Homilía para el 1er domingo de Adviento 2013

No nos confiemos

Textos: Is 2, 1-5; Rm 13, 11-14; Mt 24, 37-44.

Adv1 A 001

Estamos iniciando un camino nuevo: hoy comenzamos el Adviento, tiempo litúrgico de preparación a la Navidad. A lo largo de un año, domingo a domingo hasta finales de noviembre del año próximo, el evangelista san Mateo nos conducirá en la reflexión. La escucha y reflexión de la Palabra de Dios, que tiene su culmen en el texto del Evangelio, nos preparan para recibir el sacramento de la Comunión. La Comunión es el momento principal de esta celebración dominical.

No nos confiemos

Textos: Is 2, 1-5; Rm 13, 11-14; Mt 24, 37-44.

Adv1 A 001

Estamos iniciando un camino nuevo: hoy comenzamos el Adviento, tiempo litúrgico de preparación a la Navidad. A lo largo de un año, domingo a domingo hasta finales de noviembre del año próximo, el evangelista san Mateo nos conducirá en la reflexión. La escucha y reflexión de la Palabra de Dios, que tiene su culmen en el texto del Evangelio, nos preparan para recibir el sacramento de la Comunión. La Comunión es el momento principal de esta celebración dominical.

Con la aclamación antes del Evangelio, que siempre nos dispone para recibir y saludar al Señor Jesús, que va a hablar, dijimos: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación (Sal 84, 8). Esta frase, tomada del Salmo 84, nos ayuda a ponernos en las manos de Dios al inicio del Adviento; con ella le expresamos la necesidad que tenemos de experimentar su misericordia y le mostramos que tenemos confianza en alcanzar su salvación.

El Adviento es tiempo de espera y de esperanza. Esperamos a Jesús, tanto en la Navidad como en su segunda venida, y tenemos la esperanza de que, cuando llegue, no estemos desprevenidos. Es más, esta es la advertencia que Jesús mismo hace a sus discípulos y discípulas. Él va a venir, aunque no sabemos cuándo ni a qué hora; lo que sí pide es que estemos preparados como Noé, como un padre de familia vigilante, como un hombre y una mujer que trabajan.

Es curioso que dos hombres están trabajando en el campo y sólo uno es llevado; al otro lo dejan. Igualmente sucede con dos mujeres: las dos están moliendo trigo y a una se la llevan y a la otra no. Si los dos hombres y las dos mujeres están trabajando, si están haciendo lo mismo, ¿por qué solamente a uno se lo llevan y al otro lo desprecian? La razón está en la preparación: aunque hacían el mismo trabajo, no estaban preparados los dos; solamente uno y una.

Esto nos dice que no nos tenemos que confiar, ni porque estamos bautizados y quizá tenemos todos los sacramentos ni porque venimos a la Misa todos los domingos ni porque tenemos, como en caso de los presbíteros o agentes de pastoral laicos, un ministerio. Puede ser que estando en nuestra vida y realizando nuestros trabajos ordinarios, no seamos llevados por el Señor; puede ser que realizando los compromisos ministeriales, el Señor nos deje.

Por eso es bueno y necesario pedirle a Dios que nos muestre su misericordia. Esta petición tiene que ir acompañada con los esfuerzos de preparación, es decir, con una vida recta, de entrega, de testimonio. San Pablo, en la segunda lectura que se proclamó, da unas orientaciones que nos ayudan estar preparados: Comportémonos honestamente. […]. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujurias ni desenfrenos, nada de pleitos ni envidias (Rm 13, 13).

La preparación continua –porque tiene que ser permanente a lo largo de nuestra vida– la podemos realizar con la conciencia de estar llamados a la salvación. La salvación es un don de Dios. En su Hijo Jesús nos la da. Pero Jesús no hace lo que nos toca hacer a nosotros. Él, además de cumplir su misión, solamente nos pide estar preparados, estar vigilando, estar prevenidos. La responsabilidad está en nuestras manos y se nos recuerda hoy, al iniciar el Adviento.

Dispongámonos, pues, a recibir la Comunión sacramental para fortalecer el compromiso de seguir preparándonos para la venida de Jesús, sea la de Navidad o sea, sobre todo, la final, que personalmente sucederá el día de nuestra muerte. Pongámonos en manos de Dios para pedirle que sea misericordioso con nosotros. Al comulgar expresemos que tenemos la esperanza firme de alcanzar la salvación. Iniciemos con ánimo este año litúrgico y la vivencia del Adviento.

1º de diciembre de 2013

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