Homilía del 24º domingo ordinario 2011

“Lo soltó y hasta le perdonó la deuda”

Textos: Eclo 27, 33-28, 9; Rm 14, 7-9; Mt 18, 21-35.

“Lo soltó y hasta le perdonó la deuda” (Mt 18, 27). Con estas palabras describe Jesús a Dios, que perdona siempre y lo hace por amor. El perdón, sobre el que se nos invita a reflexionar en este domingo, es un don de Dios, es una manifestación de su gracia y, aunque poco lo tenemos en cuenta, es un compromiso de los miembros de la Iglesia. Si Dios nos perdona siempre y lo hace gratuitamente, también nosotros tenemos que perdonar siempre y también gratuitamente.

“Lo soltó y hasta le perdonó la deuda”

Textos: Eclo 27, 33-28, 9; Rm 14, 7-9; Mt 18, 21-35.

“Lo soltó y hasta le perdonó la deuda” (Mt 18, 27). Con estas palabras describe Jesús a Dios, que perdona siempre y lo hace por amor. El perdón, sobre el que se nos invita a reflexionar en este domingo, es un don de Dios, es una manifestación de su gracia y, aunque poco lo tenemos en cuenta, es un compromiso de los miembros de la Iglesia. Si Dios nos perdona siempre y lo hace gratuitamente, también nosotros tenemos que perdonar siempre y también gratuitamente.

La pregunta que Pedro le hace a Jesús sobre el número de veces que hay que perdonar al hermano, provoca que el Señor nos regale la parábola del rey misericordioso. Este rey llama a cuentas a sus servidores que están endeudados con él. Solamente nos habla del primero, que le debía muchos millones (v. 24) y no le podía pagar, ni siquiera vendiendo todos sus bienes y su familia. ¡Qué situación tan difícil para aquel servidor! Imaginémonos nosotros en esa situación.

Lo único que hace es pedirle que tenga paciencia con él, como sucede cuando alguien tiene una droga y quiere pagarla, pero no puede ni siquiera dar un abono. Es entonces cuando aparece la misericordia del rey, que: “tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda” (v. 27). Y es que ya había mandado que lo encarcelaran junto con su familia hasta que le pagara. Menos le iba a poder pagar. El rey le perdonó la deuda sin más. ¡Le perdonó!

Así es Dios con los pecadores. Eso nos deja claro Jesús. Dios perdona cuando ve que el pecador es consciente de que ha pecado, reconoce su falta y le suplica paciencia. Dios se compadece del pecador y le perdona su pecado. El perdón es un don de Dios; Él lo da gratuitamente y lo hace siempre por amor. No hay otra razón para que actúe así. Hoy le agradecemos el don del perdón. Pero también asumimos el compromiso de perdonar como Él. Eso espera de nosotros.

Una vez perdonado, aquel trabajador se topó con uno de sus compañeros que le debía poco dinero. El modo de actuar del que acababa de ser perdonado fue totalmente contrario al del rey. Su compañero le suplicaba, como poco antes había hecho él con el rey, que le tuviera paciencia puesto que le pensaba pagar. Pero, dice Jesús, “no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda” (v. 30). ¡Recién perdonado, fue incapaz de perdonar!

¿No estaremos nosotros en esta condición? ¿Cuántas veces hemos pedido y recibido el perdón de Dios? Muchas, seguramente. ¿Y cuántas veces hemos negado el perdón a otra persona… a pesar de que nos lo ha pedido? El rey se enojó cuando supo lo que había hecho aquel servidor con su compañero: “Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” (vv. 32-33).

Aquí resuena la reflexión del autor del Eclesiástico, en el texto que se proclamó en la primera lectura: El que no tiene compasión de un semejante, ¿cómo pide perdón de sus pecados? (28, 3). Y, en este contexto, escuchamos también la recomendación para los miembros del pueblo de Dios: no guardes rencor a tu prójimo. Recuerda la alianza del Altísimo y pasa por alto las ofensas (v. 7). ¡Cómo nos hace falta vivir esta dimensión: perdonar siempre y de todo corazón!

Enseguida vamos a celebrar la Eucaristía y, como preparación inmediata a la recepción de la Comunión, vamos a rezar el Padrenuestro. Ahí le diremos a Dios que nos perdone como nosotros perdonamos. Ojalá sea cierto que perdonamos a los que nos ofenden, pues Dios siempre nos perdona nuestras deudas para con Él. Que este encuentro sacramental con Jesús nos impulse a hacer del perdón una práctica ordinaria en nuestra vida, que tanta falta nos hace hoy.

11 de septiembre de 2011

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