Ya estábamos enfermos

P. Jesús Mendoza Zaragoza
Diócesis de Acapulco, Guerrero.

La pandemia del coronavirus nos da la ocasión para ponderar fortalezas y debilidades de tantas cosas. Hasta los países superpoderosos han mostrado que también son vulnerables en diversos aspectos. Por lo que toca a nuestro país, armados de la indispensable honestidad hacia la realidad, más que a nuestros deseos o posiciones políticas, podemos aprovechar la oportunidad para tomar el pulso a diversos aspectos que afectan a todos. Hoy quiero hacer algunas consideraciones relacionadas con la salud a propósito de la amenaza del coronavirus que sigue pesando sobre toda la humanidad.

Hay que darle a este tema una perspectiva amplia, tomando como base aquella que la Organización Mundial de la Salud (OMS) propone cuando, desde el año 1946 en su carta fundacional, define la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Muchos años han pasado y se han desarrollado muchas lecturas y avances en la comprensión de la salud como un bien público y como un derecho humano. Hablar de salud es referirse a todo ser vivo, desde una célula hasta una persona, desde una planta hasta un animal, desde una familia hasta una empresa, desde un ecosistema hasta una ciudad, desde una comunidad hasta un país. El problema que tenemos aún ahora es que los sistemas de salud se siguen centrando más en la enfermedad que en la salud, más en curar que en prevenir.

En este contexto, hay que preguntarnos: ¿cuál es el grado de salud de nuestro país y de nuestras instituciones? ¿Cómo está la salud de nuestro sistema político y de nuestro modelo económico? ¿Cuáles son las condiciones de salud de nuestra sociedad y de las comunidades que la componen? Y en lo que toca al sistema de salud pública, que tiene a su cargo la coordinación de la atención y la prevención ante la actual pandemia, ¿cuáles son sus fortalezas y sus debilidades? ¿Acaso pretendemos tener personas sanas en un país enfermo y con instituciones enfermas?

La pandemia ha sacado a flote tantas fragilidades en la vida nacional y, más en concreto, la fragilidad del sistema de salud. Es necesario sanear al país y sanear el sistema de salud pública. La salud es un bien público que hay que cuidar y salvaguardar, como prioridad nacional. Ese “bienestar físico, mental y social” del que habla la OMS es un desafío y una obligación del Estado, si consideramos que la salud es también un derecho humano. Por ello, es necesario mirar la salud como parte del desarrollo del país y de la vida democrática.

La distorsión del modelo de desarrollo y de la práctica democracia ha generado graves enfermedades nacionales que siguen presentes y difíciles de erradicar, tales como la corrupción pública en los aparatos del Estado, la impunidad, la desigualdad, el deterioro del medio ambiente y el avance de la delincuencia organizada. Una de las enfermedades más complicadas es la desconfianza generalizada. No confiamos en los gobiernos, ni en las instituciones; no confiamos ni siquiera en los vecinos. Hay una cultura de la desconfianza que no nos permite encontrarnos para escucharnos y para buscar caminos en los que nos aceptemos como compañeros de viaje.

¿Qué diagnóstico nos merece la gran movilidad de gente que se observa en las calles y en los demás espacios públicos? Sin duda, este fenómeno manifiesta una serie de enfermedades: la desconfianza que los ciudadanos tienen en las decisiones de las autoridades; la situación de precariedad de quienes viven al día con su trabajo; la situación de quienes se quedaron sin ingresos y sin ninguna protección social; la banalización de situaciones de riesgo; los bajos niveles de fortaleza y de solidaridad social, entre otros.

Sin desarrollo integral y sostenible y sin democracia no hay salud que valga. Tantas enfermedades estructurales e institucionales se derivan de carencias económicas y políticas. Y sociales también. Se requieren bases sólidas para construir políticas públicas que generen salud para los ciudadanos, las familias y las comunidades. Esas políticas públicas apoyadas en un modelo de desarrollo sostenible y de un avance democrático son condiciones indispensables para el saneamiento y para el fortalecimiento del sistema de salud que necesitamos.

Si la salud ha sido un tema tratado con suma arbitrariedad por los gobiernos, por todos los gobiernos, por todos sus niveles y por todos los poderes, es tiempo de que se mire como un bien público y como un derecho humano que hay que cuidar, promover y garantizar. Y para ello, hay que vincular la salud con otros asuntos fundamentales para el bienestar de la población, tales como la alimentación, la educación, el cuidado del medio ambiente y los servicios médicos.

La pandemia nos descubrió que ya padecíamos una serie de enfermedades estructurales, institucionales, comunitarias e individuales, y que nuestro sistema de salud no es suficiente ni competente, por lo que tenemos que buscar una manera más saludable de vivir en todos estos ámbitos. Y tenemos que poner la salud como una condición fundamental para el avance democrático y para el desarrollo integral y sostenible. Salud y democracia van ligadas y en cuanto más se democratice el tema de la salud, tendremos mejores condiciones de vida. Salud y desarrollo están vinculados en cuanto que un desarrollo que descuide la salud del país y de cada uno de los ciudadanos ya no es sostenible.

P. Jesús Mendoza Zaragoza

Diócesis de Acapulco, Guerrero.

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