Homilía para el 23er domingo ordinario 2019

Renunciar a todo
Acabamos de escuchar las exigencias que Jesús planteó para quienes quisieran y quieran ser sus discípulos. La cosa no es sencilla como pareciera o, como ordinariamente pensamos, que basta con tener los sacramentos. La condición para ser discípulo o discípula es renunciar a todo para optar por Él. Y renunciar a todo significa renunciar a todo, incluso a lo que pareciera que más necesitamos o a aquello que no nos debería faltar: la familia, la propia persona y los bienes personales. En esta Eucaristía semanal, al comulgar renovamos ese compromiso planteado por Jesús.

Renunciar a todo

Textos: Sb 9, 13-19; Flm 9-10. 12-17; Lc 14, 25-33

Acabamos de escuchar las exigencias que Jesús planteó para quienes quisieran y quieran ser sus discípulos. La cosa no es sencilla como pareciera o, como ordinariamente pensamos, que basta con tener los sacramentos. La condición para ser discípulo o discípula es renunciar a todo para optar por Él. Y renunciar a todo significa renunciar a todo, incluso a lo que pareciera que más necesitamos o a aquello que no nos debería faltar: la familia, la propia persona y los bienes personales. En esta Eucaristía semanal, al comulgar renovamos ese compromiso planteado por Jesús.

Jesús iba de camino hacia Jerusalén a la experiencia de la cruz y mucha gente lo seguía, como nos dice san Lucas. Como no se trataba solamente de acompañarlo físicamente, de ir con Él, de escuchar sus enseñanzas y ver los milagros que realizaba, sino de llegar a la entrega total de la vida, también planteó que quien se decida a ser su discípulo, tienen que cargar con la propia cruz, es decir, vivir de la misma manera que Jesús: anunciando y haciendo presente el Reino de Dios, con las palabras, la atención a los enfermos, el perdón, el servicio, la solidaridad, la entrega de la vida.

La mayoría de los bautizados piensa que con asistir a Misa o tener los sacramentos basta para ser católicos. Incluso que con ir a la Misa los domingos o cuando nazca; o con que los hijos reciban sus sacramentos, sobre todo los de la Iniciación cristiana: el Bautismo, la Comunión –y sólo la primera– y la Confirmación. Pero no se asume el estilo de vida que conllevan, porque nos unen a Jesús y nos comunican su vida para vivir como Él vivió y para realizar la misión que Él realizó.

A esto se refirió Jesús con los ejemplos del constructor y del rey. Tienen que calcular si van a poder terminar lo que decidieron comenzar: el que construye la torre para ver si tiene con qué terminarla y el rey para ver si va a poder vencer con sus diez mil soldados al que viene contra él con veinte mil. Si prevén que no lo lograrán, entonces lo lógico es que el constructor no comience la obra y el rey no salga al combate, sino que le proponga las condiciones de paz a su enemigo.

¿Qué es lo que debemos calcular antes de decidir que los hijos se bauticen o de recibir otro sacramento? Si vamos a poder con el paquete de ser buenos bautizados y de acompañar en el camino de la fe, sobre todo con nuestro testimonio, a quienes presentemos para los sacramentos. Es decir, tenemos que plantearnos si vamos a hacer una vida teniendo como primer referente a Jesús, no a nuestros proyectos e intereses personales ni a los bienes materiales; si vamos a vivir como servidores de los demás, especialmente de los pobres; si vamos a hacer vida en comunidad con nuestros vecinos, si vamos a vivir la justicia y la solidaridad en nuestros espacios de trabajo, si vamos a colaborar en el bien común de la sociedad, si vamos a cuidar con amor de la Casa común que Dios nos encomendó, si vamos a trabajar en la construcción del Reino de Dios. En otras palabras, tenemos que calcular si vamos a caminar con Jesús cargando nuestra propia cruz.

Todo esto está ligado a la decisión de ser miembros de la Iglesia y de alimentarnos de los sacramentos, especialmente de la Comunión sacramental, como hoy Día del Señor.

Pidamos a Dios la sabiduría de su Espíritu, de la que nos habla la primera lectura, para repensar nuestra vida como miembros de la Iglesia, para reconocer lo que le agrada a Dios y enderezar nuestro camino, marcado por Jesús. Dispongámonos a recibir el Cuerpo y la Sangre de Jesús, que nos alimenta y fortalece para preferirlo a Él, para renunciar a nosotros mismos y a nuestros bienes y para mantenernos como discípulos suyos en la experiencia del seguimiento hasta la cruz.

8 de septiembre de 2019

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