El aventón es una muestra de solidaridad

En el Sur de Jalisco persiste la práctica de aceptar en el vehículo propio a los vecinos que viajan al mismo destino. Son los aventones, de los que no se espera remuneración económica, y en cambio se presta un servicio preservando la solidaridad y la confianza.

En las comunidades rurales y en los barrios de las poblaciones más grandes del sur de Jalisco persiste una práctica de solidaridad entre la población que resuelve la necesidad de transporte. En la mayoría de las experiencias no es una acción regulada, ni organizada, aunque tampoco ha desaparecido. Nace de un sentido de apoyo entre las personas. Son los aventones: “¿Vas para allá? Yo te llevo”.

En el sur de Jalisco abundan las poblaciones rurales, y sus habitantes se ven en la necesidad de transportarse a comunidades más grandes para resolver insuficiencias específicas; desde trasladarse a alguna cabecera municipal para estudiar la preparatoria y en algunos casos hasta la secundaria. En otras ocasiones requieren acudir a un servicio de salud un poco más especializado que el primer contacto o incluso realizar trámites gubernamentales y hacer compras de artículos que no se encuentran en las rancherías.

En la edición anterior de El Puente (N. 109) trabajadores reseñaban que los sueldos comunes de la región “No Alcanzan para Lujos” y mucho menos para que todas las personas tengan vehículos propios. Si bien existe el transporte público entre municipios y poblaciones pequeñas, la regularidad de sus servicios se reduce a dos o tres salidas diarias. Entonces queda la solidaridad.

“¿Vas a para allá?, ¿Me das raite?”

El escenario es el Crucero Cuatro Caminos que conecta a las carreteras de San Gabriel a Tolimán, con El Grullo a Ciudad Guzmán. Aunque la práctica es frecuente, ésta en específico ocurrió hace una semana. Bajo la sombra que da un pequeño árbol se encontraba un grupo de estudiantes. Viajaron en camión desde Autlán donde estudian la universidad. Iban a San Gabriel.

Uno de los estudiantes, de nombre Cristian, explicó: “Es más fácil esperar por un raite. A veces el papá de un compañero viene a recogerlo y ya todos nos vamos con él, pero ahora que no va a poder venir, pues esperamos que pase alguien conocido. Cualquier persona del pueblo, con que ubique a alguien de nosotros ya nos da aventón. No nos cobran, porque ya van para allá”.

Concretamente ese paraje ha sido señalado en varias ocasiones como un lugar con riesgos. El flujo de personas es alto y la concentración de negocios de venta de alcohol lo hace, cuando menos, intranquilo. Cristian dijo que no sienten miedo: “lo que pasa es que nos vamos el grupo junto, cinco o seis compañeros, y nada más nos subimos con quien conocemos”.

Otro escenario es Chiquilistlán. Lugar en que el que hay que esperar hasta cinco horas para que pase un camión que lleve a poblaciones como Jalpa o Comala. Y más lejos a Tecolotlán, pueblo en el que se encuentran productos necesarios para la vida diaria y para el trabajo en el campo.

Entre las rancherías que visita el camión y Chiquilistlán que es cabecera municipal, promedian diez kilómetros. Trámites en el Gobierno Municipal, desde pagos de impuestos hasta solicitudes de apoyo, requieren hacer el viaje. También la atención médica más allá de las urgencias de primer contacto y estudiar la preparatoria. Ponerse al pie de carretera, es un lugar adecuado para que la primera camioneta que pase ofrezca el servicio.

Una sencilla lección de servicio

La práctica de los aventones no es por lo general producto de la organización. Está basada en valores que aún están presentes sobre todo en las comunidades pequeñas, también en el sentido de ayudar a quien necesita compartiendo el viaje, en camioneta o coche, hacia el destino que ya se transita.

Entre las personas consultadas destacaron los aventones que se aprovechan, “si ya van de salida” lo común es que no haya cobros. Y los puntos de partida lo mismo pueden ser el pueblo de origen que el pueblo más grande para volver. No existen las preocupaciones por subir a desconocidos pues la mayoría de las personas se conocen.

La vida rural sigue dando lecciones en sus raíces. En donde las relaciones humanas y el servicio a quien lo necesita, está por encima de la posibilidad de obtener un beneficio económico. También se materializa en los aventones un sentido de comunidad y de autoprotección. En la espera por el camino a veces se hace tarde, pero si pasa alguien que va hacia el pueblo, se puede estar confiado en que prestarán un apoyo.

En los grandes centros urbanos los aventones han desaparecido como una práctica cotidiana, constante. Instituciones y grupos van a la raíz para resolver las serias dificultades de transporte que ofrecen sus ciudades. Y en la raíz está la solidaridad, el apoyo mutuo y la confianza entre las propias personas.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 110
Autores: Carlos Efrén Rangel
Sección de Impreso: Raíces del Sur

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