Homilía para el 21er domingo ordinario 2013

Esforzarse

Textos: Is 66, 18-21; Hb 12, 5-7. 11-13; Lc 13, 22-30.

Ordinario 21 C 001

Jesús iba hacia Jerusalén. Se dirigía al encuentro de la cruz. En ese camino le preguntaron sobre la salvación: si era cierto que pocos la alcanzaban. Jesús no respondió si sí o si no. Más bien hizo una invitación, que no es solo para quienes lo escuchaban en aquella ocasión sino para los discípulos y discípulas de todos los tiempos; es para quienes quieran salvarse. Jesús invita a entrar por la puerta, pero aclara que esa puerta es angosta; y dice que hay que esforzarse.

Esforzarse

Textos: Is 66, 18-21; Hb 12, 5-7. 11-13; Lc 13, 22-30.

Ordinario 21 C 001

Jesús iba hacia Jerusalén. Se dirigía al encuentro de la cruz. En ese camino le preguntaron sobre la salvación: si era cierto que pocos la alcanzaban. Jesús no respondió si sí o si no. Más bien hizo una invitación, que no es solo para quienes lo escuchaban en aquella ocasión sino para los discípulos y discípulas de todos los tiempos; es para quienes quieran salvarse. Jesús invita a entrar por la puerta, pero aclara que esa puerta es angosta; y dice que hay que esforzarse.

En los tiempos que vivimos nos cae bien esta invitación de Jesús. En nuestros días se busca vivir con las mayores comodidades posibles; no solamente las cosas materiales, sino todo aquello que signifique el menor esfuerzo, las menos complicaciones que se tengan, evitar la fatiga. La cultura actual está orientada a lo provisional, a lo desechable. Por eso llega a tiempo la invitación a esforzarnos. Esfuércense, dice Jesús. Esforzarse cuesta trabajo, implica una disciplina.

La salvación exige hacer un esfuerzo. Ciertamente es un don de Dios, pero es también una conquista humana. En otra ocasión Jesús dice que el Reino es de los esforzados, de los que se hacen violencia. La imagen de la puerta que utilizó Jesús es bien clara: una puerta angosta. Cuando hay una puerta así, hasta las personas delgadas tienen dificultad para pasar. No se diga cuando se trata de gentes gorditas o cuando dos o tres, o más, quieren pasan al mismo tiempo.

A veces parecería que la salvación la consiguen quienes se la pasan en el templo, las personas que rezan mucho o que no faltan a Misa –que son bien católicas, como dicen muchos–. Por lo que escuchamos en el Evangelio, podemos descubrir que se ocupa mucho más que eso. Es bueno, y necesario para los creyentes en Jesús, rezar mucho, ir al templo, sobre todo cuando se trata de encuentros comunitarios, participar en la Misa y alimentarse de la Eucaristía.

Quien vive así no debe confiarse, pues le puede suceder lo mismo que a los que se queden fuera y toquen, pidiendo que se les abra la puerta. El señor de la casa les dirá que no los conoce y ellos le dirán que lo conocen, que se han encontrado muchas veces con él, que han compartido la mesa juntos. La respuesta que les da es central: “Apártense de mí, todos ustedes los que hacen el mal” (Lc 13, 27). Imagínense que esta respuesta sea para nosotros.

El punto de la salvación no está en la oración o las celebraciones; está en las acciones. Obrar bien o mal, hacer el bien o dejar de hacerlo, evitar el mal o realizarlo, es el punto de referencia para salvarnos o condenarnos, para entrar al Reino o quedar fuera de Él. Las oraciones y las celebraciones, la escucha de la Palabra, la recepción de la Comunión, ayudan y fortalecen a los discípulos de Jesús, pero si no se traducen en obras de justicia y hermandad, salen sobrando.

La salvación exige esfuerzo, lucha, constancia, en la vivencia del Evangelio. Esta es la puerta estrecha; el Evangelio es la puerta por la que debemos entrar. Lo que Jesús nos enseña y vive, es lo nosotros tenemos que poner en práctica. Y eso no es fácil: servir, atender a los pobres, perdonar, corregirnos fraternamente, ser tolerantes y misericordiosos, hacernos los últimos, es muy complicado, sobre todo si estamos metidos en el estilo de vida de lo cómodo y desechable.

Hoy que nos encontramos reunidos para la celebración de la Eucaristía, para escuchar la Palabra de Dios y comulgar sacramentalmente, para orar juntos, es necesario que repensemos nuestra vida. No basta con escuchar al Señor, con predicar su Palabra, con sentarnos a su Mesa, para alcanzar la salvación. Se necesita poner en práctica sus enseñanzas, vivir como Él vivió, caminar hacia la cruz. En una palabra, esforzarnos por pasar diariamente por la puerta angosta.

25 de agosto de 2013

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