El Papa que continuó y aplicó el concilio

La muerte del Papa Juan XXIII el 3 de junio de 1963, día de Pentecostés, constituyó un acontecimiento que conmovió inesperadamente a una parte de la humanidad. Él había abierto un tiempo nuevo en la Iglesia, había propuesto los temas esenciales de la paz, la caridad y la unidad. Junto al dolor por la ausencia de un hombre que había realizado con entrega su papel de padre y maestro, surgía una pregunta expectante sobre la continuación o no del Concilio Vaticano II.

El breve Cónclave del 19 al 21 de junio de 1963 eligió Papa al arzobispo de Milán, cardenal Giovanni Battista Montini, que tomó el nombre de Pablo VI. El Cardenal Montini había sido miembro de la comisión central preparatoria del Concilio, había intervenido en los trabajos del primer período y, sobre todo, al conmemorar en Milán la muerte de Juan XXIII, se había comprometido a continuar su herencia afirmando: “¿Podremos abandonar nosotros un camino tan magistralmente trazado, también para el futuro, por Juan XXIII? Hay motivos para creer que no”.

La confirmación de la decisión de Pablo VI se tuvo ya en ocasión de su primer mensaje, cuando señaló: “La parte más importante del pontificado será ocupada por la continuación del Concilio Ecuménico Vaticano II, hacia el que tienen vueltos sus ojos todos los hombres de buena voluntad”. Y al inaugurar el segundo período de trabajo, el día 29 de septiembre de 1963, indicó los cuatro objetivos centrales para el Concilio: exposición de la teología de la Iglesia, su renovación interior, promoción de la unidad de los cristianos y, finalmente, diálogo con el mundo contemporáneo.

Biografía

Pero ¿quién era aquel hombre que recién llegado al Pontificado decidía continuar la ruta de su antecesor y caminar de frente al futuro con esperanza?
Giovanni Battista (Juan Bautista) Montini, futuro Pablo VI, nació el 29 de septiembre de 1897 en Concesio, cerca de Brescia, Italia. Es hijo de Giorgio Montini un destacado periodista católico, y de Giuditta Alghisi, una mujer de gran corzón. La familia y sus amigos lo llamaban Battista (Bautista). En 1903, a los seis años de edad comenzó a asistir a la escuela de los Jesuitas “Cesare Arici”, en Brescia. Su hogar era un espacio más importante aún que la escuela al que el mismo llamaba “el nido”, donde el ambiente era amistoso y hospitalario. La disciplina de la familia era rigurosa pero no dura; se aplicaban pocos castigos pero estos eran irrevocables.

Un episodio especialmente grato en la infancia de Battista fue su primera visita a Roma en compañía de su familia para hacer su primera Comunión que la celebró el 6 de junio de 1907. El 30 de noviembre de 1914, a los diecisiete años de edad, manifestó por primera vez su deseo de ser sacerdote, lo hizo en el momento en que se desataba en otro lugar la Primera Guerra Mundial, pero que pronto llegaría a Italia. La inquietud vocacional de Battista corría el peligro de verse sepultada por el llamado a la guerra, mismo que fue descartado por su frágil salud. En este período es cercano al nuevo párroco de Concesio, Don Francesco Galloni en quien descubre a un sacerdote joven entusiasta culto y piadoso y al que considera como un hermano mayor.

En septiembre de 1916, dio a conocer la noticia a sus padres de que deseaba ingresar al Seminario para ser sacerdote; las clases comenzaron el 20 de octubre. Por dispensa del obispo de Brescia Don Giacinto Gaggia fue un alumno externo, debido a la guerra. El invierno de 1916-1917, fue el más cruel de la guerra. Los pobres sufrieron más que nadie. Battista trabajó en la obra: comidas a bajo precio, una de las iniciativas de su padre. Un testigo afirma que para Battista esta actividad significó mucho más que servir la sopa, ya que escuchaba paciente, se interesaba en las dificultades y los problemas de la gente, y con una palabra conseguía que se sintieran hermanos en Cristo. Battista junto con Adrea Trebeschi fundó la revista estudiantil La Fionda (La Honda) y el primer número apareció el 15 de junio de 1918, desde donde expresaron el ánimo de una generación juvenil que había visto morir o mutilar a tantos contemporáneos.

Hombre consagrado

El 29 de mayo de 1920 recibió la ordenación sacerdotal de manos del obispo Giacinto Gaggia en Brescia. Y por disposición del mismo obispo fue enviado a Roma para seguir profundizando en el estudio. A partir de entonces, Roma se convierte para él en su hogar, que como centro de la civilización latina y centro de la Iglesia, lo hace pensar sobre la doble y misteriosa vocación humana y cristiana de la ciudad eterna. Inició clases en la Universidad La Sapienza, con interés de adentrarse en la historia, pero poco después fue invitado a ingresar a la Academia de Eclesiásticos Nobles, que en ese entonces ya no exigía con severidad el título de nobleza y que le dio espacio a Battista de afirmar que sus raíces estaban en una aldea de provincia. También comenzó a estudiar Derecho Canónico con los jesuitas en la Universidad Gregoriana, donde consiguió el doctorado a fines de 1922.

El 4 de enero de 1923, monseñor Giuseppe Pizzardo, suplente de la Secretaría de Estado le comunicó que se “preparara” para ingresar en la Secretaría de Estado. Días después le informó que se dispusiera para ir a Polonia, a Perú o quizá a Hungría, donde su única obligación sería observar cómo funciona una Nunciatura. Hacia el 5 de junio de 1923, Battista estaba en Viena e iba en camino a Polonia.

