Homilía para el 15º domingo ordinario 2013

Encuentro religioso

Textos: Dt 30, 10-14; Col 1, 15-20; Lc 10, 25-37.

Ordinario 15 C 001

Este domingo el Señor nos recuerda en su Palabra escrita, especialmente en el Evangelio, una de las dimensiones centrales de nuestra condición cristiana: la vivencia del mandamiento del amor. Para ser católicos no basta con tener los sacramentos, es indispensable amar a quienes sufren a la orilla de la sociedad. Esto lo descubrimos en una de las parábolas más bonitas del Evangelio, la del buen samaritano, en la que Jesús nos narra un verdadero encuentro religioso.

Encuentro religioso

Textos: Dt 30, 10-14; Col 1, 15-20; Lc 10, 25-37.

Ordinario 15 C 001

Este domingo el Señor nos recuerda en su Palabra escrita, especialmente en el Evangelio, una de las dimensiones centrales de nuestra condición cristiana: la vivencia del mandamiento del amor. Para ser católicos no basta con tener los sacramentos, es indispensable amar a quienes sufren a la orilla de la sociedad. Esto lo descubrimos en una de las parábolas más bonitas del Evangelio, la del buen samaritano, en la que Jesús nos narra un verdadero encuentro religioso.

La religión consiste en vivir la relación con Dios, mantener la unión –re-ligados– con Él. Esto ha sucedido en todas las culturas de todos los tiempos. Y se ha realizado de muchas maneras: cada pueblo tiene sus ritos, sus costumbres, sus ministros, sus tiempos intensos. Así como nosotros tenemos las celebraciones, las tradiciones religiosas, los ministros ordenados o laicos, los tiempos litúrgicos fuertes, así todas las religiones tienen lo suyo para permanecer ligadas a Dios.

Para responder al doctor de la ley que le preguntó sobre quién era su prójimo, Jesús describió la situación de un hombre tirado en el camino. En tiempos de Jesús, el camino entre Jerusalén y Jericó estaba lleno de asaltantes. Era peligroso pasar por ahí, como pasa hoy en muchos lugares. Hay carreteras por las que, una vez que oscurece, ya nadie transita; en muchos pueblos, a las ocho de la noche ya todo mundo se metió a su casa. Todo por la inseguridad.

A ese hombre lo habían asaltado, herido y dejado a medio morir. Sucedió que por allí pasaron un sacerdote y un levita, dos funcionarios de la religión, dos ministros de culto judíos, por tanto gentes dedicadas al culto a Dios. Dice Jesús que yendo de camino hacia el templo, ambos vieron al herido y siguieron de largo. Se hicieron de la vista gorda, se voltearon para otro lado como si nada. Fueron a ofrecer el culto al templo, a cumplir unos ritos, ignorando al tirado.

En nuestras comunidades existen muchas personas tiradas a la orilla de la sociedad: ancianitos solos, drogadictos, alcohólicos, indígenas que buscan la vida en los invernaderos o en la caña, madres abandonadas, enfermos terminales… “En este mundo de la globalización hemos caído en la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos acostumbrado al sufrimiento del otro, no tiene que ver con nosotros, no nos importa, no nos concierne!”, dijo el papa en Lampedusa.

El papa Francisco lo expresó en relación a los migrantes muertos en el mar y nos queda: “Hoy nadie en el mundo se siente responsable de esto; hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna; hemos caído en la actitud hipócrita del sacerdote y del servidor del altar […]: vemos al hermano medio muerto al borde del camino, quizás pensamos ‘pobrecito’, y seguimos nuestro camino, no nos compete; y con eso nos quedamos tranquilos, nos sentimos en paz”.

De esta manera no se vive la religión, no se mantiene la unión con Dios porque no se atiende a los tirados, sino que se les ignora. Podemos venir a la Misa todos los domingos, pero si somos indiferentes ante los sufrientes de nuestros barrios y colonias, no somos católicos. Tenemos que aprender del samaritano. Para los judíos él era un pagano, un hereje; un ateo, se diría hoy. Sin embargo, al ver al moribundo en su camino, se compadeció y lo atendió como hermano.

El samaritano no fue al templo a ofrecer el culto, a realizar unos ritos, pero vivió el amor. Al encontrarse con quien estaba tirado y ponerse a servirlo, se mantuvo unido a Dios. Fue un encuentro totalmente religioso. ¡Cuánto nos falta para vivir así, de manera personal y como comunidades! Jesús nos dice hoy que hagamos lo mismo que el samaritano. Al recibirlo sacramentalmente, renovemos el compromiso religioso de vivir el amor a los pobres y sufrientes.

14 de julio de 2013

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