El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 14° domingo ordinario 2018

Fuimos ungidos profetas

Textos: Ez 2, 2-5; 2 Cor 12, 7-10; Mc 6, 1-6

Ordinario14 B 18

Este domingo la Palabra de Dios nos recuerda una de las dimensiones de nuestra vida como bautizados, la de profetas. En el Bautismo fuimos ungidos y consagrados profetas, sacerdotes y reyes. Hoy agradecemos a Dios esta condición de profetas, al igual que Ezequiel y Jesús, y nos alimentamos de la Comunión sacramental para nutrirnos y realizarla con responsabilidad.

La misión del profeta consiste en hablar palabras de Dios. Para eso, tiene que estar lleno de Dios, de quien debe dar testimonio. No trasmite sus propios pensamientos o proyectos sino los de Dios. Su tarea es anunciar las palabras que le comunica quien lo envía, denunciar situaciones que están en contra del proyecto de vida de Dios, llamar al pueblo a la conversión. Esto tiene que realizar, aunque el pueblo no lo escuche ni le haga caso, como sucedió con Ezequiel y con Jesús.

Ezequiel fue enviado por Dios a los israelitas, el pueblo que había elegido como suyo. Aunque es su pueblo, Dios sabe que los israelitas se hicieron rebeldes, se sublevaron contra Él, sus padres lo traicionaron, sus hijos eran duros de cabeza y tercos. Dios le anuncia al profeta que quizá no le hagan caso, pero él debe realizar su misión aunque lo ignoren, lo rechacen o lo desprecien.

Lo mismo le pasó a Jesús, quien se identificó con los profetas por su misión y por la nula respuesta de sus paisanos, como escuchamos en el texto del evangelio. Se puso a enseñar en la sinagoga y la gente se quedó asombrada por las cosas que sabía, por su sabiduría y por el poder de hacer milagros. Reconocieron su sabiduría, pero no aceptaron sus enseñanzas. La razón estuvo en que era un carpintero, el hijo de María una mujer del pueblo, el hermano de Santiago, José, Judas, Simón y varias hermanas. Sabían que no había ido a la escuela, que no se había formado a los pies de algún escriba, que no era especialista en la Escritura. ¿Cómo podía saber y hacer tanto?

Allí fue donde Jesús se identificó con los profetas. Dijo que a un profeta se le recibe y se le hace caso en cualquier lugar, menos en su propia tierra, entre sus paisanos, familiares y conocidos. Así le anunció Dios a Ezequiel que le podría pasar. Es más fácil que a quien anuncia la Palabra se le haga caso en otro lado o se le escuche si tiene algún estudio o se ha especializado en la Biblia. Nuestros agentes de pastoral han experimentado el rechazo o las habladas por ser vecinos del barrio, por ser uno como los demás, por no tener mucho estudio –algunos ni siquiera terminaron la primaria–, por no saber leer o no poder expresarse.

Sin embargo, Jesús no se desanimó por eso y siguió adelante con la misión que Dios le encomendó. Sabía de lo que habían pasado muchos profetas antes que Él. Si en Nazaret no le hicieron caso, en otras partes sí; por eso se fue a enseñar la Palabra a otros pueblos. De todos modos curó a algunos enfermos. Esta reacción de Jesús sirve de ánimo para los agentes de pastoral de nuestras comunidades, que han sufrido el desprecio, el rechazo, las habladas. La misión la tenemos todos los bautizados, puesto que fuimos ungidos profetas, y estamos facultados para anunciar la Palabra de Dios. Entonces hay que seguirla realizando, seamos escuchados o no. Jesús nos anima.

Hoy nos alimentaremos de este mismo Jesús de manera sacramental. Con la fuerza que da este alimento podemos ir a realizar la misión de anunciar y hacer presente el Reino de Dios en nuestra comunidad y en la sociedad. Hay que ir a la misión como Jesús: llenos de Dios y con la conciencia de que podemos ser rechazados, cuestionados por nuestro origen o condición social, despreciados por ser uno del pueblo. No debemos dejar de realizar el servicio en la comunidad como profetas.

8 de julio de 2018

Esta entrada fue publicada el 08 de julio de 2018 a las 10:13 am en la categoría El Puente, Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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