Homilía para el 17º domingo ordinario 2013

Orar para ir a la misión

Textos: Gn 18, 20-32; Col 2, 12-14; Lc 11, 1-13.

Ordinario 17 C 001

San Lucas nos presenta a Jesús haciendo oración. Esta fue una de las características de Jesús en el desempeño de su misión. En los Evangelios frecuentemente aparece orando al Padre. Lo hacía de tal manera que sus discípulos no se aguantaron y le pidieron que los enseñara a orar. Jesús inmediatamente les dijo lo que tenían que decir a Dios y cómo debía ser su manera de orar, para identificarse con Él. Esto nos invita a reflexionar sobre nuestra experiencia de oración.

Orar para ir a la misión

Textos: Gn 18, 20-32; Col 2, 12-14; Lc 11, 1-13.

Ordinario 17 C 001

San Lucas nos presenta a Jesús haciendo oración. Esta fue una de las características de Jesús en el desempeño de su misión. En los Evangelios frecuentemente aparece orando al Padre. Lo hacía de tal manera que sus discípulos no se aguantaron y le pidieron que los enseñara a orar. Jesús inmediatamente les dijo lo que tenían que decir a Dios y cómo debía ser su manera de orar, para identificarse con Él. Esto nos invita a reflexionar sobre nuestra experiencia de oración.

La oración era parte del estilo de vida de Jesús: se iba noches enteras solo al cerro, se alejaba de sus discípulos mientras andaban en la predicación, ante situaciones especiales de sufrimiento de las personas, antes de tomar una decisión. ¿Para qué oraba? Simplemente para mantenerse unido a su Padre en el cumplimiento de la misión, para fortalecer su experiencia de dependencia en relación al Padre, para tomar fuerzas ante las dificultades, para decidir bien.

En Jesús no aparecía la exigencia hacia Dios, para decirle lo que le tenía que dar o hacer; no le hacía promesas a cambio de favores, no se acordaba de Dios cuando le apretaba el zapato. Más bien expresaba la confianza, la filiación, la dependencia. Oraba a Dios y vivía como Hijo, se ponía en las manos de su Padre y recibía apoyo para servir y dar vida, expresaba su confianza en Dios a pesar de las dificultades y recibía la fuerza para seguir en el anuncio del Reino.

En las palabras que transmitió a sus discípulos, que nosotros llamamos Padrenuestro, aparece este modo de relacionarse de Jesús con Dios. Lo llama Padre, santifica su nombre, le pide que su Reino sea una realidad en medio del mundo. Esto es lo que los humanos necesitamos decirle a Dios en nuestra indigencia, en nuestra dependencia de Él. Después vienen las peticiones de lo que necesitamos para vivir con dignidad: el pan, el perdón, librarnos de la tentación.

Después Jesús les hace caer en la cuenta de que la oración no tiene que realizarse de vez en cuando, sino siempre y, además, de manera insistente. Así la hacía Jesús y así nos pide que la realicemos. Dios siempre escucha, aunque a veces, ante sufrimientos, problemas, necesidades, nosotros dudamos de Él. Dios nunca nos dará cosas que nos hagan daño ni nos enviará situaciones para hacernos sufrir. Dios da siempre cosas buenas y de modo especial el Espíritu Santo.

Nosotros también tenemos la experiencia de la oración en nuestra vida. ¿Para qué oramos? Ciertamente no para cumplir un reglamento o un horario, como sucede en los seminarios o en las comunidades religiosas; eso le haría perder todo el sentido. Tampoco para decirle a Dios lo que creemos que nos debe dar, ni para exigirle cosas a cambio de promesas o mandas. Oramos –o debemos orar– para vivir como Jesús: unidos al Padre, confiados en Él y salir a la misión.

Orar para ir a la misión, dice el papa: “Así hizo Jesús con sus discípulos: no los mantuvo pegados a él como la gallina con los pollitos; los envió. No podemos quedarnos enclaustrados en la parroquia, en nuestra comunidad, en nuestra institución parroquial o en nuestra institución diocesana, cuando tantas personas están esperando el Evangelio. Salir, enviados. No es un simple abrir la puerta para que vengan, para acoger, sino salir por la puerta para buscar y encontrar”.

Que el Señor nos ayude a fortalecer nuestra experiencia de oración, de tal manera que nos parezcamos a Jesús. Oremos con la conciencia de ser hijos e hijas de Dios, de que dependemos de Él en nuestra vida, de que confiamos totalmente en su proyecto del Reino, de que necesitamos su Espíritu para ser buenos misioneros. Seamos constantes en la oración, como nos pide Jesús. Que por el encuentro Eucarístico de este domingo nos mantengamos unidos a su Padre.

28 de julio de 2013

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