociedad está cada vez más podrida, más insensible, más despedazada por la pobreza, la violencia, la dinámica del mercado y el consumismo. Y nuestra Casa común, cada vez más maltratada y destrozada en los bosques, selvas, agua, aire, tierra, por la ambición de pocas personas que buscan sólo su beneficio económico. Por dondequiera se escuchan los gritos de esas personas y familias, de los pobres y la naturaleza, pidiendo que tengamos compasión.

Los leprosos sabían de Jesús y esperaban su cariño, su compasión, su curación, la vida nueva que viene de Dios. Es lo que esperan los empobrecidos, personas y Madre Tierra de nosotros. Por eso le pidieron que se compadeciera de ellos. Jesús los escuchó, se compadeció, les respondió, les pidió que hicieran lo que estaba mandado por la ley para comenzar una vida nueva: ir a presentarse ante los sacerdotes para que los revisaran y les dieran su certificado de que estaban curados. Ellos le creyeron y en el camino quedaron sin lepra. ¿Hacemos lo mismo nosotros, personalmente y como comunidad con los enfermos, drogadictos, empobrecidos, excluidos y nuestra Madre Tierra?

De los diez, solamente uno regresó a darle las gracias antes de irse a presentar ante los sacerdotes y curiosamente era un samaritano. Para los judíos los samaritanos eran paganos, herejes, maldecidos de Dios, “perros”. Él fue capaz de reconocer en Jesús la acción salvadora de Dios, de alabarlo y de agradecerle. Los demás, judíos que se sentían miembros del pueblo elegido, no tuvieron la capacidad de leer la voluntad de Dios en la persona, las palabras y los gestos de Jesús, y siguieron su camino hacia los sacerdotes. Jesús le reconoció su fe, lo levantó y le dijo que estaba salvado.

Al igual que Jesús, como discípulos suyos tenemos el compromiso de compadecernos de los que sufren y viven excluidos por la sociedad del mercado, la ganancia y el consumo. Este compromiso lo tenemos porque en el Bautismo quedamos unidos a Él, comenzamos a participar de su vida y misión, recibimos el mismo Espíritu. Con la Comunión sacramental se fortalece y renueva esa unión con Jesús, puesto que nos comemos su Cuerpo y su Sangre. Preparémonos a recibirla, pero para escuchar los gritos de sufrimiento de los empobrecidos, compadecernos y devolverles la vida.

13 de octubre de 2019

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *