Homilía para el 17º domingo ordinario 2014

Tesoro

Ord17 A 14

El texto del Evangelio nos ofrece tres parábolas más que Jesús utilizó para darnos a conocer el Reino de Dios. Hace ocho días escuchamos las del trigo y la cizaña, la semilla de mostaza y la levadura. Con las de hoy lo compara con un tesoro, una perla y una red. La reflexión del Evangelio, que es un tesoro para nosotros porque ilumina la vida de las comunidades de discípulos de Jesús, nos prepara para recibir la Comunión, otro tesoro que nos fortalece para la misión.

El tesoro del Reino

Textos: 1 Re 3, 5-13; Rm 8, 28-30; Mt 13, 44-52.

Ord17 A 14

El texto del Evangelio nos ofrece tres parábolas más que Jesús utilizó para darnos a conocer el Reino de Dios. Hace ocho días escuchamos las del trigo y la cizaña, la semilla de mostaza y la levadura. Con las de hoy lo compara con un tesoro, una perla y una red. La reflexión del Evangelio, que es un tesoro para nosotros porque ilumina la vida de las comunidades de discípulos de Jesús, nos prepara para recibir la Comunión, otro tesoro que nos fortalece para la misión.

Jesús dice que Reino de los cielos es como un tesoro escondido en un campo que una persona descubre o como una perla de mucho valor que se encuentra un comerciante en perlas finas. Ambos se alegran y buscan el modo de adquirirlos. Para hacerse de estas riquezas, según la explicación de Jesús, esas personas van y venden todo lo que tienen y las compran. El Reino es un tesoro de muchísimo valor que hay que descubrir, alegrarse y buscar la manera de poseerlo.

El Reino de Dios es un estilo de vida basado en la propuesta de Jesús: una vida en el amor, la justicia, la solidaridad, el servicio, el perdón, la paz. Este modo de vivir es una riqueza para quien la descubre. El problema para nosotros es que muy pocas personas han caído en la cuenta de lo grande que es ese estilo de vida. Quienes lo han encontrado y se han metido en él, para la sociedad aparecen como gentes raras, puesto que viven a contracorriente.

Para caer en la cuenta de lo importante que es para nosotros el Reino de Dios podemos preguntarnos si estamos viviendo en el amor, si somos justos y luchamos por la justicia, si somos solidarios y promovemos la solidaridad entre pobres y para los pobres, si vivimos el servicio como estilo de vida y promovemos los servicios en la comunidad, si sabemos perdonar y si animamos a otras personas a hacer lo mismo, si colaboramos a la construcción de la paz.

Todo eso nos enseña Jesús en relación al Reino. Además Él mismo lo vivió. Jesús amó hasta morir por todos, denunció situaciones de injusticia y abrió el camino para vivir en la justicia, fue solidario con los pobres, enfermos, pecadores, mujeres, excluidos; sirvió a todos y el signo máximo de servicio fue su oblación en la cruz; perdonó a los pecadores, pero de modo especial a quienes lo crucificaron; quien se encontraba con Él experimentaba la paz.

Con Jesús llegó y se hizo presente el Reino de Dios. Entonces quienes lo descubren con toda su riqueza, buscan hacerse de Él. Aquí nos sirve preguntarnos qué tanto valor tiene Jesús para nosotros. Para responder a esta pregunta basta con caer en la cuenta de nuestra experiencia de encuentro con Él: ¿cuánto tiempo dedicamos en la semana a leer el Evangelio, ya sea personal o comunitariamente? ¿Lo recibimos en la Comunión sacramental? ¿Hacemos oración?

¿No será que nuestros intereses andan por otro lado y, por tanto, tenemos otros tesoros que nos alegran, los deseamos, hacemos todo por poseerlos y los ponemos como centro de nuestra vida? Pensemos cuánto tiempo dedicamos a hacer dinero o conseguir bienes materiales, a comprar novedades en ropa, aparatos o vehículos, a consumir alcohol o droga, a buscar cómo subir de puesto; para eso no importa si nos endrogamos, cometemos injusticias o destruimos.

Jesús nos invita a descubrir el Reino como un tesoro; este es un desafío para nosotros hoy. Nos invita a deshacernos de todo con tal de conseguirlo; esto implica asumir en serio el proceso de conversión, para quitar de nuestra mente y corazón todo aquello que nos impide abrirnos a Jesús y su propuesta del Reino. Como Salomón, pidamos al Señor la capacidad de valorar la grandeza de su Reino, buscar lo que nos ayuda a entrar en Él y conseguir saborearlo.

27 de julio de 2014

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