Homilía del 5º domingo de Pascua 2011

“No pierdan la paz”

Textos: Hch 6, 1-7; 1Pe 2, 4-9; Jn 14, 1-12.

“No pierdan la paz” (Jn 14, 1). Estas palabras que Jesús dijo a sus discípulos durante la Última Cena, son también para nosotros. A ellos se las decía antes de su partida al Padre, con quien se identificó plenamente; a nosotros nos las dice ante la situación de violencia creciente que vivimos en nuestro ambiente, desde las familias hasta el nivel nacional y mundial. La Palabra de Dios nos invita hoy a acercarnos a Jesús, a escucharlo, creer en Él y tomarlo como camino.

“No pierdan la paz”

Textos: Hch 6, 1-7; 1Pe 2, 4-9; Jn 14, 1-12.

“No pierdan la paz” (Jn 14, 1). Estas palabras que Jesús dijo a sus discípulos durante la Última Cena, son también para nosotros. A ellos se las decía antes de su partida al Padre, con quien se identificó plenamente; a nosotros nos las dice ante la situación de violencia creciente que vivimos en nuestro ambiente, desde las familias hasta el nivel nacional y mundial. La Palabra de Dios nos invita hoy a acercarnos a Jesús, a escucharlo, creer en Él y tomarlo como camino.

El proyecto de Dios es que vivamos en paz, que tengamos la paz plena, tanto aquí en la tierra como allá en su casa. Este proyecto nos lo comunica Jesús y lo sintetiza al decirnos que no perdamos la paz, que creamos en Él, que quiere que estemos donde Él esté. Él comunica la paz por lo que debemos recibirla como don y cuidarla con dedicación. Mientras vivimos, para no perderla, necesitamos creer en Jesús, caminar por donde Él caminó, conocer al Padre.

La Última Cena fue el espacio de despedida de Jesús. Allí preparó a sus discípulos para su separación. Él preveía la angustia que iban a experimentar una vez que ya no estuviera con ellos. Por eso les pidió que no perdieran la paz y les habló de la casa de su Padre, donde hay lugar suficiente para todos sus discípulos y discípulas. Pero para llegar a ella se tiene que recorrer el camino. Lo dice Jesús: “ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy” (v. 4).

Jesús va al Padre con quien se tiene la paz plena. La casa del Padre es la casa de la paz. Pero hay que recorrer el camino para llegar a ella. El camino es el mismo Jesús, por lo que dice: “nadie va al Padre si no es por mí” (v. 6). Aquí hay que escuchar al apóstol Pedro que invita: Acérquense al Señor Jesús (1Pe 2, 4). Acercándonos podremos conocerlo, escucharlo y seguirlo. Conocerlo es conocer al Padre, escucharlo es escuchar al Padre, seguirlo es ir hacia el Padre.

Esta es nuestra tarea sobre la tierra. La tenemos que realizar con la conciencia de que somos, como dice Pedro, piedras vivas que van entrando en la edificación del templo espiritual, para formar un sacerdocio santo, destinado a ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios, por medio de Jesucristo (v. 5). Los primeros cristianos lo hacían. Lo escuchamos en la primera lectura. Buscaron el modo de organizarse como comunidad para atender a las viudas.

Al poner a las viudas en el centro de su atención, la comunidad de Jerusalén manifestó su fe en Jesús muerto y resucitado. El hecho de atenderlas era signo de que se acercaban a Jesús, lo escuchaban y lo seguían. De esta manera, la comunidad se convirtió en un sacerdocio que ofreció sacrificios agradables al Padre. Así cumplían el deseo de no perder la paz: les devolvían la paz a las viudas, estaban en paz entre ellos y con Dios, hacían la casa del Padre en la tierra.

Tenemos pues un desafío muy grande: hacer realidad el proyecto de Dios. Es nuestra responsabilidad trabajar para que la paz de Dios que Jesús nos trae, esté presente por dondequiera: en nuestras familias, en las colonias y barrios, en la ciudad, en nuestro país. Para esto es necesario acercarnos a Jesús, escucharlo, creer en Él, seguirlo en su camino, realizar sus obras. De esta manera viviremos en paz y estaremos en el camino hacia la casa del Padre.

Hoy nos acercamos a Jesús, lo escuchamos en el Evangelio, confesamos nuestra fe en Él, lo recibimos sacramentalmente para seguirlo como nuestro camino y realizar sus mismas obras. Todo esto nos conduce a la paz. Ojalá que aprovechemos este encuentro dominical con el Señor para mantenernos en el proyecto de Dios. Que no perdamos la paz, sino que la llevemos en la mente, en el corazón, en nuestros proyectos; y que la transmitamos con nuestros hechos.

22 de mayo de 2011

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