Homilía del 28º domingo ordinario 2011

“No quisieron ir. […] No hicieron caso”

Textos: Is 25, 6-10; Flp 4, 12-14. 19-20; Mt 221, 1-14.

“No quisieron ir. […] No hicieron caso” (Mt 22, 3. 5). Así describió Jesús la actitud de los invitados principales al banquete que el rey preparó para celebrar el matrimonio de su hijo. En cambio, muchos que no estaban ni siquiera invitados a esa fiesta llenaron el salón. Con esta parábola, Jesús nos describe la dinámica del Reino de Dios al que todos y todas estamos invitados a participar. Aunque para poder participar en la vida del Reino se exige una opción de vida.

“No quisieron ir. […] No hicieron caso”

Textos: Is 25, 6-10; Flp 4, 12-14. 19-20; Mt 22, 1-14.

“No quisieron ir. […] No hicieron caso” (Mt 22, 3. 5). Así describió Jesús la actitud de los invitados principales al banquete que el rey preparó para celebrar el matrimonio de su hijo. En cambio, muchos que no estaban ni siquiera invitados a esa fiesta llenaron el salón. Con esta parábola, Jesús nos describe la dinámica del Reino de Dios al que todos y todas estamos invitados a participar. Aunque para poder participar en la vida del Reino se exige una opción de vida.

En la Eucaristía, especialmente la de los domingos, anticipamos ya el banquete del Reino. Pero no nos vaya a suceder como a los judíos, que eran los principales invitados a la fiesta de bodas. Dios los llamó para ser su pueblo, los prefirió a todos los pueblos de la tierra y finalmente rechazaron la invitación a participar en la vida del Reino. No quisieron estar allí, no hicieron caso a los recordatorios de los profetas. Tenían sus propios intereses: su campo, su negocio.

Otros, sobre todo los dirigentes de los judíos, se empeñaron en levantar falsos contra los profetas, en insultarlos, amenazarlos, perseguirlos, condenarlos a muerte y matarlos. Si no quisieron ir, si no hicieron caso a la voz de los enviados de Dios para vivir en la hermandad, en la justicia, en la solidaridad con el pobre, fue porque tenían otros intereses en que ocuparse, otros dioses a los cuales servir, otros proyectos diferentes a los de la alianza entre Dios y su pueblo.

La fiesta estaba preparada, el salón arreglado, las mesas acomodadas, la comida caliente, la música lista. El rey, al ver que a sus invitados de lujo no les interesó la fiesta, tomó otra decisión: invitar a comer a todos los que se encontraban por el camino. Estos sí hicieron caso y quisieron ir, “y la sala del banquete se llenó de convidados” (v. 10), buenos y malos. Esto significa que el Reino de Dios está abierto a todos los pueblos de la tierra, no es propiedad de los judíos.

Así se cumple la promesa que Dios hizo a su pueblo a través del profeta Isaías: En aquel día, el Señor del universo preparará sobre este monte un festín con platillos suculentos para todos los pueblos” (25, 6). ¡Todos los pueblos participando en la vida del Reino! Para entrar es necesario no poner pretextos, sino aceptar la invitación y ponerse el vestido de fiesta. Esto nos ayuda a caer en la cuenta de que no nos tenemos que confiar, pues podemos quedar fuera.

El hecho de estar bautizados o incluso de tener “todos los sacramentos”, como se dice, no garantiza la entrada en el Reino; la participación en la Misa dominical, aun comulgando, tampoco. Es necesario haber aceptado en el corazón la dinámica propuesta por Jesús, no haberla rechazado o ignorado y, además, estar vestidos con la hermandad, la solidaridad, la justicia, el cuidado del medio ambiente, la paz. Se trata de participar y estar vestidos para el banquete.

Muchas personas nos han invitado a participar en la vida del Reino. El Reino para nosotros consiste en vivir en comunidad, construir la paz con justicia, atender al pobre, cuidar la creación, garantizar los derechos humanos, no colaborar a la violencia. ¿No hemos puesto pretextos para no entrar en este estilo de vida?: que tenemos mucho trabajo, que no tenemos tiempo, que eso nos es para nosotros, que no hay lucha, que tenemos cosas importantes que hacer…

La participación en el banquete de la Eucaristía es el modo privilegiado para manifestar que nos queremos mantener en la vida del Reino de Dios. Dios mismo nos prepara la mesa, como rezamos en el Salmo; Él nos ofrece un manjar sustancioso y un vino exquisito: el Cuerpo y la Sangre de su Hijo. No pongamos pretextos para no alimentarnos de Él, no ignoremos la preocupación de Dios por nosotros. Nutridos con este alimento vayamos a trabajar por el Reino.

9 de octubre de 2011

1 pensamiento sobre “Homilía del 28º domingo ordinario 2011

  1. Angelica Sainz Castillo – Que bonita parjea, y la manera en que captas su relacion es preciosa, muchas felicidades!! Espero que la boda sea tan divertida como son ellos. Saludos desde Mexico.

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