Homilía para el 16º domingo ordinario 2014

Ser buenas semillas y no cizaña

Ord16 A 14

Para dar a conocer el Reino de Dios, Jesús ofrece otras tres parábolas. El domingo pasado escuchamos y reflexionamos la del sembrador. Hoy son las del trigo y la cizaña, la semilla de mostaza y la levadura. Éstas nos ayudan no sólo a comprender lo que es el Reino y su dinámica, sino también a revisar nuestra forma de ubicarnos en la vida. Jesús explica el Reino para que nos integremos a su dinámica con todo nuestro ser, como nos uniremos a Jesús por la Comunión.

Ser buenas semillas y no cizaña

Textos: Sb12, 13. 16-19; Rm 8, 26-27; Mt 13, 24-43.

Ord16 A 14

Para dar a conocer el Reino de Dios, Jesús ofrece otras tres parábolas. El domingo pasado escuchamos y reflexionamos la del sembrador. Hoy son las del trigo y la cizaña, la semilla de mostaza y la levadura. Éstas nos ayudan no sólo a comprender lo que es el Reino y su dinámica, sino también a revisar nuestra forma de ubicarnos en la vida. Jesús explica el Reino para que nos integremos a su dinámica con todo nuestro ser, como nos uniremos a Jesús por la Comunión.

Dios nos creó buenos, con capacidad de vivir y expandir la bondad. Es un don que tenemos que cultivar para colaborar en el anuncio y la presencia del Reino de Dios. No olvidemos que estamos bautizados y que, por lo mismo, tenemos el compromiso de vivir como Jesús. Podemos recibir la semilla buena y, además, ser buena semilla; pero también en nosotros se puede cultivar la cizaña, ya sea porque alguien la siembre en nuestro corazón o porque salga del nuestro.

Es interesante la dinámica que se da en la vida del Reino de Dios. El sembrador siembra buena semilla. Ése es Jesús. Él siembra el Evangelio en el corazón de sus discípulos; con Él llega la vida en potencia del Reino de Dios. El Reino consiste en vivir el amor con todas sus manifestaciones: la justicia, la solidaridad, el perdón, la misericordia, el servicio a los últimos, la vida comunitaria. Todo esto lo trae por dentro el Evangelio y, al sembrarlo, Jesús espera que nazca.

Pero, como dice Jesús al explicar la parábola, por la noche viene el enemigo –el Diablo– y siembra la cizaña en el mismo campo donde cayó el Evangelio. La semilla de cizaña también tiene vida en su interior: lleva amargura, náuseas y veneno –la semilla de la cizaña es amargosa, provoca náuseas y es venenosa–. Al caer en la tierra y tener las condiciones necesarias para germinar, revienta y comienza a crecer. Lo mismo pasa con el mal depositado en el corazón.

En la vida se da la lucha entre una semilla y otra. Aunque en nuestros días hay poca conciencia de lo que está bien y lo que está mal, lo que nos sirve y lo que nos daña, lo que favorece la vida y lo que la acaba. Y, algo más triste y preocupante, es que a mucha gente lo mismo le da. Se ha ido perdiendo el sentido del mal, del daño, de la destrucción. Pero, al crearnos, Dios nos dio la capacidad de distinguir y de optar por el bien y no por el mal. En nosotros está elegir.

Jesús dice que las personas somos semillas: la buena semilla son los ciudadanos del Reino, la semilla de cizaña son los partidarios del demonio. La buena semilla crece en la vivencia del amor y el perdón, la solidaridad y el servicio, la misión y la atención a los últimos; la cizaña crece en el resentimiento y la venganza, el individualismo y la indiferencia, el pecado y la invitación a otros a pecar. La pregunta para nosotros es qué tipo de semilla estamos siendo.

La vida del Reino crece poco a poquito. Esto quiere dar a entender Jesús con las parábolas de la semilla de mostaza y la levadura. Donde se siembra amor, aunque sea con un signo, allí está presente el Reino; cuando dos personas se perdonan, crece el Reino; cuando se atiende aunque sea a un enfermo, allí se amplía el Reino; cuando alguien sirve, hace crecer el Reino; cuando varias personas –aunque sean dos o tres–viven en comunidad, allí se ensancha el Reino.

Pidamos a Dios, por medio de su Espíritu que nos ayuda a pedir lo que nos conviene, que no dejemos de recibir la semilla del Evangelio personal y comunitariamente, que no vivamos cultivando en nuestro corazón la cizaña ni sembrándola en nuestro entorno, que seamos semillas buenas que hacen crecer la vida de su Reino en nuestra comunidad. Recibamos sacramentalmente a Jesús y dejemos que Él hinche nuestro corazón para ser buena semilla y fermento.

20 de julio de 2014

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