El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 27° domingo ordinario 2017

Producir frutos abundantes y dulces

Textos: Is 5, 1-7; Flp 4, 6-9; Mt 21, 33-43.

Ordinario27 A 17
Cuando un campesino va a sembrar la tierra, la prepara aflojándola, previene el abono, busca la mejor semilla, espera el temporal. Lo hace con mucho respeto y cariño hacia ella, con la esperanza de lograr buenos frutos en la cosecha y con la confianza puesta en Dios. Es lo que nos describen Isaías y Mateo en los textos que acabamos de escuchar. Dios es el dueño de la viña, es quien la prepara con mucho cariño y tiene la esperanza de recoger buenas uvas.
La viña es el pueblo de Dios –antiguamente era Israel, hoy es la Iglesia– y cada miembro es una planta seleccionada que Dios mismo siembra. Dios esperaba de su pueblo buenos frutos de hermandad, justicia, atención al pobre, al huérfano, a la viuda, al extranjero; esperaba, como dice Isaías, que obraran con rectitud y justicia. Estas eran las uvas buenas. Pero sucede que la viña dio uvas agrias. Dios se lamentó por esos frutos y se preguntó con mucho cariño y respeto hacia Israel qué más podía haber hecho por su pueblo que no lo hubiera hecho.
¿Por qué si esperaba uvas dulces se las dio agrias? ¿Cuáles eran esos agraces? Las iniquidades, la maldad, la perfidia, la corrupción. Señaló por medio del profeta los reclamos que escuchaba, los gritos de los pobres abandonados, los lamentos de las viudas, huérfanos y extranjeros olvidados, las rupturas de la hermandad entre israelitas, la violencia en contra de los débiles.
Lo misma situación denunció Jesús al ver la realidad de su tiempo, sobre todo por la acción de los dirigentes religiosos de los judíos. De hecho, como en los domingos anteriores y el próximo, se estaba dirigiendo a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo. Ellos eran los viñadores que rentaron la viña a su propietario. Ellos tenían que entregarle su parte de cosecha, es decir, darle los frutos de la hermandad. Pero no sucedió así. Cuando el patrón se los pidió por medio de sus criados, que eran los profetas y los jueces, la respuesta fue golpearlos, matarlos, apedrearlos. Esa fue la suerte de los profetas. Era tanto el amor del dueño por su viña que envió hasta a su propio hijo. A ese grado llega el amor de Dios por la humanidad. Con el Hijo –Jesús– hicieron lo que quisieron: lo aprehendieron en el Huerto de Getsemaní, lo sacaron de la ciudad con la cruz a cuestas y lo mataron crucificado. Como les estorbaba con su anuncio del Reino, con las denuncias que les hacía, quisieron desaparecerlo, como está sucediendo hoy con muchos periodistas y otras gentes que denuncian injusticias, corrupción, violencia, destrucción de la Madre Tierra.
Hoy nosotros somos la viña. Cada uno de los bautizados somos una planta seleccionada por Dios y sembrada en medio de nuestro barrio, nuestra comunidad parroquial, nuestra Diócesis. Demos gracias al Padre por esa elección. Él espera de nosotros frutos abundantes y dulces: hermandad, justicia, solidaridad, cuidado de la Casa común. Jesús nos envió a la misión, a llevar el Evangelio hasta los últimos rincones, a curar heridas, a vivir el perdón y la misericordia, a atenderlo en los pobres, migrantes, enfermos, presos, indígenas. ¿Cuáles son nuestros frutos?
Pidamos perdón a Dios por los gritos de los empobrecidos por el sistema social basado en el mercado, el consumismo y la ganancia, por los gritos de las víctimas de la violencia, por los gritos de nuestra Casa común herida, maltratada, descuidada. Pidámosle que sepamos volver a la vida de hermanos, a la justicia, la solidaridad, la atención a los desechados por la sociedad. Que la Comunión sacramental que vamos a recibir nos fortalezca para mantenernos en la misión, lograr buenos frutos de la comunidad y entregárselos con gusto a Dios.

8 de octubre de 2017

Esta entrada fue publicada el 08 de octubre de 2017 a las 8:32 pm en la categoría El Puente, Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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