Homilía del 29º domingo ordinario 2011

“¿De quién es esta imagen?”

Textos: Is 45, 1. 4-6; 1Tes 1, 1-5; Mt 22, 15-21.

“¿De quién es esta imagen?” (Mt 22, 20). Esta pregunta orienta el texto del Evangelio que acabamos de escuchar y la respuesta que Jesús da a aquellos hipócritas que le preguntan si es lícito o no pagar el tributo al César. El emperador romano se había apropiado el lugar de Dios, al grado de tener grabado en las monedas su propia imagen con la inscripción: “Tiberio César, Hijo augusto del Divino Augusto. Pontífice Máximo”. Así estaba diseñada la moneda del tributo.

“¿De quién es esta imagen?”

Textos: Is 45, 1. 4-6; 1Tes 1, 1-5; Mt 22, 15-21.

“¿De quién es esta imagen?” (Mt 22, 20). Esta pregunta orienta el texto del Evangelio que acabamos de escuchar y la respuesta que Jesús da a aquellos hipócritas que le preguntan si es lícito o no pagar el tributo al César. El emperador romano se había apropiado el lugar de Dios, al grado de tener grabado en las monedas su propia imagen con la inscripción: “Tiberio César, Hijo augusto del Divino Augusto. Pontífice Máximo”. Así estaba diseñada la moneda del tributo.

El César, como gobernante del Imperio Romano, se había adueñado de las personas y bienes del pueblo pobre de Israel, pues Judea estaba en ese tiempo bajo la jurisdicción romana. Les había impuesto unos tributos cada vez más pesados de pagar; había que pagar impuestos de todo. Si Jesús respondía que era lícito pagarlos, se desacreditaría ante el pueblo y no estaría viviendo lo que predicaba; si decía que no era lícito, lo acusarían de revoltoso contra el Imperio.

Jesús no cayó en la trampa, puesto que tenía muy claro en su mente y grabado en su corazón el mandamiento más importante de la ley: “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas tus fuerzas”. Ya le había dicho al Diablo en el desierto: “Adorarás al Señor tu Dios y a Él solo servirás”. Y es que Jesús llevaba impreso en su corazón a Dios; aquello que recuerda Isaías a Ciro: “Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay Dios” (45, 5).

Lo que el César tenía impreso era la moneda del tributo. Eso era lo suyo. Nada más. No llevaba a Dios en su corazón, mucho menos a los pobres. Estos son precisamente la pertenencia de Dios. Dios los tiene grabados en su corazón, son sus preferidos, ve por ellos, los hace entender las cosas del Reino. Si se le quiere dar culto a Dios, hay que atender a los pobres. Por eso Jesús responde: “Den […] al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21).

No se puede ni se debe equiparar al César con Dios. El lugar del gobernante no es el altar para recibir culto, honores, sacrificios, sino el del servicio al bien común de su pueblo. El pueblo no está ni debe estar al servicio del gobernante, a menos que sea para ayudarlo a ejercer bien su papel. Esto sería una dimensión fundamental en la práctica de la democracia, algo que está ausente de nuestra práctica y es un desafío para nosotros. El culto es solo a Dios.

La pregunta de Jesús sobre la imagen grabada en la moneda y la respuesta que da, nos ayudan a preguntarnos sobre la imagen que llevamos grabada en nuestro corazón y, por tanto, a qué o a quién le estamos dando culto. ¿Es Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo? ¿Lo tenemos impreso en el corazón? Si le hacemos caso a Jesús y servimos a los pobres, es signo claro de que sí; si hacemos nuestro estilo de vida y nos olvidamos del pobre, entonces no.

Puede ser, y esto cada quien lo sabe, que en el corazón esté la imagen del dinero, el alcohol, la droga, un artista, un deportista, un jefe del narco, un celular, una computadora, un carro, una marca de ropa… Si así sucede, entonces estamos en el camino de darles el culto que le debemos a Dios. Y Jesús nos recuerda que a Dios hay que darle lo que le pertenece: nuestra vida, nuestro corazón, nuestro servicio al pobre. Ese es precisamente el culto que le debemos ofrecer.

En esta Eucaristía dominical, expresión máxima del culto de la Iglesia a Dios, renovemos nuestro compromiso de hijos e hijas de Él. Tenerlo como nuestro Padre, llevarlo grabado en nuestro corazón, estar dispuestos a cumplir sus mandamientos, nos pone en el camino de dar a Dios lo que es de Dios. Alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Jesús volvamos a nuestra vida diaria, al trabajo, a la familia, a la escuela, convertidos en imágenes vivas de Dios.

16 de octubre de 2011

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