Homilía para el 20º domingo ordinario 2107

Escuchar los gritos de las mujeres

Ordinario20 A 17

Dios pide y espera de su pueblo que vele por los derechos de los demás y que practique la justicia. Eso que decía a Israel a través del profeta Isaías sigue valiendo para nosotros hoy. Debemos velar por los derechos de los demás, especialmente de los frágiles, y vivir la justicia para con ellos. Si tenemos en cuenta lo que nos ofrece el texto del evangelio, podemos decir que Dios espera que velemos por los derechos de las mujeres y que seamos justos con ellas.

Escuchar los gritos de las mujeres

Textos: Is 56, 1. 6-7; Rm 11, 13-15. 29-32; Mt 15, 21-28.

Ordinario20 A 17

Dios pide y espera de su pueblo que vele por los derechos de los demás y que practique la justicia. Eso que decía a Israel a través del profeta Isaías sigue valiendo para nosotros hoy. Debemos velar por los derechos de los demás, especialmente de los frágiles, y vivir la justicia para con ellos. Si tenemos en cuenta lo que nos ofrece el texto del evangelio, podemos decir que Dios espera que velemos por los derechos de las mujeres y que seamos justos con ellas.

Una mujer se acercó a Jesús. Tenía una situación especial por la que sufría mucho: una hija enferma, atormentada por un demonio. Esto se añadió a las cargas que tenía en aquella sociedad machista de tiempos de Jesús. Para comenzar era mujer; esto la ponía en desventaja en relación a los varones, pues junto con los niños no valía para la vida de la sociedad. Otra situación: no era judía sino cananea; por lo tanto, pagana por ser extranjera; así consideraban los judíos a las personas de los demás pueblos. Además tenía una enferma en su casa; muchas veces se consideraba la enfermedad como maldición de Dios y, por si fuera poco, la hija tenía un demonio.

A pesar de todo esto y saltándose todas las discriminaciones, aquella señora se puso a gritarle a Jesús. Una mujer gritándole a un varón, una pagana gritándole a un judío. Le suplicaba que tuviera compasión de ella, es decir, que hiciera propia su situación, que cargara con su sufrimiento, que experimentara su pesar. Esperaba que atendiera a su grito, que velara por los derechos de ella y de su hija, que le hiciera justicia y curara a su enferma.

Es algo parecido a lo que está pasando entre nosotros. Antier, una noticia de las que llegan por el celular, decía: “dos de tres mexicanas sufren violencia”. Es un dato del INEGI. En nuestro País, democrático, católico, dos mujeres de cada tres son violentadas: de palabra, con golpes, desprecios, abusos, acoso sexual, compraventa, tratadas como objeto de uso, violadas, recibiendo salarios menores a los varones, abandonadas, prostituidas. En nuestra parroquia un buen número de mujeres, a pesar de cargar esas situaciones, están dando un servicio de evangelización a la comunidad, lo que agradecemos a Dios. Están gritando que tengamos compasión de ellas, que las valoremos, que respetemos su dignidad, que las cuidemos y defendamos, que vivamos la justicia para con ellas. Preguntémonos cómo las tratamos en nuestra casa, en el barrio, en el trabajo.

Parecía que Jesús no hacía caso a la mujer y colaboraba a que siguiera en su situación. Al escuchar la petición de sus discípulos de que la atendiera, le dio otro golpe más: le dijo que fue enviado para los judíos descarriados y alejados de Dios. Ella insistió en su súplica: le pidió que la atendiera. Y todavía le dio otro golpe: le dijo que no estaba bien quitarles el pan a los hijos –a los judíos– para echárselo a los perritos –a los paganos–. La trató de perra; suena feo, pero así consideraban los judíos a los no judíos. A pesar de todo, ella seguía esperando la atención de Jesús. Le dijo que se conformaba con las migajas.

Entonces vino la reacción de Jesús: le valoró su fe, escuchó y atendió sus gritos de dolor, curó a su hija; y a ella le devolvió su dignidad, la rehízo como mujer, la integró al pueblo de Dios. Eso es lo que debemos hacer: escuchar los gritos de las mujeres de nuestra comunidad, atenderlas, valorarlas, compadecernos, ayudarlas, velar por sus derechos, defenderlas de las desigualdades, vivir la justicia con ellas, tratarlas como hermanas. Precisamente a eso nos compromete la recepción de la Comunión sacramental; comulgamos para vivir y actuar de la misma manera que Jesús.

20 de agosto de 2017

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