Homilía del 4º domingo ordinario 2012

Autoridad

Textos: Dt 18, 15-20; 1 Cor 7, 32-35; Mc 1, 21-28.

Jesús aparece en la sinagoga enseñando. La sinagoga era el lugar en que se reunían los judíos todos los sábados. Ahí oraban a Dios y escuchaban y meditaban su Palabra, porque era el día dedicado a Yahvé. Después de leer un texto de Moisés y otro de algún profeta, alguien –y generalmente era un escriba– explicaba el texto proclamado. Esta vez era Jesús el que enseñaba… ¡Y lo hacía con autoridad y no como los escribas!, según comentaban los que lo escuchaban.

Autoridad

Textos: Dt 18, 15-20; 1 Cor 7, 32-35; Mc 1, 21-28.

Jesús aparece en la sinagoga enseñando. La sinagoga era el lugar en que se reunían los judíos todos los sábados. Ahí oraban a Dios y escuchaban y meditaban su Palabra, porque era el día dedicado a Yahvé. Después de leer un texto de Moisés y otro de algún profeta, alguien –y generalmente era un escriba– explicaba el texto proclamado. Esta vez era Jesús el que enseñaba… ¡Y lo hacía con autoridad y no como los escribas!, según comentaban los que lo escuchaban.

Lo hacía con autoridad. Esta expresión tiene mucho que decirnos a nosotros, puesto que refleja la persona de Jesús: su vida, sus comportamientos, sus opciones, su relación con los demás. Jesús hablaba con autoridad, a diferencia de los especialistas en la Escritura que, conociéndola a la perfección, lo hacían de otra manera. ¿En qué estaba la diferencia si lo que hacían en el momento de explicar el texto proclamado era lo mismo? Era el tener o no tener autoridad.

Jesús predicaba con la autoridad que le daba el Espíritu Santo, el cual había descendido sobre Él en el bautismo. Se dejaba conducir por este Espíritu en todo lo que decía y hacía. Buscaba cumplir la voluntad de Dios, que lo había reconocido como su Hijo en el Jordán. En eso estaba precisamente la autoridad de Jesús, en su coherencia: predicaba lo que hacía, ponía en práctica lo que enseñaba, y lo que decía y vivía era lo que Dios espera de todos sus hijos e hijas.

Seguramente los escribas no ponían en práctica lo que predicaban o hablaban de lo que no realizaban; su vida iba por un lado y su predicación por otro, aunque cada sábado explicaran muy bonito las Escrituras. La gente lo notaba y por eso se les acababa la autoridad de frente a quienes los escuchaban. Quiere decir que la autoridad no se tiene automáticamente en la vida por tener muchos estudios, o por tener algún puesto en la comunidad o en la sociedad.

Esto es muy común en nuestro ambiente. Se piensa que alguien tiene autoridad porque es papá o mamá, porque tiene un cargo en la economía o en la política, porque es maestro, porque es obispo, sacerdote o pastor, porque es jefe o mayordomo en una empresa o lugar de trabajo. Y generalmente se manifiesta la autoridad mandando, regañando, sacando ventajas para los intereses personales, haciendo favores, corriendo a la gente… y muchos otros signos más.

Lo que Jesús decía y hacía, y el modo como lo vivía, nos dicen que la autoridad está en dejarse conducir por el Espíritu Santo en la vida diaria. Esto nos lleva a preguntarnos si tenemos autoridad en nuestra familia, en nuestro barrio o colonia, en nuestro trabajo, en la sociedad. ¿Qué decimos? ¿Somos coherentes en nuestra vida, es decir, predicamos lo que vivimos y practicamos lo que enseñamos? ¿Y lo que hacemos y decimos es lo que Jesús nos enseña?

Era tanta la autoridad de Jesús que incluso expulsaba a los demonios, como escuchamos en el texto del Evangelio. Ni ellos se resistieron al mandato de Jesús de callarse y dejar libres a las personas en que estaban habitando. ¿Por qué? Porque hablaba con su vida, porque cumplía la voluntad de Dios, porque se dejaba conducir por el Espíritu Santo. Por eso tenía autoridad, a diferencia de los escribas que no la tenían y permitían a los demonios permanecer entre ellos.

Enseguida nos vamos a encontrar sacramentalmente con Jesús. Es el mismo que estuvo aquella vez en la sinagoga, nada más que ahora resucitado y convertido en Pan. Reconozcamos su autoridad al acercarnos a recibirlo. Reconozcamos también que comulgar nos compromete a cambiar en nuestra manera de vivir para tener autoridad en dondequiera que nos encontremos. Regresemos a nuestra casa con el compromiso de ser coherentes para parecernos a Jesús.

29 de enero de 2012

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *