El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 1er domingo de Adviento 2018

Una espera activa

Textos: Jr 33, 14-16; 1 Tes 3, 12-4, 2; Lc 21, 25-28. 34-36

Hoy que nos reunimos como Iglesia alrededor del Resucitado, para alimentarnos de su Cuerpo y Sangre, iniciamos el Adviento, tiempo de preparación para la celebración de la Navidad. Es un tiempo para pensar en la propia vida, en la vida de la comunidad, para entrar en proceso de conversión y alimentar nuestra esperanza. De ahí que los textos que acabamos de escuchar, aunque hablan de destrucción, no son para asustarnos sino para alimentar nuestra esperanza. Ante las situaciones de sufrimiento, desánimo, sinsentido, Dios tiene una promesa: la de una vida mejor, la cual nos ofrece en su Hijo Jesús. Esta esperanza es un don suyo, pero es también una responsabilidad nuestra y la alimentamos con la Eucaristía.

En la primera lectura, a través de Jeremías Dios sostiene la promesa de dar una vida nueva a Israel y Judá. Es la promesa de un retoño del tronco de David, que traerá la justicia y el derecho. Ese renuevo es su Hijo Jesús, a quien después se le proclamó como Hijo de David. Con Jesús llegarían la justicia, la igualdad, el derecho, la misericordia… de parte de Dios. Por eso, junto con el salmista, le dijimos que Él es nuestro Dios y Salvador y que en Él tenemos nuestra esperanza.

En el Evangelio, para describir el fin del sufrimiento, provocado por la opresión de los imperios destructores, Jesús habla de las señales prodigiosas en los astros y del estruendo de las olas del mar. Los imperios opresores, la realidad de sufrimiento y dominación, no son para siempre, y Jesús nos da esta esperanza. Cuando esto termine, vendrá Él con gran poder y majestad. Se refiere a su segunda venida, con la que llegará la liberación. Es la que esperamos y anticipamos con la celebración del Adviento y sostenemos en cada Eucaristía, cuando decimos: ¡Ven, Señor Jesús!

Este don de Dios –la esperanza– exige de nosotros una actitud. No hay que esperarla sentados, cruzados de brazos, sino de una manera activa. Y en esto está nuestra responsabilidad personal y comunitaria. Jeremías nos ayuda a mantener la confianza en las promesas de Dios; Jesús y Pablo nos presentan la manera de sostener esta esperanza.

Jesús pide a sus discípulos estar alerta, leer los signos de los tiempos, levantar la cabeza, velar y hacer oración continuamente. Esto se nos recordará a lo largo de las cuatro semanas del Adviento. Todo esto es necesario para que los vicios, las injusticias, las borracheras, la droga, el afán por el dinero, el consumo o andar a la última moda, no nos entorpezcan la mente ni nos cieguen el corazón. El modo de sostenernos en la lucha contra esos afanes es velar y orar con constancia.

Pablo nos pide vivir en el amor mutuo a lo interno de la comunidad y en el amor hacia los demás como comunidad, sobre todo con los alejados, excluidos, descartados, para llevar una vida agradable a Dios. Esto es lo que debemos hacer para mantenernos en una esperanza activa, mientras llega la segunda venida de Jesús. Solo así podremos comparecer seguros ante Él.

Ahí tenemos, pues, la invitación que Dios nos hace a través de su Palabra. A nosotros nos toca buscar y encontrar las maneras de sostenernos en la esperanza de la vida nueva. Que esto acompañe nuestra preparación para celebrar el Nacimiento de Jesús, junto con las luces, los adornos de Navidad, las festividades guadalupanas, el novenario de Posadas, los encuentros familiares.

Pidamos a Dios la luz de su Espíritu para mantenernos alerta, atentos, vigilantes y en oración, no sólo durante este Adviento que estamos iniciando sino también a lo largo de nuestra vida.

2 de diciembre de 2018

Esta entrada fue publicada el 03 de diciembre de 2018 a las 10:58 am en la categoría El Puente, Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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