Homilía para el 17º domingo ordinario 2016

Pedir el espíritu de misericordia

Ord17 C 16

Nos hemos reunido para elevar a Dios nuestra oración de acción de gracias por la Resurrección de Jesús, su Hijo. En este domingo, Jesús nos instruye sobre el modo de orar al Padre, así como hizo con sus discípulos cuando le pidieron que los enseñara a orar. Quizá podemos comenzar preguntándonos qué lugar ocupa la oración en nuestra vida. ¿Qué tanto tiempo le dedicamos? Esto y las luces del Evangelio nos ayudarán a prepararnos para recibir a Jesús en la Comunión.

Pedir el espíritu de misericordia

Textos: Gn 18, 20-32; Col 2, 12-14; Lc 11, 1-13.

Ord17 C 16

Nos hemos reunido para elevar a Dios nuestra oración de acción de gracias por la Resurrección de Jesús, su Hijo. En este domingo, Jesús nos instruye sobre el modo de orar al Padre, así como hizo con sus discípulos cuando le pidieron que los enseñara a orar. Quizá podemos comenzar preguntándonos qué lugar ocupa la oración en nuestra vida. ¿Qué tanto tiempo le dedicamos? Esto y las luces del Evangelio nos ayudarán a prepararnos para recibir a Jesús en la Comunión.

Lo que hizo Jesús con sus discípulos fue compartirles lo que Él ordinariamente hacía en sus momentos de encuentro con el Padre, porque eso es la oración: un encuentro con Dios. Por una parte, es necesario dedicar tiempos especiales en medio de la vida diaria; en esto no hay horarios, aunque a veces tenemos oportunidades de participar en un momento familiar o comunitario de oración: un rosario, un novenario, una reunión, un retiro, el momento de comer, la Misa…

Jesús dedicaba sus ratos –a veces toda la noche– para encontrarse con su Padre. Lo que nos dejó en el Padrenuestro es una síntesis de lo que debemos decirle a Dios. Esta oración la aprendemos desde niños y la rezamos todos los días, incluso varias veces al día. Pero no se trata de decirla de memoria, mecánicamente, sino de traducirla a la vida. Lo que allí está expresado es el modo de vivir de los hijos de Dios; es el modo como Jesús vivía, es decir, siendo misericordioso.

Ya había dicho que el Padre, primer modo de invocar a Dios, es misericordioso y nos invitaba a ser como Él. Si el Padre es misericordioso, así deben –debemos– ser sus hijos. Así fue Jesús, su Hijo. Con sus palabras y su vida se convirtió en el rostro misericordioso de Dios. Vivir de esta manera equivale a santificar su nombre. El nombre de Dios se santifica cuando sus hijos e hijas somos misericordiosos, o sea, cuando vivimos como hermanos, nos ayudamos, perdonamos.

Este modo de vivir manifiesta el reinado de Dios. Allí donde hay fraternidad, justicia, respeto, amistad, solidaridad, perdón, paz, allí reina Dios. Es decir, su Reino se hace presente donde se vive la misericordia. Uno de los signos más claros, pero más difíciles de vivir, es el perdón: pedirlo, darlo, recibirlo, sostenerlo, no volver a reclamar lo perdonado. Por eso dice Jesús que le pidamos al Padre que nos perdone así como nosotros perdonamos a quienes nos han ofendido.

Por último, es la petición de no caer en tentación. Siempre se nos van a presentar las oportunidades de ser indiferentes ante el sufrimiento de los demás, de sentirnos más que otros, de evitar la fatiga para todo, de guardar rencor, de abusar de los débiles, de romper los compromisos que tenemos por el estilo de vida a que hemos sido llamados, de que los demás nos sirvan, y muchas otras más. No le pedimos la ausencia de tentaciones sino que no caigamos en ellas.

Esto es lo que Jesús indicó a sus discípulos sobre lo que hay que decirle a Dios en la oración. ¿Se parece nuestra oración a esto que Jesús dice? Además señaló que nuestra oración debe ser insistente, confiada, de búsqueda. Un ejemplo lo encontramos en Abraham, quien con confianza, humildad, constancia, suplicaba a Dios que fuera misericordioso con los habitantes de Sodoma y Gomorra. El mayor ejemplo lo encontramos en el mismo Jesús que oró hasta la cruz.

Siguiendo las indicaciones de Jesús, pidamos a Dios su Espíritu. Es quien guía, conduce, sostiene, en la vida de hijos de Dios. Pidamos a Dios que nuestra oración sea insistente, confiada, humilde, para recibir aquello que necesitamos para caminar en la vida como hermanos. Pidamos un espíritu misericordioso para cumplir lo que rezamos en el Padrenuestro. Que nuestro encuentro sacramental con Jesús nos impulse a mostrar como Él lo misericordioso que es Dios.

24 de julio de 2016

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