Homilía del 18º domingo ordinario 2011

Se compadeció de ella

Textos: Is 55, 1-3; Rm 8, 35- 37-39; Mt 14, 13-21.

Se compadeció de ella (Mt 14, 14). Con esta expresión, san Mateo nos ayuda a descubrir que Jesús es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. La gente lo buscaba y al ver a la multitud se le removieron las entrañas y reaccionó; no se quedó indiferente ni siguió en lo que estaba. Es lo que significa que se compadeció. Hizo suya la situación de aquella muchedumbre necesitada, al grado de dejar lo que hacía para atenderla, curar sus enfermos y predicarles la Buena Nueva.

Se compadeció de ella

Textos: Is 55, 1-3; Rm 8, 35. 37-39; Mt 14, 13-21.

Se compadeció de ella (Mt 14, 14). Con esta expresión, san Mateo nos ayuda a descubrir que Jesús es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. La gente lo buscaba y al ver a la multitud se le removieron las entrañas y reaccionó; no se quedó indiferente ni siguió en lo que estaba. Es lo que significa que se compadeció. Hizo suya la situación de aquella muchedumbre necesitada, al grado de dejar lo que hacía para atenderla, curar sus enfermos y predicarles la Buena Nueva.

Eso que Jesús hace con aquellas personas, lo enseña a sus discípulos y discípulas y lo convierte en Eucaristía. A nosotros nos corresponde hacer lo mismo, es decir, ver las necesidades de los pobres, de los que sufren, de los excluidos, y no ignorarlas, sino experimentar la compasión, atenderlas con nuestros recursos y convertir ese modo de actuar en Eucaristía. Es lo que significan las palabras de Jesús: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer” (v. 16).

La manera de actuar de Jesús es diferente a la de los discípulos. Ellos ven fácil despachar a la gente para que cada quien busque que comer; eso no es compadecerse sino desentenderse. Y quien quiera ser verdadero discípulo de Jesús tiene que experimentar que se le remueven las entrañas ante el sufrimiento de los demás y hacer suyo ese sufrimiento. Por eso Jesús les devuelve la responsabilidad. También, movidos por la compasión, tienen que buscar la solución.

No les queda otro camino que compartir lo poco que se tiene: cinco panes y dos pescados. Eso es todo lo que hay que hacer. Con eso basta para dar de comer a toda aquella multitud. Pero hay que dar el paso de poner al servicio de los demás lo que se tiene. Cuando el pan se comienza a acaparar, después no ajusta. Lo vemos todos los días en nuestro mundo. Por eso es que Jesús pide eso poco que hay: “Tráiganmelos” (v. 18), les dice. Así comienza el milagro.

 Una vez que se compartieron los panes y los pescados, Jesús realizó unos gestos que después quedarían para nosotros. Dice san Mateo que tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio (v. 19). Son las acciones que grabó en el corazón de los discípulos durante la Última Cena y que realizamos en cada celebración Eucarística: «tomó el pan, dándote gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos».

Como Pastor, Jesús se compadeció, atendió, curó, dio gracias a Dios, dio de comer, se dio a sí mismo. Lo que sucedió en la Última Cena y en la cruz, culminó lo que Él iba haciendo día a día. De esta manera vivió y mostró el amor de Dios por los desposeídos de la humanidad; ese amor que reconocimos en el Salmo: A ti […] sus ojos vuelven todos y tú los alimentas a su tiempo. Abres […] tus manos generosas y cuantos viven quedan satisfechos (144, 15-16).

De esta manera Jesús cumplió la promesa de Dios a su pueblo, sobre todo a favor de quienes tienen hambre y sed, promesa que nos transmite el profeta Isaías: “Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua; y los que no tengan dinero, vengan, tomen trigo y coman; tomen vino y leche sin pagar (55, 1). Dios no quiere que sus hijos sufran por el hambre o cualquier otra necesidad sino que tengan vida digna. Jesús nos enseña el camino: compartir nuestro pan.

Nosotros, que participamos en esta Eucaristía dominical, nos encontramos con el Señor que, ante las necesidades de los pobres, nos dice: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer” (Mt 14, 16). La participación en la Comunión sacramental, que es Pan el tomado con la mano, bendecido, partido y compartido, nos compromete a compadecernos, como Jesús, de los sufrimientos y angustias de nuestros hermanos y hermanas, desposeídos en la comunidad.

31 de julio de 2011

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