Homilía del 4º domingo de Cuaresma 2012

Amor

Textos: 2 Cro 36, 14-16. 19-23; Ef 2, 4-10; Jn 3, 14-21.

Jesús le habla a Nicodemo del amor que Dios nos tiene. Le dice que es tanto, es decir, ya no hay más, es todo, que entregó hasta su Hijo, el único que tiene. Y nos lo dio con tal de que la humanidad tuviera vida eterna, o sea, que saboreáramos la propia vida de Dios. Pero para alcanzar esta vida eterna es necesario mirar a Jesús, creer en Él y vivir en la luz, en la verdad y en el bien. Es responsabilidad nuestra responder al amor de Dios viviendo en el amor.

Amor

Textos: 2 Cro 36, 14-16. 19-23; Ef 2, 4-10; Jn 3, 14-21.

Jesús le habla a Nicodemo del amor que Dios nos tiene. Le dice que es tanto, es decir, ya no hay más, es todo, que entregó hasta su Hijo, el único que tiene. Y nos lo dio con tal de que la humanidad tuviera vida eterna, o sea, que saboreáramos la propia vida de Dios. Pero para alcanzar esta vida eterna es necesario mirar a Jesús, creer en Él y vivir en la luz, en la verdad y en el bien. Es responsabilidad nuestra responder al amor de Dios viviendo en el amor.

Con Jesús, su Hijo, Dios nos dio todo. Y es que su proyecto es que nadie se condene sino que todos y todas nos salvemos. Con esto, Dios ha hecho su parte. La otra nos toca a nosotros, porque la salvación depende no solo de Dios sino también de nuestra respuesta a su proyecto. Para esto nos pide creer en su Hijo. Jesús mismo dice que quien cree en Él no va a ser condenado. Esto es lo que tenemos que hacer si es que queremos salvarnos: creer en Jesús.

Jesús, para ayudarnos a caer en la cuenta de lo que tenemos que hacer, utiliza la imagen de la serpiente de bronce en el desierto. Cuando los israelitas murmuraron contra Dios por el hambre, la sed, el cansancio, las dificultades del desierto, les llegó una plaga de serpientes, y quienes eran mordidos, morían. Ellos reconocieron su falta, acudieron a Moisés y Dios le dijo que hiciera una serpiente y la pusiera en una vara; si alguien era mordido y la veía, no moría.

Luego dice Jesús que así tenía que ser levantado Él. Se refería a la cruz. Entonces la enseñanza es que quien quiera salvarse, tiene que mirar a Jesús y creer en Él. No se trata solamente de mirarlo crucificado y ya automáticamente se alcanza la salvación; se trata de caminar con Él, servir, como Él, entregarse como Él. Esto es lo que significa creer: asumir su doctrina, su modo de vivir, sus opciones y vivir como vivió. Nos podemos preguntar qué tanto creemos en Jesús.

Quien cree en Él, camina en la luz, vive en la verdad y realiza obras buenas; lo hace así porque está volteando a ver a Jesús. Este es el camino de la salvación; este es el camino que estamos invitados a recorrer. Este es un reto para nosotros, sobre todo en medio del ambiente en que vivimos, en el que aparece cada vez más la violencia, la mentira, el abuso, la corrupción, el mal. Jesús nos invita a preferir la luz a las tinieblas, la verdad a la mentira, el bien al mal.

Esa es la invitación de Jesús; no quiere decir que nos obliga a tomar este estilo de vida. La salvación no es a fuerzas, sino algo totalmente libre. Dios ha respetado siempre las decisiones de sus hijos, aunque nos equivoquemos. Y Jesús lo remarca al señalar la causa de la condenación: optar por las tinieblas, a pesar de la luz; optar por obrar el mal, a pesar del bien; optar por la mentira, a pesar de la verdad. Optar es signo de una elección libre; y Dios nos respeta.

¿Por dónde andan nuestras opciones? ¿Creemos en Jesús? Seguramente vamos a decir que sí. Pero, ¿vivimos como Jesús? ¿Nuestra vida se parece a la de Jesús? Vamos a responder que no. Entonces si no vivimos como Jesús, quiere decir que no creemos en Él. Y si no creemos en él, caminamos en las tinieblas, nos movemos en la mentira, realizamos las obras del mal. Podemos aprovechar esta Cuaresma para convertirnos a una vida en la luz, la verdad y el bien.

Jesús, el signo máximo del amor de Dios por la humanidad, se sigue entregando. En esta celebración dominical se nos da hecho Pan. No sólo lo vemos en la cruz, no sólo lo escuchamos en el Evangelio, no sólo profesamos nuestra fe en Él; podemos saborearlo especialmente en la Comunión sacramental. Al comulgar nos comprometemos a vivir en el amor, a caminar en la luz, a optar por la verdad, a decidirnos por el bien. Dispongámonos a recibir el Pan de la vida eterna.

18 de marzo de 2012

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