Homilía del 6º domingo de Pascua 2012

Amar

Textos: Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48; 1 Jn 4, 7-10; Jn 15, 9-17.

El texto del Evangelio que se acaba de proclamar es continuación del que escuchamos y reflexionamos el domingo pasado, el de la vid y los sarmientos. Allí Jesús nos pedía permanecer unidos a Él para dar frutos; aquí nos pide permanecer en su amor, de la misma manera en que Él permanece en el amor de su Padre. También nos dice el modo de mantenernos en su amor: cumpliendo sus mandamientos. Y su mandamiento es que nos amemos como Él nos ha amado.

Amar

Textos: Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48; 1 Jn 4, 7-10; Jn 15, 9-17.

El texto del Evangelio que se acaba de proclamar es continuación del que escuchamos y reflexionamos el domingo pasado, el de la vid y los sarmientos. Allí Jesús nos pedía permanecer unidos a Él para dar frutos; aquí nos pide permanecer en su amor, de la misma manera en que Él permanece en el amor de su Padre. También nos dice el modo de mantenernos en su amor: cumpliendo sus mandamientos. Y su mandamiento es que nos amemos como Él nos ha amado.

La vida cristiana consiste en amar. No hay más. Amar es darse para que los demás sean felices. Para esto no se ocupa dinero ni bienes materiales ni fama; se necesita solamente la propia persona puesta al servicio de los demás. Eso fue precisamente lo que hizo Jesús. No tenía dinero ni bienes materiales ni fama; simplemente puso su persona al servicio de las otras personas, especialmente de aquellas que estaban excluidas de la vida de la sociedad de su tiempo.

Jesús escuchaba las súplicas de los enfermos, atendía las necesidades de las gentes que andaban como ovejas sin pastor, consolaba a las viudas que iban a sepultar a su hijo único, curaba a los ciegos, sordos, mudos, leprosos, etc., perdonaba a los pecadores, hacía que unos pocos panes ajustaran para cuatro o cinco mil gentes. Ese era el modo de cumplir los mandamientos de su Padre y, por tanto, de permanecer en su amor. Pero faltaba el signo más grande de amor.

Dice Jesús que “nadie tiene amor más grande a sus amigos, que el que da la vida por ellos” (Jn 15, 13). El amor de Jesús a su Padre, el amor de Jesús por sus discípulos y por la humanidad, es tan grande que es capaz de dar su vida por nosotros. Su muerte en la cruz es la manifestación más grande de la permanencia en el amor del Padre. Y nos pide que amemos como Él para permanecer en su amor, para vivir como amigos suyos, para experimentar la alegría.

Entonces, ¿qué nos toca hacer, puesto que nos reconocemos cristianos, católicos, discípulos de Jesús, amigos suyos? Escuchar a los enfermos en sus situaciones, atender las necesidades de los pobres, consolar a los familiares de los difuntos y a las víctimas de la violencia, compartir nuestro pan, luchar por la justicia y la paz, perdonar a quienes nos ofenden. Esto es lo equivalente a cumplir el mandamiento de Jesús de permanecer en su amor. Esto nos dará la alegría.

Siempre se ocupa amar. Hoy, para nosotros, con mayor exigencia, puesto que somos los discípulos y amigos de Jesús de este inicio del siglo XXI. Y con mayor razón porque vivimos en un ambiente de mucha violencia, injusticias, sufrimiento de los excluidos, migrantes, indígenas, campesinos, madres solteras, etc.; porque nos encontramos sumidos en un ambiente de mucho alcohol, droga, venganzas, sexo, tranzas, amenazas. A nosotros Jesús nos pide vivir amando.

San Juan, en la primera lectura que escuchamos, nos da la razón de la vida en el amor. Él la aprendió de Jesús y la transmitió. Dice que el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (1 Jn 4, 7). Amar es signo de conocimiento de Dios. Jesús amaba porque conocía a su Padre. Nosotros conocemos a Dios por medio de Jesús –se supone– y por eso estamos obligados a amar. Si no amamos, aunque estemos bautizados, es porque no conocemos a Dios, ya que Él es amor.

Al encontrarnos con Jesús en la Eucaristía, signo máximo de su amor por nosotros, renovemos nuestro compromiso de vivir amando. Que no sólo nos reconozcamos católicos, o nos llamemos amigos de Jesús, sino que vivamos como tales. Que demos testimonio de amor y que esto nos lleve a descubrir y gozar la felicidad, la alegría de Jesús. Que vivamos como amigos de Jesús haciendo lo que Él nos manda, es decir, que nos amemos los unos a los otros.

13 de mayo de 2012

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