Homilía para el 24º domingo ordinario 2014

Perdonar siempre, como Dios

Ord24 A 14

El texto del Evangelio que acabamos de escuchar es continuación y complementación del que reflexionamos el domingo pasado. Tanto la corrección fraterna como el perdón son fundamentales en la vida de los discípulos y discípulas de Jesús para construir la comunidad. Hoy, que nos reunimos para la celebración dominical de la Eucaristía, la reflexión sobre el perdón nos prepara para acercarnos a comulgar, pues no podemos vivir la comunión sin la experiencia del perdón.

Perdonar siempre, como Dios

Textos: Eclo 27, 33-28, 9; Rm 14, 7-9; Mt 18, 21-35.

Ord24 A 14

El texto del Evangelio que acabamos de escuchar es continuación y complementación del que reflexionamos el domingo pasado. Tanto la corrección fraterna como el perdón son fundamentales en la vida de los discípulos y discípulas de Jesús para construir la comunidad. Hoy, que nos reunimos para la celebración dominical de la Eucaristía, la reflexión sobre el perdón nos prepara para acercarnos a comulgar, pues no podemos vivir la comunión sin la experiencia del perdón.

Jesús había dicho a sus discípulos que si alguno de ellos es ofendido por otro hermano, a solas platique con él para corregirlo, ayudarlo a que reconozca su falta y abrirle la puerta al cambio de vida. Esto implica el perdón, tanto de parte de la persona ofendida como de la que ofendió. Es indispensable saber pedir perdón y saber dar el perdón. O sea que las dos partes tienen su responsabilidad y deben ejercerla, con tal de que la comunión se rehaga entre ellas.

La pregunta que Pedro le hizo a Jesús expresaba su deseo de perdonar al hermano que lo ha ofendido, pero quiere una limitación para saber cuántas veces hay que hacerlo. La respuesta de Jesús nos dice que no hay que fijarse en el número de veces sino en el hecho. El perdón de parte de un discípulo o discípula debe aparecer siempre que se necesite, y no hay que cansarse de darlo. Esto es un desafío para nosotros. Siempre tenemos que estar dispuestos a perdonar.

Todos sabemos de lo difícil que es esto, sobre todo por nuestra condición humana, por nuestro modo de ser, o porque no siempre hemos recibido la formación necesaria para pedir y dar el perdón. Generalmente nos ganan nuestro orgullo, el deseo de desquitarnos, la reacción de venganza y, si no se da el perdón, a la larga aparece el cultivo del resentimiento. Ante esto y animado por la pregunta de Pedro, Jesús nos propone el modelo y nos indica el camino a seguir.

El modelo de perdón es Dios, no nosotros. Jesús lo compara con el rey que, ante la súplica de su servidor que le debía muchos millones, decide perdonarle toda la deuda. Su sirviente no le pidió que lo perdonara sino que le tuviera paciencia, que lo esperara para pagarle. Pero el rey decidió más bien perdonarlo. Fue misericordioso con él, como Dios es misericordioso con quien le pide perdón. Acabamos de proclamar en el Salmo que Dios es compasivo y misericordioso.

Jesús nos pide que actuemos como el rey de la parábola. De Dios tenemos que aprender el modo de vivir el perdón; y hay que hacerlo convencidos de que ése es el modo como debemos vivir los discípulos de Jesús. Si no, nos vamos a parecer al que fue perdonado por el rey. Él acababa de recibir, en la práctica, una gran enseñanza; su señor le había puesto el ejemplo, le había mostrado el camino. Lo mismo debería haber hecho con su compañero; pero no.

Su compañero le debía poco dinero. Tenía la oportunidad de repetir el gesto. ¿Qué comparación hay entre muchos millones y poco dinero? A él le perdonaron todo y quedó libre; y no supo perdonar. Cuando lo llamó, el rey le dijo que debería haber actuado de la misma manera; es decir, vivir la compasión y perdonar sin más. Dios nos perdona, ¿y nosotros, que en el Padrenuestro le pedimos a Dios nos perdone como nosotros perdonamos a los que nos ofenden?

Tenemos que hacer nuestra la enseñanza final de Jesús. Nos pide que perdonemos de corazón a los hermanos. No es un perdón de boca, de los labios para afuera; es perdón de corazón, como el de Dios, al grado de nunca más echar en cara lo perdonado a la otra persona. Revisemos nuestra vida. ¿A cuántas personas les debemos el perdón, nos lo hayan solicitado o no? Antes de acercarnos a comulgar, asumamos el compromiso de perdonar siempre, como Dios.

14 de septiembre de 2014

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