Homilía para el 1er domingo de Adviento 2020

Mantenernos en vela
Este año viviremos el Adviento, tiempo de preparación para la Navidad, en medio del ambiente de la pandemia de Covid-19. Hoy la Palabra de Dios nos alimenta la esperanza para que la vivamos de manera activa; la esperanza de que no haya más contagios, la esperanza de que los desaparecidos vuelvan a su familia, la esperanza de que no se acabe el trabajo, la esperanza de que haya una sociedad hermanable, la esperanza de que la Casa común no se siga maltratando, la esperanza de la segunda venida de Jesús.

Mantenernos en vela

Textos: Is 63,16-17.19; 64,2-7; 1Cor 1,3-9; Mc 13,33-37

Este año viviremos el Adviento, tiempo de preparación para la Navidad, en medio del ambiente de la pandemia de Covid-19. Hoy la Palabra de Dios nos alimenta la esperanza para que la vivamos de manera activa; la esperanza de que no haya más contagios, la esperanza de que los desaparecidos vuelvan a su familia, la esperanza de que no se acabe el trabajo, la esperanza de que haya una sociedad hermanable, la esperanza de que la Casa común no se siga maltratando. Para nosotros, como comunidad de discípulos y discípulas de Jesús, es el tiempo para alimentar la esperanza de la segunda venida de Jesús, aquello que confesamos en el Credo: “vendrá de nuevo para juzgar a vivos y muertos” y que proclamamos después de la consagración: “Ven, Señor Jesús”. En todo esto hay que tener en cuenta lo que Jesús dijo a sus discípulos:  velen, estén preparados, permanezcan alerta.

La razón para mantenernos en vela y alerta está en que esperamos la segunda venida de Jesús. Y la espera no debe ser pasiva, sino activa. Se nos pide estar toda nuestra vida como los veladores: despiertos, atentos, observando, cuidando, cumpliendo las responsabilidades encomendadas. Alguien que se duerme no sirve para velador y la advertencia de Jesús es que Él puede llegar cualquier día, a cualquier hora. Como el Coronavirus, que no sabemos de dónde ni a qué hora llega y se mete hasta lo más profundo de los pulmones. De ahí la necesidad de mantenernos preparados permanentemente.

La preparación exige la oración, la revisión de vida, la conversión, con la conciencia de que frecuentemente nos alejamos de Dios y sus mandamientos, como nos ayuda a reconocer el profeta Isaías. Dios no nos impide alejarnos de Él ni que se nos endurezca el corazón. Con humildad, en la oración hay que pedirle que, como Padre bueno, se vuelva por amor a nosotros, que salga al encuentro de quien vive la justicia, que no nos oculte su rostro, que nos siga modelando, que nos conserve la vida, que nos salve. Esto implica que reconozcamos nuestros pecados, que nos hemos alejado de Él y sus mandamientos, que somos rebeldes, que nuestra justicia está corrompida, que nos hemos olvidado de Él para invocarlo.

El alejamiento está en que, por dejar de velar y buscar sólo nuestros intereses o dejarnos manipular por el mundo del mercado y el consumismo, hemos caído en la ruptura de la hermandad, en la falta de justicia, en el maltrato a la naturaleza, en el olvido del anuncio del Evangelio, responsabilidades que nos encomendó Jesús antes de volver al Padre.

Se nos ofrecen estas cuatro semanas de Adviento para entrar en esta dinámica de preparación, para cultivar la vigilancia, para cumplir nuestras responsabilidades, para volvernos al Señor, para servir a nuestros hermanos, para cuidar la ecología, para hacer vida comunitaria en el barrio. Es necesario retomar estas tareas con fuerza, con las medidas preventivas en medio de la pandemia, para disponernos a la celebración de la Navidad y para fortalecer nuestra esperanza en la segunda venida de Jesús. Él, como dice Pablo, nos hará permanecer irreprochables hasta el día de su llegada.

Dispongámonos para recibir a Jesús, que viene sacramentalmente a nuestro encuentro.

29 de noviembre de 2020

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