Homilía para el 15 de agosto de 2021 (La Asunción de la Virgen María)

Este domingo celebramos la fiesta de la Asunción de la Virgen María. Con la Eucaristía damos gracias a Dios porque ella, después de vivir como servidora de Él y de los demás, fue llevada en cuerpo y alma a la Casa grande.

Servidora del Señor y de los demás

Textos: Ap 11,19; 12,1-6.10; 1Cor 15,20-27; Lc 1,39-56

Este domingo celebramos la fiesta de la Asunción de la Virgen María. Con la Eucaristía damos gracias a Dios porque ella, después de vivir como servidora de Él y de los demás, fue llevada en cuerpo y alma a la Casa grande. Esto fue un don de Dios para María, no sólo por haber sido la mamá del Mesías, sino sobre todo porque vivió el servicio a plenitud, lo que indica que la santidad consiste en realizar la misión en lo ordinario de la vida.

Ante la noticia de que Dios la había elegido para ser la madre del Salvador, le acababa de decir al ángel Gabriel que era la servidora del Señor. Cuando supo de la situación de su prima Isabel, que era anciana y, además, estaba embarazada por primera vez, inmediatamente —presurosa, dice el texto— se fue a ayudarle los tres últimos meses de su embarazo y el nacimiento de su niño. Estaba al servicio de Dios y fue a servir a la anciana necesitada.

Además de ir a servirla, llevó la alegría a casa de Isabel y Zacarías, porque llevaba en su vientre al Hijo de Dios. Nos dice san Lucas que el niño que estaba esperando Isabel saltó en su vientre. Su pariente la felicitó porque había escuchado el mensaje de Dios, le había creído y se había puesto a su servicio. Esto nos ayuda a caer en la cuenta de que, si recibimos la Palabra de Dios y la aceptamos, la tenemos que comunicar a los demás; y si recibimos a Jesús en la Comunión, debemos despertar en ellos la alegría, pues lo llevamos con nosotros. Somos instrumentos suyos y tenemos que hacer que los demás lo reciban.

La reacción de María a la felicitación de Isabel fue elevar a Dios su oración agradecida, no por haber sido felicitada sino porque con ella y con los pobres estaba realizando su proyecto de salvación a favor de la humanidad. Primero le expresó su alegría porque se fijó en ella, su humilde sierva, para encomendarle la misión de engendrar, criar y educar a su Hijo. Pero, enseguida, reconoció que Dios está de parte de los pobres, a quienes exalta y colma de bienes, mientras que a los altaneros, a los potentados y a los ricos, los deja sin nada. Nosotros también le damos gracias a Dios hoy y nos comprometemos a colaborar desde nuestra comunidad parroquial, como pobres y con los pobres, en este proyecto.

Teniendo en cuenta que estamos en el Año jubilar de preparación para celebrar los 50 años de nuestra Diócesis, y que es un tiempo de conversión pastoral, podemos aprovechar el ejemplo que nos da María. Como bautizados, personal y comunitariamente, necesitamos abrirnos cada vez más a la Palabra de Dios para ponerla en práctica; cultivar en nuestras familias y barrios el servicio a Dios y a los demás, especialmente a los pobres, para ser una Iglesia servidora; vivir con la alegría que provoca el encuentro con Jesús y transmitirla a la comunidad y a la sociedad, sobre todo a los alejados, los sufrientes y los desechados.

La fiesta de la Asunción de la Virgen nos motiva a dar gracias a Dios porque María vivió el servicio en lo ordinario de la vida y allí se fue haciendo santa; le agradecemos que se la llevó en cuerpo y alma al Cielo al final de su vida terrena, como plenitud de una vida entregada a Dios en el servicio a los demás. Dispongámonos a recibir al Hijo de Dios en la Comunión para llevarlo a los demás, como María, a través de nuestro servicio.

15 de agosto de 2021

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