Homilía del domingo de Pascua 2011

Fueron a ver el sepulcro (Mt 28, 1). Esto hicieron María Magdalena y la otra María al amanecer del domingo. No se imaginaban lo que contemplarían. Ciertamente miraron el sepulcro, pero abierto. También al ángel, sentado sobre la piedra que estuvo tapando la entrada al sepulcro. Pero lo más importante fue ver a Jesús. Ya el ángel les había dado la noticia de que estaba resucitado y las había enviado a dar la noticia a los demás. Y Jesús les salió al encuentro (v. 9).

Fueron a ver el sepulcro

Textos: Hch 10, 34. 37-43; Col 3, 1-4; Mt 28, 1-10; Jn 20, 1-9; Lc 24, 13-35.

«No teman. Ya sé que buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí; ha resucitado, como lo había dicho» (Mt 28, 5-6)

Fueron a ver el sepulcro (Mt 28, 1). Esto hicieron María Magdalena y la otra María al amanecer del domingo. No se imaginaban lo que contemplarían. Ciertamente miraron el sepulcro, pero abierto. También al ángel, sentado sobre la piedra que estuvo tapando la entrada al sepulcro. Pero lo más importante fue ver a Jesús. Ya el ángel les había dado la noticia de que estaba resucitado y las había enviado a dar la noticia a los demás. Y Jesús les salió al encuentro (v. 9).

Las mujeres iban a ver a un muerto y éste se les presentó con una vida nueva. A partir de aquí cambió todo, tanto para ellas como para el resto de sus discípulos. La gran noticia de su resurrección comenzó a circular como reguero de pólvora. Las dos fueron las primeras en escuchar la noticia, fueron las primeras testigos del Resucitado, fueron las primeras de entre los discípulos en comunicar su resurrección. Para esto tuvieron que acercarse al Señor y abrazarlo.

Abrazarlo es mucho más que envolverlo con los brazos. Es asumir su propia causa, su destino, su final: abrazarlo es seguirlo en su servicio, en su camino hacia la cruz, en su muerte y, sobre todo, en su resurrección. Así como Jesús había abrazado la cruz –a propósito del novenario a la Santa Cruz que hoy inicia–, así ellas abrazaron su causa. Y no solamente para estar contentas, con alegría por su vida nueva, sino para ir como mensajeras a dar testimonio.

El ángel les había dicho de ir a comunicar la noticia a los demás y a prepararlos para encontrarse con Jesús: “vayan de prisa a decir a sus discípulos: ‘Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de ustedes a Galilea; allá lo verán’” (v. 7). El mismo Jesús las envía después de este primer encuentro con Él, al amanecer del domingo: “Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán” (v. 10). Ellas son constituidas en misioneras y enviadas a la misión.

Las dos Marías vieron a Jesús, lo abrazaron y comenzaron a dar testimonio de Él. Así hicieron los demás discípulos, una vez que se encontraron con Jesús, lo escucharon y lo tocaron. Como escuchamos de Pedro: “nosotros, que hemos comido y bebido con él después de que resucitó de entre los muertos. Él nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos” (Hch 10, 41-42). Lo mismo pasó con los discípulos de Emaús.

Hoy nos encontramos con Cristo resucitado en la Eucaristía. Aquí se deja tocar, abrazar, comer, pues no está muerto sino vivo. Aquí nos habla como a las mujeres, como a Pedro y los demás hermanos, como los dos discípulos de Emaús. Aquí en esta celebración le confesamos nuestra fe en Él. Aquí nos da su Cuerpo y su Sangre como alimento. Aquí nos envía nuevamente a la misión. Como nos dice un interno de la Penal en su reflexión al inicio de la Misa de hoy:

“Creer en Cristo es entrar en una dinámica de muerte y resurrección. En […] cada Eucaristía nos asociamos a la muerte de Cristo y participamos de su vida resucitada, pero no debe bastarnos solo con la celebración sacramental, pues es necesario que durante toda nuestra vida tengamos que seguir muriendo con Cristo y resucitando con Él: rechazando lo de abajo y aspirando a lo de arriba, escondiéndonos en el costado de Cristo, en su corazón y dando testimonio de Él”.

Ojalá que no nos quedemos únicamente con su muerte y sepultura, sino que lo sepamos abrazar, que asumamos su causa por el Reino. Que esta celebración del domingo más importante del año nos impulse a convencernos de su resurrección y, especialmente, de que al encontrarnos con Él resucitado somos enviados nuevamente a la misión, para dar testimonio de nuestra experiencia de Cristo, puesto que no hemos visto un sepulcro sino al Señor resucitado.

24 de abril de 2011

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