Homilía del 5º domingo de Pascua 2012

Permanecer unidos a Jesús

Textos: Hch 9, 26-31; 1 Jn 3, 18-24; Jn 15, 1-8.

Jesús nos manda que permanezcamos unidos a Él para dar fruto. Para ayudarnos a comprender mejor esto, nos pone el ejemplo de la vid y los sarmientos, o sea, de la relación existente entre el tronco y las ramas. Permanecer unidos, vivir unidos, lograr la unidad es mucho más que estar junto con la otra o las otras personas. Significa entrar en comunión de corazón, asumir y sostener proyectos comunes, compartir la vida. Eso es lo que nos pide Jesús en relación a Él.

Permanecer unidos a Jesús

Textos: Hch 9, 26-31; 1 Jn 3, 18-24; Jn 15, 1-8.

Jesús nos manda que permanezcamos unidos a Él para dar fruto. Para ayudarnos a comprender mejor esto, nos pone el ejemplo de la vid y los sarmientos, o sea, de la relación existente entre el tronco y las ramas. Permanecer unidos, vivir unidos, lograr la unidad es mucho más que estar junto con la otra o las otras personas. Significa entrar en comunión de corazón, asumir y sostener proyectos comunes, compartir la vida. Eso es lo que nos pide Jesús en relación a Él.

En la comparación de la vid, Jesús es el tronco y cada uno de los miembros de la Iglesia somos una rama. Las ramas nacen del tronco, poco a poco van creciendo y fortaleciéndose, echan hojas, dan flores y, finalmente, dejan aparecer, crecer y madurar los frutos. Esta es la dinámica de vida de los discípulos y discípulas de Jesús. Mientras la rama está unida al tronco se mantiene viva, porque se alimenta de la savia; si llega a separarse, se comienza a secar y no da fruto.

Esto nos tiene que ayudar a hacer una buena revisión de nuestra vida. Ciertamente en el Bautismo brotamos de Jesús. Pero, ¿qué ha sucedido a lo largo de nuestra vida? ¿Permanecemos unidos a Jesús o ya nos separamos de Él? Porque nos pide permanecer unidos. Una rama que está unida al tronco y luego es arrancada de él, ya no puede volverse a pegar. La unión tiene que ser permanente, no de ratos. De otro modo los frutos nunca aparecerán.

Mientras las ramas se mantienen unidas al tronco están recibiendo la savia y se mantienen con vida y creciendo. La savia que sostiene a Jesús es el amor; es la savia que tiene que correr por dentro de sus discípulos. San Juan, en su primera Carta, nos pide que amemos de verdad y con las obras (3, 18). Jesús sirvió, perdonó, tendió la mano a los excluidos, hizo que el pan ajustara para todos, se quedó en el pan y el vino, dio su vida en la cruz. Todo por amor.

Quien recibe la savia que sostuvo a Jesús en su servicio, hace lo mismo: sirve, perdona, tolera, tiende la mano a los pobres, comparte su pan, se da para los demás. Por eso nos pide Jesús que permanezcamos unidos a Él. En cambio, quien se separa de Jesús deja de recibir la savia del amor y, por lo mismo, deja de amar: no sirve, se venga, alimenta la violencia, acapara, ignora al pobre y sus necesidades, se aprovecha de los otros, no da su vida por los demás.

En nuestros días gran parte de los bautizados están haciendo su vida desprendidos de Jesús. Se recibe el Bautismo, pero al poco tiempo se deja el encuentro con Jesús. Y eso casi a nadie le causa crisis, a pesar de ser un compromiso vital. Por eso hay tanta violencia, injusticias, desigualdades, exclusión, abandono de los enfermos y ancianos. No estamos produciendo los frutos que Dios espera de sus hijos e hijas; no estamos colaborando a que el Padre sea glorificado.

Esto está sucediendo principalmente porque los papás se desentienden de la relación con Jesús, tanto la de ellos como la de sus hijos. Se piensa que basta con llevarlos a los sacramentos y ya. De esta manera sucede lo que con la rama que se arranca y luego se quiere pegar de nuevo al tronco. Sí es necesario darles testimonio de amor a los hijos, ayudarlos a encontrarse con Jesús en los evangelios, la oración, la Eucaristía, para que asuman su proyecto de amor.

Que nuestra participación en la Eucaristía de este domingo de Pascua nos ayude a mantenernos unidos a Jesús. Dejemos que su Palabra corra por nuestra mente y nuestro corazón; permitamos que su Cuerpo y Sangre se hagan parte de nuestra persona. Oremos para que el amor se convierta en la savia que corre por los bautizados, por nuestras comunidades, por nuestra sociedad, de manera que lleguemos a producir frutos de hermandad, justicia y paz.

6 de mayo de 2012

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