Homilía para el 20º domingo ordinario 2104

Compasión

Ord20 A 14

Jesús llegó a una tierra considerada de paganos. Allí se encontró con una mujer, también “pagana”, que traía un sufrimiento muy grande: una de sus hijas tenía un demonio. La señora le pidió a Jesús que tuviera compasión de su sufrimiento y curara a su hija. Cuántos casos como este nos encontramos en nuestra comunidad. Hoy, el Evangelio nos cuestiona en relación a lo que hacemos ante estas situaciones y nos prepara para el encuentro dominical con Jesús.

Compasión

Textos: Is 56, 1. 6-7; Rm 11, 13-15. 29-32; Mt 15, 21-28.

Ord20 A 14

Jesús llegó a una tierra considerada de paganos. Allí se encontró con una mujer, también “pagana”, que traía un sufrimiento muy grande: una de sus hijas tenía un demonio. La señora le pidió a Jesús que tuviera compasión de su sufrimiento y curara a su hija. Cuántos casos como este nos encontramos en nuestra comunidad. Hoy, el Evangelio nos cuestiona en relación a lo que hacemos ante estas situaciones y nos prepara para el encuentro dominical con Jesús.

Esta mujer tenía muchos pesos sobre su persona. Uno era el de ser mujer, en medio de una cultura machista. Otro era la enfermedad de su hija. Todos sabemos lo que significa tener un enfermo en casa. Además, era cananea, o sea pagana y, por lo mismo, impura para los judíos. Un judío tenía prohibido por ley acercarse a los paganos; de otra manera se contaminaba con la impureza. A pesar de todo esto, fue a buscar a Jesús y se le acercó suplicando su compasión.

Pero, a pesar de toda esa carga que tenía, la mujer era creyente en Jesús. Lo identificó y confesó como Señor y como Hijo de David, conocía lo compasivo de Jesús, sabía que podía curar a su hija. Entonces no era pagana, como se decía de los cananeos, sino una creyente. Jesús se lo reconoció al final, cuando alabó su fe tan grande. La fe es fundamental para poder vivir el encuentro con Jesús y eso está por encima de las diferencias, condiciones o prejuicios.

Jesús como que no la escuchaba, le mostró desinterés, guardó silencio. Así actuaban los judíos frente a los paganos. Esto era sorprendente en Jesús y nos parece raro. ¿Cómo era posible que permaneciera indiferente ante la súplica, ante el sufrimiento, ante la posibilidad de ayudar, si continuamente hacía suyos los sufrimientos de los enfermos, los pobres, los pecadores? Su respuesta está ubicada en el proyecto de rescatar a los judíos descarriados; esa era la prioridad.

Lo expresó con el ejemplo de los hijos y los perritos; los hijos serían los judíos y los perritos, los paganos. Pero no por ser prioritaria la atención a los judíos, pueblo elegido de Dios, no atendería la súplica de aquella mamá adolorida; y menos cuando ella le expresó que no esperaba mucho, que tenía con las “sobras”, con las migajas. En base a la fe de aquella mujer, Jesús terminó concediéndole la salud a su hija. Con esto manifestó que la salvación es universal.

Entre nosotros hay muchas situaciones de sufrimiento, por las enfermedades o por la pobreza, o por la droga, el alcohol o la falta de trabajo. O, en muchas ocasiones, todo esto junto. Y las familias nos están gritando que nos compadezcamos de ellas, aunque sean migajas: un minuto, un ratito. ¿Cómo reaccionamos? ¿Qué hacemos para vivir la compasión y tender la mano? ¿No será que permanecemos indiferentes, pasamos de largo, o nos volteamos para otro lado?

Una de nuestras tareas como miembros de la Iglesia es compadecernos y ayudar. Esta es un compromiso personal y comunitario: cada quien por participar de la vida y misión de Jesús desde el Bautismo; como barrio o colonia porque somos Iglesia, comunidad de discípulos y discípulas de Jesús. Jesús nos enseña a acercarnos personal y comunitariamente a esas situaciones, compadecernos, platicar con las familias, ver posibilidades, encontrar respuestas organizadas.

Hoy Jesús viene a nuestro encuentro en la Eucaristía. Somos gente pecadora, tenemos necesidad de Él y le suplicamos que tenga compasión de nosotros; así lo reconocimos al iniciar la celebración. Le expresaremos nuestra fe en Él y el proyecto de salvación de Dios. Él viene a nuestro encuentro y no nos da migajas sino que se da completo en el Pan y el Vino. Se nos da como alimento para que hagamos lo mismo con quienes sufren en nuestra comunidad.

17 de agosto de 2014

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