Homilía del 2º domingo de Pascua 2012

Ver para creer

Textos: Hch 4, 32-35; 1 Jn 5, 1-6; Jn 20, 19-31.

Tomás decía a los demás discípulos y discípulas que necesitaba ver y tocar las llagas del Señor Jesús para creerles que de veras había resucitado. Por algo, pero no estaba con la comunidad cuando Jesús se encontró con ellos el día de su Resurrección. Eso que le sucedió a Tomás nos pasa continuamente a nosotros: nos salimos de la comunidad y nos cuesta creer en el Resucitado. Además, el mundo espera ver nuestra fe, es decir, nuestro testimonio cristiano, para creer.

Ver para creer

Textos: Hch 4, 32-35; 1 Jn 5, 1-6; Jn 20, 19-31.

Tomás decía a los demás discípulos y discípulas que necesitaba ver y tocar las llagas del Señor Jesús para creerles que de veras había resucitado. Por algo, pero no estaba con la comunidad cuando Jesús se encontró con ellos el día de su Resurrección. Eso que le sucedió a Tomás nos pasa continuamente a nosotros: nos salimos de la comunidad y nos cuesta creer en el Resucitado. Además, el mundo espera ver nuestra fe, es decir, nuestro testimonio cristiano, para creer.

Jesús se hizo presente entre sus discípulos y los alegró. No fueron ellos quienes lo buscaron. Más bien estaban encerrados con miedo, tristes, desalentados, aunque ya habían escuchado el testimonio de las mujeres de su Resurrección. Pero no les habían creído. Ahora es Jesús resucitado quien les ayudará a convencerse de su Resurrección. Y lo hizo con su presencia, su voz, sus heridas, sus indicaciones para la misión, con lo que se convirtieron en testigos suyos.

El Resucitado se presentó en medio de la comunidad, desanimada por el fracaso de la cruz y el silencio de la tumba. Les comunicó su paz, su misión y su fuerza, para que la comunidad las prolongara luego en la vida del mundo y manifestaran su fe en Él. Entonces se da testimonio de Cristo resucitado cuando se vive el amor, la paz, el perdón, el acercamiento a sus llagas, el poner en común los bienes. Esto lo descubrimos en los textos bíblicos que se han proclamado.

Lo primero que hizo Jesús fue comunicar la paz. Él estaba en paz porque cumplió fielmente su misión. Le dijo a Dios ya para morir: “Todo está cumplido” (Jn 19, 30). ¡Qué paz mayor puede experimentar alguien cuando ha realizado todo lo que se ha confiado! En este caso se trata de la misión encomendada por su Padre. Esa paz transmitió a sus discípulos y discípulas para que ellos la comunicaran al mundo. Para lograr la paz, la Iglesia tiene que cumplir su misión.

La misión de la Iglesia es la misma de Jesús: anunciar y hacer presente el Reino de Dios. Jesús fue enviado por el Padre y, como escuchamos, de la misma manera Él envió a sus discípulos a la misión. Una buena parte de esta misión está centrada en la vivencia del perdón. ¡Qué responsabilidad y qué desafío tan grandes tenemos!: dar testimonio del Resucitado perdonando, personalmente y como comunidad, entre los miembros de la comunidad y hacia fuera.

El perdón implica perdonar. Parece repetitivo, pero no. Es necesario tomar la decisión de perdonar, animarse a expresarla, hacer que los demás la escuchen, no volver a tocar ese punto, no recordar con odio situaciones de conflicto ya perdonadas. Jesús perdonó muchas veces; no sólo cuando lo comunicaba de parte de Dios a otras personas, sino Él personalmente en relación a los que lo persiguieron, lo negaron, lo traicionaron, lo abandonaron, lo crucificaron.

Jesús mostró sus manos y su costado heridos, primero a los discípulos reunidos el día de su Resurrección y ocho días después a Tomás. Todos y todas tuvieron que ver y tocar para creer. Una vez que lo tocaron, manifestaron su fe en Él y fueron capaces de hablar de que era cierto que había resucitado. Tomás lo expresó personalmente, pero los demás también tuvieron que decir que era su Señor y su Dios. Jesús llamó dichosos a los que creen sin haber visto ni tocado.

Hoy el Señor se hace de nuevo presente entre sus discípulos, nos comunica su paz, su perdón, se deja tocar y comer, nos fortalece con su Espíritu. Todo lo hace para que renovemos nuestra fe en Él y vayamos a la misión. El mundo necesita ver que vivimos en paz, que sabemos perdonar, amar, compartir, atender a los pobres, para creer que este es el camino, que vale la pena creer en Jesús y vivir como Iglesia. Alimentados por el Resucitado vayamos a la misión.

15 de abril de 2012

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