El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 23er domingo ordinario 2017

Amarrar la solidaridad

Textos: Ez 33, 7-9; Rm 13, 8-10; Mt 18, 15-20.

Ordinario23 A 17

Todos sabemos lo que están viviendo los hermanos y hermanas de las Islas del Caribe y de los Estados del sureste de nuestro País, por los huracanes y el terremoto. Los más afectados en estos casos son siempre los pobres: familias sin techo, sin alimentos, con heridos y fallecidos, con mucho sufrimiento y angustia. Dios nos habla desde esta situación y nosotros le hemos estado diciendo en el Salmo: “Señor, que no seamos sordos a tu voz”. Dios nos habla y tenemos que atender lo que nos dice. Nos pide ser solidarios desde nuestra pobreza.

Una de las cosas es orar por las familias siniestradas. Jesús nos dice que donde hay dos o tres reunidos en su nombre, Él está en medio de nosotros, y que lo que pidamos al Padre, Dios nos lo concederá. En esta Asamblea dominical oramos por todas aquellas familias y comunidades, que son muchísimas. Le pedimos que las fortalezca y sostenga en medio de las dificultades y sinsabores; pero también le pedimos que nosotros no seamos indiferentes sino solidarios. La Comunión que recibiremos es un signo que expresa nuestro deseo de mantenernos unidos a ellos.

Jesús también dice que lo que atemos en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desatemos aquí va a quedar desatado allá. Él lo dice en relación a la vida comunitaria: la atención a los pequeños, la búsqueda de los alejados, la corrección fraterna, los encuentros de comunidad, la oración, el perdón.

Hoy nos dice lo que hay que hacer en casos de ofensas entre hermanos: vivir la corrección fraterna. Algo demasiado difícil de vivir: corregir y dejarse corregir. Si alguien es ofendido, generalmente reacciona devolviendo la ofensa, desquitándose, negando la palabra, volteando la cara. Jesús pide que la persona agredida vaya a platicar con la que agredió para invitarla a reconocer la falla, a cambiar de actitud, a no volverlo a hacer. Es un signo de solidaridad con aquella persona y con la comunidad, porque lo que se tiene que buscar es la comunión. Si no hace caso, hacer lo mismo pero ante dos o tres testigos, para que conste que se le hizo la invitación al cambio de vida. Si sigue en las mismas, hay que decírselo a la comunidad; a ella se le informa que ya se le hizo la lucha, primero a solas, luego ante unos testigos. Si ni así recorre, entonces hay que tratarlo con misericordia y darle testimonio de perdón, como se hace ante los paganos o publicanos.

Como parte de la vida comunitaria, la cual se alimenta con la Comunión sacramental, podemos decir que la solidaridad que atemos aquí ante las situaciones de desastre, quedará atada en el cielo, y que si no amarramos la experiencia de solidaridad la vamos a dejar desatada para siempre. Dios nos está hablando desde los gritos de angustia de los afectados por los huracanes y el terremoto. No seamos sordos a esa voz. Vivamos la solidaridad como signo y proyección de nuestra participación en la Eucaristía dominical. Al final de la Misa, cuando se diga que podemos ir en paz, eso quiere decir que vayamos a la misión alimentados por el Cuerpo y la Sangre de Jesús. La Misa se prolonga y completa en la vida diaria.

Pidamos a Dios que sepamos vivir la corrección fraterna, que fortalezcamos los encuentros comunitarios en nuestros barrios, que crezca entre nosotros la solidaridad para con los afectados por el sismo, que demos testimonio de comunión. No endurezcamos nuestro corazón ni seamos sordos a la voz de Dios. Jesús, quien se nos da en la Comunión, espera que atemos la solidaridad en la tierra para que quede atada en el cielo.

10 de septiembre de 2017

Esta entrada fue publicada el 10 de septiembre de 2017 a las 9:21 am en la categoría El Puente, Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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