El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 20º domingo ordinario 2018

Comer la Carne que da vida

Textos: Prov 9, 1-6; Ef 5, 15-20; Jn 6, 51-58

Ordinario20 B 18

Jesús no se cansaba de ofrecerse como el Pan vivo bajado del cielo, el Pan que da la vida al mundo, el Pan que da la vida para siempre. Esto provocó discusiones en la sinagoga de Cafarnaúm sobre cómo era posible que Jesús diera a comer su Carne. El Pan que ofrecía era su Carne, es decir, su persona, su mensaje, su proyecto, su estilo de vida. Y también dijo que quien se lo comiera y se lo bebiera, tendría vida. Hoy, en la Comunión, nos da su Cuerpo y su Sangre, para que tengamos vida.

La mayoría de la gente no comprendía la entrega de Jesús. Así sucede siempre que alguien decide dar su vida por el bien de la comunidad, por el bien del pueblo, por la justicia y la paz. Se le considera una persona loca, tonta, y se le ponen otros calificativos. No coincide con el modo de pensar y vivir de la mayoría. La tendencia ha sido siempre la vida fácil, cómoda, sin compromisos, sin compartir; más bien buscando los propios intereses egoístas, lo que hace sentir placer, lo que da éxito y poder, lo que lleva a lucir y ser alabado. Jesús no fue comprendido ni siquiera por sus discípulos y muchos decidieron abandonarlo, como escucharemos el próximo domingo.

Sin embargo, Jesús no se desanimó. Él siguió su proyecto de salvación hasta el final, hasta la cruz. Él fue enviado por el Padre para dar vida. Se dio como alimento para los enfermos, los excluidos, los pecadores. Ellos sí fueron capaces de recibirlo, aceptarlo, seguirlo en su camino. Esto es lo que significa comérselo y bebérselo. Quien se abrió a su persona y mensaje en aquel tiempo, y quien lo acepta y lo sigue hoy, encuentra la vida. No es la vida biológica, no es el bienestar, sino la vida de Dios que Jesús nos trajo en abundancia, la vida digna, la vida de hijos e hijas suyos.

Nosotros hemos venido a encontrarnos con Jesús como cada domingo. No venimos para cumplir un mandamiento, sino para recibir su vida, tanto en la Palabra como en la Comunión, para llenarnos de Él y llevarlo a la familia, a la comunidad, a la sociedad. El desafío para nosotros es ser sus testigos en medio del ambiente de acaparamiento, de consumismo, de comprar y desechar, de ver sólo por sí mismos, de pasar por encima de los demás. Así como Jesús se ofreció, se dio, se compartió, se entregó, así nosotros tenemos que ofrecernos, darnos, compartirnos, entregarnos, unidos a Él, para dar vida. Comemos su Carne y bebemos su Sangre de manera sacramental para salir de aquí a luchar por la vida, a trabajar por la armonía en la familia, a construir la vida comunitaria en el barrio, a colaborar en el bien común en la sociedad, a conservar el orden de la naturaleza; en otras palabras, a prolongar la vida en abundancia que Jesús trajo para el mundo.

Comulgamos entonces para renovar el compromiso de trabajar en la construcción del Reino de Dios. No recibimos la Comunión para sentirnos y quedarnos a gusto. Nos alimentamos del Cuerpo y la Sangre de Jesús para permanecer unidos a Él, para vivir como comunidad de bautizados, para salir a la misión, para servir a los pobres, los enfermos, los migrantes, los indígenas, los sufrientes. No siempre vamos a ser comprendidos por los demás si asumimos nuestro compromiso; incluso vamos a ser considerados locos o tontos si decidimos vivir como Jesús. Esa es parte del costo de seguirlo con fidelidad, de comer su Carne y beber su Sangre, de mantenernos unidos a Él en el servicio y la entrega hasta el fin. Tenemos que ser conscientes de que eso significa comerlo y vivir por Él.

Dispongámonos a recibir a Jesús en la Comunión, a comer su Carne y beber su Sangre, para tener su vida y dar esa vida al mundo, desde la familia hasta la sociedad y la Casa común.

19 de agosto de 2018

Esta entrada fue publicada el 19 de agosto de 2018 a las 6:51 am en la categoría El Puente, Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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