Homilía para el 2° domingo de Adviento 2012

Enderezar los caminos

Textos: Bar 5, 1-9; Flp 1, 4-6. 8-11; Lc 3, 1-6.

En este domingo, el segundo del Adviento, la Palabra de Dios nos pide enderezar los caminos para prepararnos a la venida de su Hijo. En aquel tiempo, cuando Jesús estaba por iniciar su misión, esa Palabra llegó a través de Juan Bautista, quien vivía en el desierto. Hoy llega para nosotros en este convento, en el templo parroquial, en la capilla del barrio. Que no nos vayamos a convertir en un desierto, donde lo que se dice no tiene eco, sino que recibamos el mensaje.

Enderezar los caminos

Textos: Bar 5, 1-9; Flp 1, 4-6. 8-11; Lc 3, 1-6.

En este domingo, el segundo del Adviento, la Palabra de Dios nos pide enderezar los caminos para prepararnos a la venida de su Hijo. En aquel tiempo, cuando Jesús estaba por iniciar su misión, esa Palabra llegó a través de Juan Bautista, quien vivía en el desierto. Hoy llega para nosotros en este convento, en el templo parroquial, en la capilla del barrio. Que no nos vayamos a convertir en un desierto, donde lo que se dice no tiene eco, sino que recibamos el mensaje.

Dios nos invita a preparar el camino. Dios quiere que su pueblo camine seguro. Para esto es necesario enderezar los caminos torcidos, emparejar los que están llenos de piedras y pozos, abajar los montes, rellenar los barrancos. Esto significa vivir la conversión, es decir, tener un cambio total de manera personal, como familia, a nivel comunitario, en la sociedad y la Iglesia. El ideal es que vivamos en el amor y la sensibilidad espiritual, como nos dice Pablo.

Si revisamos nuestra vida, encontraremos muchas prácticas, situaciones, actitudes, que debemos modificar para vivir derechos. Personalmente hay actitudes de intolerancia, soberbia, orgullo, grandeza. Esas sobran y es necesario rebajarlas. Muchas veces somos rasposos para los demás: no nos pueden decir cosas, corregir en nuestros errores, señalarnos un defecto, porque nos enfurecemos y los demás salen raspados. Necesitamos rellenarnos de sencillez.

En las familias existen situaciones de pleitos, desavenencias, maltratos; esas hay que quitarlas. Pero también hay vacíos, sobre todo en lo que se refiere a la educación de los hijos para que vivan como miembros activos de la Iglesia y como ciudadanos en la Sociedad Civil. Estos huecos ocupan ser rellenados con el encuentro con Jesucristo, con la participación en la comunidad, con la formación cívica. Es responsabilidad de los papás vivirlas y enseñarlas a sus hijos.

Dentro de la vida de las comunidades se dan muchos pleitos, habladas, se levantan falsos, se dejan de hablar las personas e incluso familias enteras; crecen situaciones de droga y alcohol, de violencia. Esto tiene que desaparecer para que todas las personas puedan caminar por las calles sin temor alguno. Al mismo tiempo es necesario cultivar todo lo que facilite las relaciones comunitarias: las reuniones, los servicios, las celebraciones, la atención a los enfermos.

En la sociedad muchos caminos y estilos de vida se tienen que enderezar. La pobreza, la destrucción del medio ambiente, la injusticia, la violencia, el narcotráfico, las luchas por el poder, el consumismo, el acaparamiento, son situaciones que están sobrando y hay que eliminarlas. Hace falta rellenar la sociedad de solidaridad, convivencia, armonía, atención a situaciones emergentes, de modo que la paz sea el ambiente en el que todas y todos nos movamos con tranquilidad.

La Iglesia como tal también necesita entrar en la conversión. En Aparecida los obispos de América Latina insisten en la conversión pastoral. Hay estructuras pastorales ya avejentadas: hablamos de nuevo modelo de Iglesia y seguimos con el antiguo; el modo de ser de muchos agentes de pastoral, laicos y presbíteros, es autoritario e intolerante; en la ciudad no funciona el trabajo de evangelización en la concepción de parroquia territorial. Todo esto necesita cambio.

Si hacemos caso a las palabras del Bautista y enderezamos los caminos por donde nos movemos, como dice el final del texto del Evangelio, todos los hombres verán la salvación de Dios (3, 6). Así es que tenemos que vivir la conversión personal y comunitariamente, en la familia y la sociedad, en la comunidad y la Iglesia. La conversión es necesaria para acoger a Jesús, que hoy viene a nuestro encuentro hecho Pan y Vino. Preparémonos para recibirlo en la Comunión.

9 de diciembre de 2012

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