Homilía para el 26º domingo ordinario 2016

Misericordiosos con los «Lázaros»

ord26-c-16

Este domingo la Palabra de Dios nos interpela en relación a las desigualdades existentes en nuestra sociedad y en relación al modo en que nos ubicamos ante los empobrecidos. Reflexionar en esto nos ayuda a prepararnos para la Comunión sacramental, comida a la cual todos tenemos derecho, alimento que ajusta para todos y que Jesús nos comparte en este domingo. Es más, Él mismo es quien se nos da, y no como migaja sino completo como platillo que sacia.

Misericordiosos con los «Lázaros»

Textos: Am 6, 1. 4-7; 1 Tim 6, 11-16; Lc 16, 19-31.

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Este domingo la Palabra de Dios nos interpela en relación a las desigualdades existentes en nuestra sociedad y en relación al modo en que nos ubicamos ante los empobrecidos. Reflexionar en esto nos ayuda a prepararnos para la Comunión sacramental, comida a la cual todos tenemos derecho, alimento que ajusta para todos y que Jesús nos comparte en este domingo. Es más, Él mismo es quien se nos da, y no como migaja sino completo como platillo que sacia.

Dirigiéndose a los fariseos, Jesús presentó la parábola de un rico sin nombre y de un pobre, llamado Lázaro. Ellos vivían muy cerca uno del otro. Solamente tenían de por medio una puerta. Pero el estilo de vida era muy diferente: el rico vivía con lujos y despilfarrando en todo: casa, vestido, muebles, comidas, bebidas, compañía, música; Lázaro sobrevivía lleno de llagas, maloliente, en la calle, con ansias de probar los desperdicios, acompañado de perros, en la soledad.

¡Cómo se parece esa situación a la que vivimos en nuestros días! Hay muchísimas desigualdades: personas y familias con grandes casas, comercios, empresas, terrenos, banquetes y autos de lujo, ropa de marca y de sobra, paseos, viajes, aparatos electrónicos al día, etc.; mientras que otras personas y familias –la mayoría– la pasan en casa rentada, prestada o en junta, días o semanas sin trabajo, van al día, su ropa desgastada, no tienen vacaciones ni viajes ni lujos…

También vemos entre nosotros familias de indígenas, trabajadores de otros estados, migrantes que van hacia los Estados Unidos, borrachitos, ancianos abandonados, enfermos en los hospitales públicos y sus familiares, madres solteras sin tener que darles de comer a sus hijos. A todos ellos los podemos identificar fácilmente con Lázaro y la situación en que la pasaba. ¿Por qué sucede esto? Por las estructuras sociales injustas y por el mercado que desecha gentes.

Dios no está de acuerdo con que sus hijos vivamos así, unos en la abundancia y el despilfarro, y otros en la carencia y la angustia; con puertas, rejas, paredes, corazones, de por medio. Jesús denuncia la actual estructura de la sociedad. No es vida de pueblo de Dios, no es manifestación de su Reino. Es, más bien, situación de anti-reino. Hay que preguntarnos de qué lado estamos por el modo de vivir y si no estamos colaborando a que aumenten las desigualdades.

Además –y es el punto de referencia de Jesús en la parábola– ¿qué estamos haciendo ante la situación de los “Lázaros” empobrecidos? ¿Abrimos la puerta de nuestro corazón para estar con ellos, atenderlos, curarlos, reanimarlos, es decir, para ser misericordiosos? ¿O, más bien, somos indiferentes, mantenemos cerrada la puerta de nuestro corazón, nos desentendemos de su situación, les echamos la culpa de que estén viviendo en la pobreza, la angustia y el sufrimiento?

De la actitud y ubicación que tengamos ante los “Lázaros” depende nuestra salvación. Como miembros de la Iglesia estamos comprometidos a servirlos, atenderlos, consolarlos. Esta es nuestra responsabilidad, aunque no existiera el Cielo, identificado con el seno de Abraham en la parábola, ni el infierno descrito como el lugar de castigo. Es nuestro compromiso ser misericordiosos con los “Lázaros” que están a nuestro alrededor, en el barrio, en la calle, en el camino.

Pidamos al Señor que nos convirtamos a los pobres, olvidados, sufrientes, desechados por la sociedad. Que no los expulsemos de la Iglesia ni mantengamos cerrada la puerta de nuestro corazón a la vida que están llevando. Que más bien los convirtamos en el centro de atención y preocupación de nuestra comunidad. Dispongámonos a recibir a Jesús, el Alimento que sacia y fortalece, para salir y vivir la misericordia con los “Lázaros” que están a nuestra puerta.

25 de septiembre de 2016

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