Homilía del 15º domingo ordinario 2011

“Cayeron en tierra buena y dieron fruto”

Textos: Is 55, 10-11; Rm 8, 18-23; Mt 13, 1-23.

“Cayeron en tierra buena y dieron fruto” (Mt 13, 8). Así se expresó Jesús de los granos que produjeron lo que el sembrador esperaba: “unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta” (Id.). Lo importante es, entonces, que la semilla que se siembra dé fruto. Esto nos habla del proyecto del Reino de Dios, que Jesús viene a traer. En esta celebración Eucarística dominical se nos da la oportunidad de revisar qué está pasando con la Palabra de Dios que hemos recibido.

“Cayeron en tierra buena y dieron fruto”

Textos: Is 55, 10-11; Rm 8, 18-23; Mt 13, 1-23.

“Cayeron en tierra buena y dieron fruto” (Mt 13, 8). Así se expresó Jesús de los granos que produjeron lo que el sembrador esperaba: “unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta” (Id.). Lo importante es, entonces, que la semilla que se siembra dé fruto. Esto nos habla del proyecto del Reino de Dios, que Jesús viene a traer. En esta celebración Eucarística dominical se nos da la oportunidad de revisar qué está pasando con la Palabra de Dios que hemos recibido.

La explicación de la parábola la da el mismo Jesús. Lo que nos toca hacer es, primero, tomar conciencia del proyecto de Dios; luego, agradecerle que muchas veces hemos recibido su Palabra; y, por último, renovar el compromiso de sembrar la Palabra de Dios en nuestras familias y comunidades. Por último, hoy tenemos la oportunidad de saborear la Comunión, es decir, a Cristo resucitado, que se nos da como Pan, un alimento elaborado con muchas semillas.

El proyecto de Dios es que su Palabra tenga resultados. Lo dice a través del profeta Isaías, con el ejemplo de la lluvia que baja del cielo, fecunda la tierra y da semilla. “Así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión” (55, 11). Dios espera que su pueblo viva en la hermandad, la justicia, la solidaridad, el amor, la paz. A eso precisamente nos ha invitado desde siempre. Quiere que seamos hermanos.

Este domingo le agradecemos a Dios que hemos sido privilegiados porque su Palabra nos ha llegado muchas veces y por muchos medios. No podemos quejarnos que nos ha hecho falta. Todo lo contrario. ¿Cuántas veces hemos escuchado o leído algún texto bíblico? Seguramente responderemos que muchas, sin poder decir un número. Pero el asunto es entonces: ¿qué está produciendo en nuestra vida personal esa Palabra sembrada en nuestro corazón? Pensemos.

La esperanza del sembrador es que, cuando llegue la cosecha, pueda recoger el fruto de su trabajo. Dios, que quiere que seamos hermanos, espera que la Palabra que nos ha dirigido –y nos sigue enviando día a día– encuentre en cada uno de nosotros un corazón fecundo que la reciba, la deje crecer y produzca sus frutos de hermandad. Dios espera que haya “semilla para sembrar y pan para comer” (v. 10), es decir, que haya amor, solidaridad, justicia y paz.

¿Cómo andamos? ¿Qué hemos hecho con su Palabra? ¿No se la estará llevando el diablo? ¿No nos emocionamos al escucharla y luego, por la desidia o la inconstancia, la olvidamos? ¿No será que nos preocupamos más por el dinero, los bienes materiales, el poder o la fama y esto nos está absorbiendo? Esto es importante que lo reconozcamos porque tenemos la encomienda de sembrar esa Palabra en la familia, la comunidad, el mundo del trabajo, la sociedad…

Si la Palabra de Dios no está produciendo los frutos que Dios y Jesús esperan de nosotros que la recibimos, ¿qué vamos a sembrar en los demás: en los hijos, en los vecinos, en los compañeros de trabajo…? Quizá un camino equivocado o piedras en las que no entra ni el agua o espinas que hieren en cuanto se les toca. Con esto estaremos formando personas a las que tal vez les digamos algo de la Palabra, pero no la dejarán dar fruto en ellos y en su comunidad.

Los textos bíblicos que se han proclamado nos invitan a reasumir nuestras responsabilidades: dar gracias a Dios por estar recibiendo su Palabra en nuestra vida; ser tierra buena que recibe la Palabra de Dios y llega a producir frutos de hermandad; sembrar esa Palabra a las personas que nos rodean: hijos, vecinos, compañeros de trabajo, amistades. Participemos ahora del Cuerpo de Cristo, que se hará presente en el Pan amasado con muchas semillas de trigo.

10 de julio de 2011

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