La estancia en Polonia fue breve. El 29 de septiembre de 1923 recibió un telegrama del Cardenal Secretario de Estado Pietro Gasparri en el que le autorizaba regresar a Roma. Ahí se le designó ser ayudante eclesiástico de los estudiantes católicos de Roma. Permaneció en la Curia Romana treinta años y en 1954 fue nombrado arzobispo de Milán. A la muerte del Papa Pío XII, no pocos católicos desearon la elección de Montini como Pontífice. El papa Juan XXIII le nombró Cardenal, y en 1963, al fallecer el “Papa bueno” fue elegido como su sucesor.

Papa humanista

Ya como Papa, Pablo VI escuchó las voces profundas del mundo actual, conoció las aspiraciones de sus pensadores, vibró con el arte contemporáneo y sintonizó con los deseos y las ideas de los jóvenes, a quienes durante tantos años había acompañado y dirigido. El 6 de agosto de 1964, publicó la encíclica Ecclesiam Suam con la finalidad de fortalecer la vida cristiana de los creyentes y reforzar los lazos de disciplina, unidad y diálogo que han de mantener internamente unida a la Iglesia.
Desde el primer momento de su pontificado se comprometió con la continuación del Concilio: “Hago mía la herencia de Juan XXIII, de feliz memoria, convirtiéndola en programa para toda la Iglesia”. Pablo VI, que como cardenal había señalado algunas líneas fundamentales en la primera sesión, centró el concilio en unos objetivos esenciales y urgentes, modificó las reglas de participación, lo guió con mano firme y demostró conocimiento seguro de los hombres de la Curia Romana y del episcopado mundial.

En el discurso inaugural de la segunda sesión del Concilio fijo los cuatro objetivos principales ya señalados. El Papa instituyó un consejo de moderadores, compuesto por cuatro cardenales, con el fin de agilizar las sesiones y los trabajos. La grandeza y la dificultad del Concilio estuvo en abordar con agilidad e inteligencia la capacidad de inculturación que posibilite a la Iglesia que el anuncio de la Buena Nueva fuera escuchado y entendido.

Pablo VI invitó al Concilio a observadores laicos que, aunque no podían votar, señalaban con su presencia la importancia de los laicos en la vida de la Iglesia. Buscó unir voluntades, acercar puntos de vista y disipar temores, y sus intervenciones más discutidas tuvieron esa pretensión. La unanimidad de los votos finales pareció darle la razón.

Para la Iglesia, dialogar con la modernidad era encontrarse con la cultura contemporánea. Pero para el Tercer Mundo la modernidad significaba miseria y dominación. Las encíclicas Populorum Progressio, que tocó el tgema de la justicia social en el mundo, y Octogesima adveniens, que conmemoraba los ochenta años de la Rerum novarum, de León XIII constituyeron los dos documentos sociales más importantes del Papa, en los cuales invitaba a poner la “riquezas superfluas” de las naciones desarrolladas a disposición de las poblaciones más pobres.

Papa misionero

Con este papa, el pontificado adquirió una nueva dimensión que resultó decisiva para el tercer milenio: su carácter itinerante. Pablo VI anunció emocionado a los participantes en el Concilio su deseo de peregrinar a Palestina, las raíces y el punto de referencia permanente del cristianismo. Después, en 1964, visitó Bombay, en la India, donde se encontró directamente con la miseria de este mundo. Luego fue a Bogotá y Medellín en 1968; aquí habló de las consecuencias siempre desastrosas de la violencia y de su preferencia por los pobres. Más tarde, en 1969 visitó Kampala, donde expresó la necesidad de promocionar el catolicismo africano. Y por último, al año siguiente, recorrió Filipinas, en Asia oriental y Australia, Oceanía.

Prácticamente todos sus viajes fueron misioneros y probablemente la experiencia de estos viajes influyó en la elaboración de otros dos importantes documentos: la Populorum Progressio sobre la justicia y Evangelii nuntiandi, sobre las condiciones y exigencias de la evangelización.
Conviene señalar dos viajes que tuvieron una fuerte carga simbólica. La visita a la sede de la ONU en Nueva York, donde presentó a la Iglesia como “experta en humanidad” y ofreció esa experiencia para conseguir entre todos una paz universal. El otro, a la sede del Consejo Mundial de la Iglesias, en Ginebra. Es importante subrayar su preocupación ecuménica que mantuvo siempre presente en este pontificado.

Con el paso del tiempo vemos más claros los rasgos de este extraordinario Papa. No cabe duda que fue el motor de la continuación y aplicación del Concilio Vaticano II. A partir de este acontecimiento en todos los ámbitos de la vida eclesial se produjo un antes y un después. Su pontificado ha sido uno de los más complejos e importantes de la historia, y gracias al él la Iglesia se mantuvo unida durante un tiempo de cambios sin precedentes.

Al morir, el 6 de agosto de 1978, el español Gonzalo Fernández de la Mora escribió en la reconocida revista Ecclesia: “Tuvo gran lucidez e inteligencia puestos al servicio de una sola idea, que era la necesidad de una gran tolerancia en comprender las vicisitudes de este mundo, trabajando siempre por la reconciliación”.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 111
Autores: P. Alfredo Monreal
Sección de Impreso: Hagamos Memoria

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